martes, octubre 18

COMENTARIO DEL LIBRO 1RA DE SAMUEL CAPITULO 8

Puso a sus hijos por jueces.

En armonía con el pasaje del cap. 7: 15, esta declaración debe significar que, al llegar a la edad cuando ya no podía visitar todo el territorio del país, Samuel nombró a sus hijos como ayudantes ubicados en Beerseba, una de las ciudades más al sur del distrito que pertenecía a Judá. Nunca fueron jueces por derecho propio.

2.

Joel.

El nombre de Joel, "Jehová es Dios", y de Abías, "Jehová es mi padre", indican que Samuel continuó deleitándose en servir a Dios, a pesar de la idolatría nacional. La declaración de 1 Crón. 6: 28 que presenta a "Vasni" como el primogénito de Samuel, debería 485 leerse: "Los hijos de Samuel: el primogénito, y el segundo [la expresión hebrea washeni, "el segundo"], es decir Abías". Falta el nombre de Joel, pero el texto dice claramente que había dos hijos y que el segundo era Abías. La BJ no aclara este problema. Otra versión añade en cursiva: "El primogénito, Joel" (BC), y otra dice sin cursiva: "El primogénito, Joel, el segundo, Abías" (NC, 1 Paralipómenos 6: 28. [Este nombre equivale a Crónicas en la mayoría de las Biblias que llevan el imprimatur o autorización de la Iglesia Católica]). El plan de nombrar a los hijos como ayudantes para administrar ciertos distritos bajo la autoridad del juez principal también fue seguido por Jair mucho antes de los días de Samuel (Juec. 10: 4).

4.

Ancianos.

Heb. zaqan, de una raíz de significado dudoso, otro de cuyos derivados quiere decir "barbilla" o "barba". Los "ancianos" eran hombres de edad madura que ocupaban puestos de autoridad. Samuel organizó las tribus con jefes responsables en cada lugar, que informaban al "juez" local que jerárquicamente era inferior a Samuel. Esos jefes habían visto bastante de la conducta de los hijos de Samuel, por lo cual fueron directamente a éste.

5.

No andan en tus caminos.

La confianza de los ancianos en Samuel era tan grande que sabían que en ninguna manera era responsable por la impiedad de sus hijos. Razonaban que sería mejor pedir a Samuel que resolviera el asunto, que esperar una confusión después de su muerte cuando sus hijos posiblemente procurarían afirmar su propia autoridad.

Constitúyenos ahora un rey.

Dios había dicho mediante Moisés que llegaría un tiempo cuando el pueblo pediría un rey "como todas las naciones" (Deut. 17: 14). Quizá los ancianos citaban virtualmente este texto como una excusa para su pedido. Evidentemente el plan de Dios era que Israel fuese distinto de las naciones circunvecinas, y a través de los siglos desde el éxodo -de acuerdo con ese principio- lo había protegido y guiado por medio de jueces. Si -como les dijo Moisés- los israelitas hubieran seguido el plan de Dios para ellos, las naciones que los observaban habrían dicho: "Ciertamente pueblo sabio y entendido, nación grande es ésta" (Deut. 4: 6). Apoyándose en la diplomacia de que son capaces los orientales -estando en oposición a la voluntad de Dios y sin buscar su consejo- ellos hicieron conocer su mezquina decisión. Al principio tan sólo declararon que querían un rey para que los juzgara según la costumbre del mundo; pero cuando Samuel trató de advertirles acerca de la maldición que estaban por acarrearse, añadieron una segunda razón: "Nuestro rey nos gobernará y saldrá delante de nosotros, y hará nuestras guerras" (1 Sam. 8: 20). Una aclaración de las circunstancias en las cuales los ancianos de Israel pidieron un rey se da en cap. 12: 12: "Habiendo visto que Nahas rey de los hijos de Amón venía contra vosotros, me dijisteis: No, sino que ha de reinar sobre nosotros un rey". Josefo confirma la opinión de que durante un tiempo Nahas había estado afligiendo a los judíos que estaban más allá del Jordán, reduciendo sus ciudades a la esclavitud y sacando el ojo derecho de sus cautivos para que quedaran inutilizados para futuras guerras (Antigüedades vi. 5. 1).

Descubrimientos arqueológicos efectuados tanto en Palestina como en Jordania también hacen resaltar que en el siglo anterior todas las naciones de ese distrito habían comenzado a fortificar sus ciudades, y se disponían para resistir a las hordas migratorias de los pueblos del mar de la región del Egeo (ver pág. 35), que avanzaban contra Egipto tanto por tierra como por mar. Parte de la ola migratoria cruzó el Asia Menor, destruyó a los hititas y siguió en su marcha asoladora hacia el sur, por Siria y Palestina rumbo a Egipto. Derrotados por el faraón Ramsés III, algunos se establecieron en la planicie filistea. Otras naciones observaban el horizonte político con temor y temblor, y no resultó extraño que los dirigentes de Israel se preocuparan muchísimo por la política nacional y la conducción del pueblo.

Dios procuraba demostrar que sólo había un método para hacer frente a los problemas internacionales, pero Israel no veía otro sino imitar a las naciones que lo rodeaban. Durante siglos los israelitas habían sido seminómadas; vivían mayormente en tiendas; no habían podido expulsar de sus ciudades a los habitantes autóctonos de Canaán (Juec. 1: 27-36). Sin embargo, en el período comprendido entre 1200 y 1050 AC se establecieron cada vez más en ciudades. Ahora bien, yendo en contra de la voluntad divina, los israelitas sólo tenían el propósito de consolidar su gobierno 486 y de fortificarse contra los cananeos.

Años antes los amonitas acusaron a Israel de haberles quitado su patrimonio (Juec. 11: 13-27). Eso había sido en los días de Jefté, cuando terminó la opresión amonita que había durado 18 años. Ahora los amonitas, por segunda vez, procuraban recuperar este territorio arrebatándolo de Israel.

6.

Samuel oró.

Otra vez Israel hizo precisamente lo que había hecho durante siglos: procedió sin esperar la conducción divina. Aunque había sido amonestado a no dejarse arrastrar por la idolatría, prefirió seguir los caminos de las naciones que lo rodeaban antes que seguir las instrucciones del Señor. Moisés había predicho que llegaría el tiempo cuando Israel iba a pedir un rey a fin de ser como las naciones circunvecinas (Deut. 17: 14), y ahora los israelitas cumplían literalmente esa profecía. Aunque los ancianos probablemente sólo eran movidos por motivos políticos, Samuel les mostró el camino mejor: buscar al Señor en oración. Habían subestimado sus excelsos privilegios religiosos, y no se habían dado cuenta de que la verdadera necesidad de la nación no era un poder nuevo sino una organización permanente de la teocracia para hacer frente a la confusión que resultaba de su propia impaciencia y perversidad.

No estaban dispuestos a someter el caso a Dios para conocer su voluntad, y Samuel empleó su prerrogativa oficial para insistir en que esperaran la decisión tan importante de Dios, quien siempre había estado listo a liberarlos en momentos de perplejidad. Samuel debe haber estado profundamente herido por ese pedido de parte del pueblo. Sin embargo, a igual que en ocasiones más agradables, se puso a disposición de los israelitas como profeta, a pesar de que la pregunta era lesiva para él. Su proceder parece haber sido muy semejante al de Cristo, siglos más tarde, cuando clamó: "Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen" (Luc. 23: 34), y el de Juan cuando dijo acerca de Cristo: "Es necesario que él crezca, pero que yo mengüe" (Juan 3: 30).

7.

Oye la voz.

Aquí está la mejor evidencia posible de que las naciones, al igual que los individuos, son entes morales libres. Si Israel hubiera acudido a Dios pidiéndole consejo, se lo habría dado. Como se le presentaron con un ultimátum, aceptó su elección.

Me han desechado.

Estando regido por los jueces, Israel tenía numerosas ventajas que se iban a perder con la monarquía. Por ejemplo:

1.

Bajo los jueces, cada tribu era prácticarnente independiente y los impuestos eran bajísimos. Pero los ancianos rechazaron la independencia de una confederación tribal, y eligieron una forma autoritaria de gobierno que después de unas pocas décadas creó un sistema de impuestos exorbitantes.

2.

Dios había dado a cada israelita considerable libertad individual para ganarse la vida, elegir su propia forma de culto y administrar a su manera sus asuntos generales. Pero los ancianos cambiaron esa libertad por una servidumbre bajo un rey que tenía poder de vida y muerte sobre sus súbditos, y que podía ejecutar a los que no estaban de acuerdo con él.

3.

Durante varios siglos, el Espíritu del Señor vino sobre algunos hombres de diversas tribus. Bajo el liderazgo de esos hombres, Israel disfrutó de reposo y cierta medida de paz y seguridad para dedicarse a sus vocaciones predilectas. No había una sucesión hereditaria. Los jueces eran suscitados por Dios de vez en cuando, de acuerdo con sus cualidades personales. Pero ahora los ancianos rechazaron esa ayuda divina y prefirieron una monarquía hereditaria.

4.

Vez tras vez, cuando los israelitas buscaron a Dios en procura de consejo, él los protegió milagrosamente de los ataques del enemigo (ver 1 Sam. 7: 10; Jos. 10: 11; etc.). Al rechazar a Dios como el Señor supremo de la teocracia, en realidad los ancianos abrían el camino por el cual Israel se convertiría en una pieza clave de la intriga internacional. Exigieron tributo a sus enemigos derrotados y se gloriaron en sus proezas bélicas. En otras ocasiones cayeron bajo el dominio de naciones más poderosas. Equivocadamente atribuyeron sus reveses militares y períodos de opresión a la forma de gobierno antes que a su propio mal proceder.

5.

El plan de Dios era cambiar los valles de Acor por puertas de esperanza cuando su pueblo se volviera humillado ante él (Ose. 2: 15). Bajo la dirección de Dios, los errores podían convertirse en peldaños para un conocimiento mayor del Altísimo y de su plan de salvación.

6.

Dios había esparcido a los levitas por todas las tribus a fin de que dieran a los niños una educación especial acerca de Dios. Debido 487 a su propia renuencia egoísta para llevar a cabo este plan, los israelitas dejaron de sostener a los levitas, y permanecieron en el analfabetismo y la ignorancia. La mayoría de los habitantes no quisieron ser educados para pensar por sí mismos. Estaban perfectamente contentos con que los dirigentes pensaran por ellos, mientras esos dirigentes no les pidieran de sus recursos ni turbaran su tranquilo egoísmo.

Desde el tiempo cuando comenzó en el cielo el gran conflicto (Apoc. 12:7-9) hasta el día de hoy, el gran plan de Dios para el universo ha sido mal interpretado por algunos. Profesando ser sabios, pusieron en duda la veracidad y lo apetecible de la dirección divina, y en cambio siguieron lo que -en su ignorancia- les pareció un proceder mejor, tan sólo para encontrar que habían entrado en un callejón sin salida. Dios siempre ha dado a los hombres la oportunidad de comprobar que los caminos celestiales son los mejores; pero a veces condesciende con sus deseos, y les permite que sigan los senderos de su propia elección a fin de que sus fracasos -aunque graves- finalmente los induzcan a doblar las rodillas y a reconocer la superioridad del eterno plan de Dios (ver Fil. 2:10, 11; PP 655, 656).

9.

Protesta solemnemente.

Literalmente, "de cierto, tú protestarás ante ellos", o mejor, "de cierto, tú los amonestarás". Como ser moral libre, el hombre debe decidir -por las pruebas que tiene a mano- qué desea hacer consigo mismo. Tiene dos formas de obtener esa prueba: mediante un cuidadoso estudio de los consejos, estatutos y fallos de Dios aplicables en su caso, y experimentando con otras insinuaciones en un esfuerzo para convencerse por sí mismo en cuanto a su valor. Un padre quizá diga: "Hijo, estás cometiendo un error. Si crees que debes seguir en la senda que te propones, tendrás que atenerte a las consecuencias". Pero después de amonestar contra el proceder propuesto, Dios dice virtualmente: "Si crees que eso te conviene, haz la prueba. Aunque sé que tus planes no tendrán éxito, debes aprenderlo por tu propia experiencia. Sólo entonces estarás dispuesto a seguir mi consejo". Así se le instruyó a Samuel que amonestara a los israelitas en cuanto al resultado del plan de ellos. Sin embargo, Dios los ayudaría para que tuvieran éxito. En relación con esto, estúdiese cuidadosamente el Sal. 139, especialmente los vers. 7-13.

11.

Así hará el rey.

"He aquí el fuero del rey" (BJ). Literalmente, "el dictamen del rey". La palabra mishpat, "dictamen", describe el acto o la decisión del shofet, "juez". La decisión del rey debe aceptarse como legal y obligatoria. Si siente la necesidad de ayuda para llevar a cabo sus responsabilidades, tiene el derecho de reclutar forzosamente (o expropiar) ya sea para deberes civiles o militares.

13.

Perfumadoras.

Es más correcta en este caso la palabra "perfumistas" de la BJ. Literalmente, "mezcladoras de especias". En 1 Crón. 9: 30 se usan las palabras de la misma raíz para referirse a la obra de ciertos hijos de los sacerdotes que "hacían los perfumes aromáticos". Samuel también podría haber mencionado el hecho de que muchas de sus hijas entrarían en el harén del rey como concubinas (1 Rey. 11:3).

14.

A sus siervos.

Literalmente "esclavos". La misma palabra se usa al hablar de Egipto como una "casa de servidumbre" (Exo. 13: 3; Deut. 5: 6; etc.). El rey tenía poder de vida y muerte sobre sus súbditos, y en la mayoría de las naciones del Cercano Oriente el pueblo existía principalmente para el beneficio del rey, que podía hacer con él como le placiera. El pueblo no sólo suplía las necesidades de la casa real, sino que le proporcionaba recursos para enriquecer a sus favoritas, ya fueran esposas o concubinas, y también a sus dignatarios civiles y militares.

18.

No os responderá.

Esto está completamente en armonía con el contexto, pues en el cap. 8:7 se afirma que no fue Dios quien hizo planes para efectuar un cambio en el gobierno sino los dirigentes de Israel. Por lo tanto, posteriormente cuando quedaran insatisfechos con su situación, debían recordar que al pedir un rey habían puesto en marcha un nuevo régimen que ciertamente cambiaría materialmente su forma de vivir. La nación sería afectada por nuevas tentaciones, nuevas relaciones, nuevos problemas. Por su propia elección sembraron las semillas de la contumacia, y al hacerlo colocaron al Señor en una situación en la que le era necesario dejar que esa semilla produjera su propia cosecha. No alteraría la ley universal de que toda semilla sembrada produce una cosecha según su especie.

De esa manera, con frecuencia Dios permite que los seres humanos dispongan de lo 488 que él mismo no aprueba. Concede lo que en su misericordia previamente había retenido. Al poner en duda la orden de Dios, Adán provocó la existencia de un nuevo régimen que debía seguir su curso para demostrar plenamente ante hombres y ángeles que ningún otro plan -fuera del que ha sido ordenado por Dios- puede proporcionar vida y felicidad a todos. Los acontecimientos futuros de la historia de Israel muestran que aunque Dios con frecuencia le permitió que recogiera la cosecha de lo que había sembrado, nunca lo abandonó. Siempre estuvo con Israel, listo para ayudarlo. Además, los profetas testifican que en medio de un ambiente tal, cualquier individuo que así lo decida puede apartarse de los senderos de la multitud para ser guiado por el Señor (ver Eze. 18:1-24).

20.

Como todas las naciones.

Durante su permanencia en Palestina, los israelitas habían sido testigos de los esfuerzos concertados de los pueblos del mar y de otras naciones para conquistar todas las tierras del Cercano Oriente, venciendo toda resistencia y esparciendo temor en todo corazón. Pero los israelitas de ahora nada sabían del terror que había helado la sangre de los cananeos cuando Josué dirigió al pueblo de Dios en la conquista de Palestina (ver Jos. 2: 9-11). Neciamente creían sus ancianos que el tributo impuesto sobre los pueblos conquistados enriquecería a Israel. Se olvidaban de que las verdaderas riquezas provienen de una mejor manera de vivir. Disgustados con la codicia y los latrocinios de dirigentes sacerdotales como los hijos de Elí y de Samuel, pensaron que la solución se hallaba en someterse a la férula de un rey, tal como lo hacían las otras naciones. Se olvidaban de que un rey encontraría aún más oportunidades para demostrar favoritismo y para satisfacer sus deseos egoístas que los sacerdotes disolutos.

Al comienzo de su labor como juez, Samuel había demostrado al pueblo que la verdadera solución de sus dificultades no radicaba en un cambio de administración sino en un cambio de corazón, en una contrita conversión al Señor.

COMENTARIOS DE ELENA G. DE WHITE

1-22 PP 654-658

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