lunes, noviembre 12

1 DE REYES COMENTARIOS DE LOS CAPITULOS 18,19 Y 20

CAPÍTULO XVIII

Versículos 1—16.
Elías manda noticia a Acab de su llegada. 17—20. Elías se encuentra con Acab.

21—40.
Juicio de Elías contra los falsos profetas. 41—46. Elías hace llover por medio de la

oración.

Vv. 1—16.
Los juicios más severos, de por sí, no humillan ni cambian el corazón de los pecadores;

nada, excepto la sangre de Jesucristo, puede expiar la culpa del pecado; nada, excepto el Espíritu

santificador de Dios puede purgar su inmundicia. —Los sacerdotes y los levitas se habían ido a

Judá y Jerusalén, 2 Crónicas xi, 13, 14, pero, en lugar de ellos, Dios levantó profetas, que leían y

exponían la Palabra. Probablemente ellos eran de la escuela de profetas organizada por Samuel. No

tenían el espíritu de profecía como Elías, pero enseñaban a la gente a mantenerse cerca del Dios de

Israel. Jezabel procuraba destruirlos. Los pocos que escapaban de la muerte se veían forzados a

esconderse. —Dios tiene su remanente entre todas las clases, altas y bajas; y la fe, el temor y el

amor de su Nombre, que son fruto del Espíritu Santo, serán aceptados por medio del Redentor.

Véase cuán maravillosamente levanta Dios amigos para sus ministros y su pueblo, para ampararlos

en tiempos difíciles. Pan y agua escaseaban ahora, pero Abdías encontrará suficiente para los

profetas de Dios, para mantenerlos vivos. —La preocupación de Acab era no perder todas las

bestias, pero no le preocupaba perder su alma. Se esforzaba mucho en busca de pasto, pero nada

para procurar el favor de Dios; luchaba contra el efecto, sin preguntar cómo eliminar la causa. Pero

es una buena señal para el pueblo, cuando Dios llama a sus ministros a ponerse de pie y a mostrarse.

Podemos en mejor forma tolerar el pan de la aflicción cuando nuestros ojos ven a nuestros

maestros.

Vv. 17—20.
Uno puede imaginar cuál es el afecto que la gente tiene por Dios, observando el

afecto por su pueblo y por sus ministros. Ha sido destino de los hombres más útiles, como Elías, ser

llamados y contados como alborotadores de la tierra. Pero los que hacen el mal son los que

provocan los juicios de Dios, y no los que los anuncian y advierten a la nación que se arrepienta.

Vv. 21—40.
Muchos del pueblo vacilaron en sus juicios y cambiaron de práctica. Elías los

llamó para que determinaran si Jehová o Baal era el supremo Dios, que existe por sí mismo,

Creador, Rey y Juez de este mundo, y que le siguieran solo a Él. Peligroso es claudicar entre el

servicio de Dios y el servicio del pecado, el dominio de Cristo y el dominio de nuestras concupiscencias. Si Jesús es el único Salvador, aferrémonos solo a Él para todo; si la Biblia es la
palabra de Dios, reverenciémosla, recibámosla y sometamos nuestro entendimiento a su enseñanza
divina. —Elías se propuso llevar a juicio el asunto. Baal tenía todas las ventajas externas, pero el
suceso estimula a todos los testigos y defensores de Dios para que no teman el rostro del hombre. El
que responde con fuego, sea Dios: había que hacer la expiación con el sacrificio, antes que la
condenación fuese quitada por misericordia. Por tanto, el Dios que tiene poder para perdonar el
pecado, y para demostrarlo consumiendo la ofrenda por el pecado, debe ser por necesidad el Dios
que puede aliviar la calamidad. —Dios nunca requirió de sus adoradores que le honraran a la
manera de los adoradores de Baal; pero el servicio del diablo, aunque a veces complace y halaga el
cuerpo, en otras cosas, no obstante, es realmente cruel con el cuerpo, como en la envidia y la
ebriedad. Dios exige que mortifiquemos nuestras concupiscencias y corrupciones; pero las
penitencias y severidades corporales no le agradan. ¿Quién ha pedido estas cosas de sus manos?
Unas pocas palabras emitidas con fe cierta, con ferviente afecto por la gloria de Dios, y amor por las
almas de los hombres, o sediento de la imagen del Señor y su favor, forman la ferviente oración
eficaz del justo, que puede mucho. —Elías no procuró su propia gloria, sino la de Dios por el bien
del pueblo. El pueblo está del todo de acuerdo, convencido y satisfecho: Jehová, Él es el Dios.
Algunos, esperamos, tuvieron un cambio en su corazón, pero la mayoría sólo se convenció, no se
convirtió. Bienaventurados los que no han visto lo que éstos vieron y, sin embargo, creyeron, y han
trabajado por ello más que los que lo vieron.
Vv. 41—46. Israel, reformado al punto de reconocer que el Señor es Dios, y para consentir que
se ejecutara a los profetas de Baal, fue aceptado al punto que Dios derramó bendiciones sobre la
tierra. —Elías continuó orando largo rato. Aunque la respuesta a nuestras súplicas fervorosas y de fe
no lleguen pronto, debemos continuar orando fervientes, sin desmayar ni rendirnos. —Una nubecita
apareció por fin; pronto se desparramó por los cielos y regó la tierra. Las grandes bendiciones
suelen surgir de comienzos pequeños, las lluvias abundantes de una nube como la palma de la
mano. Que nunca despreciemos el día de las cosas pequeñas, antes bien, esperemos con la
esperanza que de ellas salgan grandes cosas. ¡De qué comienzos pequeños han surgido grandes
cosas! Así es en todos los bondadosos procedimientos de Dios con el alma. Escasamente se notan
las primeras obras de su Espíritu en el corazón, pero crecen y dejan maravillados a los hombres, y
logran el aplauso de los ángeles. Elías pidió a Acab que volviera a casa y le esperara. Dios fortalece
a su pueblo para todo servicio al cual sus mandamientos y su providencia lo llaman. —Las terribles
muestras de la justicia y santidad divina hacen desfallecer al pecador, suscitan confesiones y
disponen para la obediencia externa mientras dura la impresión; pero la vista de esto con
misericordia, amor y confianza en Cristo Jesús es necesaria para llevar el alma a humillarse, confiar
y amar. El Espíritu Santo emplea ambas cosas en la conversión de los pecadores; cuando los
pecadores se impresionan con las verdades divinas, deben ser exhortados a dedicarse a los deberes
confiar

y amar. El Espíritu Santo emplea ambas cosas en la conversión de los pecadores; cuando los

pecadores se impresionan con las verdades divinas, deben ser exhortados a dedicarse a los deberes a

que el Salvador llama a sus discípulos.

CAPÍTULO XIX


Versículos 1—8.
Elías huye al desierto. 9—13. Dios se manifiesta a Elías. 14—18. La respuesta de

Dios para Elías.
19—21. El llamamiento de Eliseo.

Vv. 1—8.
Jezabel envió un mensaje amenazador a Elías. Los corazones carnales son endurecidos y

enfurecidos contra Dios, por aquello que debe convencerlos de pecado y vencerlos. La mucha fe no

siempre es sinónimo de fe firme o fuerte. Elías podía ser útil a Israel en este momento y tenía toda

la razón para depender de la protección de Dios mientras hacía la obra de Dios, pero huye. El suyo

no era el deseo deliberado de la gracia, como el de Pablo, de irse y estar con Cristo. Así, Dios dejó

solo a Elías para mostrar que cuando era osado y fuerte, era en el Señor y en el poder de su fuerza; pero solo no era mejor que sus padres. Aunque nosotros no sabemos, Dios sabe qué designio tiene
para nosotros, qué servicios, qué pruebas, y Él se encargará de darnos gracia suficiente.
Vv. 9—13. La pregunta que hace Dios, ¿qué haces aquí, Elías? Es un reproche. A menudo nos
correspnde preguntar si estamos en nuestro lugar, y en la senda del deber: ¿estoy dónde debo estar?
¿A dónde me llama Dios, dónde está mi obra, y dónde puedo ser útil? Elías se queja de la gente y de
su obstinación para pecar; yo soy el único que queda. Desesperar del éxito puede estorbar muchas
buenas empresas. —¿Fue hasta allí Elías para encontrarse con Dios? Él descubrirá que Dios le
saldrá al encuentro. El viento, el terremoto, el fuego no le hicieron taparse la cara, pero sí el silbo
suave y apacible. Las almas bondadosas son más afectadas por las tiernas misericordias del Señor
que por sus terrores. La suave voz de Aquel que habla desde la cruz, o del trono de la gracia, va
acompañada de un poder peculiar para tomar posesión del corazón.
Vv. 14—18. Dios repite la pregunta: ¿Qué haces aquí? Entonces él se lamenta de su desazón, y
¿a dónde irán los profetas de Dios con esa clase de quejas sino a su Señor? —El Señor le dio una
respuesta. Declara que la malvada casa de Acab será desarraigada, que el pueblo de Israel será
castigado por sus pecados; y muestra que Elías no había quedado solo, como él suponía, y que,
además se le daría un ayudante. De esta manera fueron contestadas y satisfechas todas sus quejas.
—Los fieles de Dios suelen ser a menudo sus protegidos, Salmo lxxxiii, 3, y la iglesia visible
apenas se puede ver: el trigo se pierde entre la cizaña, y el oro en el oropel, hasta que llegue el día
de separar, refinar y cernir. Conoce el Señor a los que son suyos, aunque nosotros no; Él ve en lo
secreto. Cuando lleguemos al cielo echaremos de menos a muchos que pensamos, íbamos a
encontrar allá; encontraremos a muchos que no pensamos encontrar allá. El amor de Dios
frecuentemente resulta ser más grande que la caridad del hombre, y mucho más amplio.
Vv. 19—21. Elías encontró a Eliseo por orden divina, no en la escuela de los profetas sino en el
campo; no leyendo, orando ni sacrificando, sino arando. La ociosidad no honra al hombre, ni la
agricultura es desgracia para ningún hombre. Un llamado honesto en el mundo no nos saca del
camino de nuestro llamamiento celestial, más de lo que afectó a Eliseo. Su corazón fue tocado por
el Espíritu Santo y él estuvo listo para dejarlo todo para ayudar a Elías. Es en el día de su poder que
su pueblo se ofrecerá voluntario; ni tampoco irá nadie a Cristo a menos que sean llevados a Él. Era
una época desalentadora para que los profetas salieran. Un hombre que consultara con carne y
sangre no hubiera querido el manto de Elías, pero Eliseo deja todo alegremente para acompañarlo.
Cuando el Salvador dijo: Sígueme, fueron abandonados alegremente los amigos más queridos y las
ocupaciones más provechosas, y se cumplieron los deberes más arduos por amor a su nombre. Que
nosotros, en forma similar, sintamos la energía de su gracia obrando poderosamente en nosotros, y
que, por una sumisión sin reservas, podamos de inmediato asegurar nuestro llamamiento y elección.

 
CAPÍTULO XX

Versículos 1—11.
Ben-adad sitia Samaria. 12—21. Derrota de Ben-adad. 22—30. Nueva derrota

de los sirios.
31—43. Acab hace la paz con Ben-adad.

Vv. 1—11.
Ben-adad envió una demanda muy insolente a Acab. Este respondió con una sumisión

muy ignominiosa; el pecado pone en aprietos a los hombres, al dejarlos fuera de la protección

divina. Si Dios no nos manda, lo harán nuestros enemigos: la culpa descorazona a los hombres y los

acobarda. —Acab desesperó. Los hombres dejarán sus cosas más placenteras, lo que más aman,

para salvar la vida; sin embargo, prefieren perder el alma antes que separarse de cualquier placer o

interés para impedirlo. He aquí uno de los dichos más sabios que haya dicho Acab, y es una buena

lección para todos. Necio es jactarse del día de mañana puesto que no sabemos lo que puede traer.

Aplíquese a nuestros conflictos espirituales. Pedro cayó por tener confianza en sí mismo.

Bienaventurado el hombre que nunca baja su guardia.

Vv. 12—21.
Los orgullosos sirios fueron derrotados y los despreciados israelitas fueron los

vencedores. Las órdenes del orgulloso rey ebrio desorganizaron sus tropas impidiéndoles atacar a

los israelitas. Los que se sienten más seguros suelen ser los que tienen menos valor. Acab mató a los

sirios con una tremenda carnicería. Dios hace frecuentemente que un hombre malo azote al otro.

Vv. 22—30.
Los de Ben-adad le aconsejaron que cambiara de terreno. Dieron por sentado que

no era Israel, sino los dioses de Israel, los que los vencieron; pero hablan con mucha ignorancia de

Jehová. Suponen que Israel tenía muchos dioses a los cuales atribuian poder limitado dentro de

cierta jurisdicción; así de vanos eran los gentiles en lo que imaginaban acerca de Dios. La mayor

sabiduría en asuntos mundanos suele ir unida con la necedad más despreciable en las cosas de Dios.

Vv. 31—43.
Este estímulo tienen los pecadores para arrepentirse y humillarse ante Dios. ¿No

hemos oído que el Dios de Israel es un Dios misericordioso? ¿No lo hemos hallado así? Eso es

arrepentimiento del evangelio, que fluye de la aprehensión de la misericordia de Dios en Cristo; hay

perdón en él. ¡Qué cambio hay aquí! El más altivo en la prosperidad resulta ser, a menudo, el más

abyecto en la adversidad; un espíritu maligno afecta al hombre en ambas condiciones. Hay gente a

la que, como Acab, se le otorga malamente el éxito; no saben cómo servir a Dios con su

prosperidad, ni a su generación o, ni siquiera, sus intereses verdaderos; que se muestre favor al

malo, pero no aprenderá justicia. —El profeta decretó reprobar a Acab con una parábola. Si se

castiga a un buen profeta por no golpear a su amigo, y amigo de Dios, cuando Dios manda:

“Golpea”, un rey malo será hallado digno de un castigo mucho más doloroso, cuando salva a su

enemigo y enemigo de Dios, cuando Dios mandó: “Ataca”. Acab se fue a su casa, disgustado y

molesto, no un verdadero penitente, ni procurando deshacer lo que había hecho mal, totalmente

malhumorado a pesar de su victoria. —¡Ay! Muchos que oyen la buena nueva de Cristo están muy

atareados aquí y allá hasta que pasa el día de la salvación.

 

1 DE REYES CAPITULOS 18, 19, Y 20

1 Reyes 18

Nueva Versión Internacional (Castilian) (CST)

Elías y Abdías

18 Después de un largo tiempo, en el tercer año, la palabra del Señor vino a Elías y le dio este mensaje: «Ve y preséntate ante Acab, y yo voy a enviar lluvia sobre la tierra.» 2 Así que Elías se puso en camino para presentarse ante Acab.
En Samaria había mucha hambre. 3 Por lo tanto, Acab mandó llamar a Abdías, quien administraba su palacio y veneraba al Señor. 4 Como Jezabel estaba acabando con los profetas del Señor, Abdías había tomado a cien de ellos y los había escondido en dos cuevas, cincuenta en cada una, y les había dado de comer y de beber. 5 Acab instruyó a Abdías: «Recorre todo el país en busca de fuentes y ríos. Tal vez encontremos pasto para mantener vivos los caballos y las mulas, y no perdamos nuestras bestias.» 6 Así que se dividieron la tierra que iban a recorrer: Acab se fue en una dirección, y Abdías en la otra.
7 Abdías iba por su camino cuando Elías le salió al encuentro. Al reconocerlo, Abdías se postró rostro en tierra y le preguntó:
—Mi señor Elías, ¿de veras eres tú?
8 —Sí, soy yo —le respondió—. Ve a decirle a tu amo que aquí estoy.
9 —¿Qué mal ha hecho este tu siervo —preguntó Abdías—, para que me entregues a Acab y él me mate? 10 Tan cierto como que vive el Señor tu Dios, que no hay nación ni reino adonde mi amo no haya mandado a buscarte. Y a quienes afirmaban que no estabas allí, él los hacía jurar que no te habían encontrado. 11 ¿Y ahora tú me ordenas que vaya a mi amo y le diga que tú estás aquí? 12 ¡Qué sé yo a dónde te va a llevar el Espíritu del Señor cuando nos separemos! Si voy y le digo a Acab que tú estás aquí, y luego él no te encuentra, ¡me matará! Ten en cuenta que yo, tu siervo, he sido fiel al Señor desde mi juventud. 13 ¿No le han contado a mi señor lo que hice cuando Jezabel estaba matando a los profetas del Señor? ¡Pues escondí a cien de los profetas del Señor en dos cuevas, cincuenta en cada una, y les di de comer y de beber! 14 ¡Y ahora tú me ordenas que vaya a mi amo y le diga que estás aquí! ¡De seguro me matará!
15 Elías le respondió:
—Tan cierto como que vive el Señor *Todopoderoso, a quien sirvo, te aseguro que hoy me presentaré ante Acab.

Elías en el monte Carmelo

16 Abdías fue a buscar a Acab y le informó de lo sucedido, así que éste fue al encuentro de Elías 17 y, cuando lo vio, le preguntó:
—¿Eres tú el que le está causando problemas a Israel?
18 —No soy yo quien le está causando problemas a Israel —respondió Elías—. Quienes se los causan sois tú y tu familia, porque habéis abandonado los mandamientos del Señor y se habéis ido tras los *baales. 19 Ahora convoca de todas partes al pueblo de Israel, para que se reúna conmigo en el monte Carmelo con los cuatrocientos cincuenta profetas de Baal y los cuatrocientos profetas de la diosa *Aserá que se sientan a la mesa de Jezabel.
20 Acab convocó en el monte Carmelo a todos los israelitas y a los profetas. 21 Elías se presentó ante el pueblo y dijo:
—¿Hasta cuándo vais a seguir indecisos?[a] Si el Dios verdadero es el Señor, debéis seguirlo; pero si es Baal, seguidle a él.
El pueblo no dijo una sola palabra. 22 Entonces Elías añadió:
—Yo soy el único que ha quedado de los profetas del Señor; en cambio, Baal cuenta con cuatrocientos cincuenta profetas. 23 Traednos dos bueyes. Que escojan ellos uno, y lo descuarticen y pongan los pedazos sobre la leña, pero sin prenderle fuego. Yo prepararé el otro buey y lo pondré sobre la leña, pero tampoco le prenderé fuego. 24 Entonces invocaréis vosotros el *nombre de vuestro dios, y yo invocaré el nombre del Señor. ¡El que responda con fuego, ése es el Dios verdadero!
Y todo el pueblo estuvo de acuerdo.
25 Entonces Elías les dijo a los profetas de Baal:
—Ya que vosotros sois tantos, escoged uno de los bueyes y preparadlo primero. Invocad luego el nombre de vuestro dios, pero no prendáis fuego.
26 Los profetas de Baal tomaron el buey que les dieron y lo prepararon, e invocaron el nombre de su dios desde la mañana hasta el mediodía.
—¡Baal, respóndenos! —gritaban, mientras daban brincos alrededor del altar que habían hecho.
Pero no se escuchó nada, pues nadie respondió. 27 Al mediodía Elías comenzó a burlarse de ellos:
—¡Gritad más fuerte! —les decía—. Seguro que es un dios, pero tal vez esté meditando, o esté ocupado o de viaje. ¡A lo mejor se ha quedado dormido y hay que despertarlo!
28 Comenzaron entonces a gritar más fuerte y, como era su costumbre, se cortaron con cuchillos y dagas hasta quedar bañados en sangre. 29 Pasó el mediodía, y siguieron con su espantosa algarabía hasta la hora del sacrificio vespertino. Pero no se escuchó nada, pues nadie respondió ni prestó atención.
30 Entonces Elías le dijo a todo el pueblo:
—¡Acercaos!
Así lo hicieron. Como el altar del Señor estaba en ruinas, Elías lo reparó. 31 Luego recogió doce piedras, una por cada tribu descendiente de Jacob, a quien el Señor le había puesto por nombre Israel. 32 Con las piedras construyó un altar en honor del Señor, y alrededor cavó una zanja en la que cabían quince litros[b] de cereal. 33 Colocó la leña, descuartizó el buey, puso los pedazos sobre la leña 34 y dijo:
—Llenad de agua cuatro cántaros, y vaciadlos sobre el *holocausto y la leña.
Luego dijo:
—Volved a hacerlo.
Y así lo hicieron.
—¡Hacedlo una vez más! —les ordenó.
Y por tercera vez vaciaron los cántaros. 35 El agua corría alrededor del altar hasta llenar la zanja.
36 A la hora del sacrificio vespertino, el profeta Elías dio un paso adelante y oró así: «Señor, Dios de Abraham, de Isaac y de Israel, que todos sepan hoy que tú eres Dios en Israel, y que yo soy tu siervo y he hecho todo esto en obediencia a tu palabra. 37 ¡Respóndeme, Señor, respóndeme, para que esta gente reconozca que tú, Señor, eres Dios, y que estás convirtiendo a ti su *corazón!»
38 En ese momento cayó el fuego del Señor y quemó el holocausto, la leña, las piedras y el suelo, y hasta lamió el agua de la zanja. 39 Cuando todo el pueblo vio esto, se postró y exclamó: «¡El Señor es Dios, el Dios verdadero !»
40 Luego Elías les ordenó:
—¡Prended a los profetas de Baal! ¡Que no escape ninguno!
Tan pronto como los prendieron, Elías hizo que los bajaran al arroyo Quisón, y allí los ejecutó. 41 Entonces Elías le dijo a Acab:
—Anda a tu casa, y come y bebe, porque ya se oye el ruido de un fuerte aguacero.
42 Acab se fue a comer y beber, pero Elías subió a la cumbre del Carmelo, se inclinó hasta el suelo y puso el rostro entre las rodillas.
43 —Ve y mira hacia el mar —le ordenó a su criado.
El criado fue y miró, y dijo:
—No se ve nada.
Siete veces le ordenó Elías que fuera a ver, 44 y la séptima vez el criado le informó:
—Desde el mar viene subiendo una nube. Es tan pequeña como una mano.
Entonces Elías le ordenó:
—Ve y dile a Acab: “Engancha el carro y vete antes de que la lluvia te detenga.”
45 Las nubes fueron oscureciendo el cielo; luego se levantó el viento y se desató una fuerte lluvia. Pero Acab se fue en su carro hacia Jezrel. 46 Entonces el poder del Señor vino sobre Elías, quien ajustándose el manto con el cinturón, echó a correr y llegó a Jezrel antes que Acab.

1 Reyes 19

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Elías huye a Horeb

19 Acab le contó a Jezabel todo lo que Elías había hecho, y cómo había matado a todos los profetas a filo de espada. 2 Entonces Jezabel envió un mensajero a que le dijera a Elías: «¡Que los dioses me castiguen sin piedad si mañana a esta hora no te he quitado la *vida como tú se la quitaste a ellos!»
3 Elías se asustó[a] y huyó para ponerse a salvo. Cuando llegó a Berseba de Judá, dejó allí a su criado 4 y caminó todo un día por el desierto. Llegó adonde había un arbusto,[b] y se sentó a su sombra con ganas de morirse. «¡Estoy harto, Señor! —protestó—. Quítame la vida, pues no soy mejor que mis antepasados.» 5 Luego se acostó debajo del arbusto y se quedó dormido.
De repente, un ángel lo tocó y le dijo: «Levántate y come.» 6 Elías miró a su alrededor, y vio a su cabecera un panecillo cocido sobre carbones calientes, y un jarro de agua. Comió y bebió, y volvió a acostarse.
7 El ángel del Señor regresó y, tocándolo, le dijo: «Levántate y come, porque te espera un largo viaje.» 8 Elías se levantó, y comió y bebió. Una vez fortalecido por aquella comida, viajó cuarenta días y cuarenta noches hasta que llegó a Horeb, el monte de Dios. 9 Allí pasó la noche en una cueva.

El Señor se le aparece a Elías

Más tarde, la palabra del Señor vino a él.
—¿Qué haces aquí, Elías? —le preguntó.
10 —Me consume mi amor[c] por ti, Señor Dios *Todopoderoso —respondió él—. Los israelitas han rechazado tu *pacto, han derribado tus altares, y a tus profetas los han matado a filo de espada. Yo soy el único que ha quedado con vida, ¡y ahora quieren matarme a mí también!
11 El Señor le ordenó:
—Sal y preséntate ante mí en la montaña, porque estoy a punto de pasar por allí.
Como heraldo del Señor vino un viento recio, tan violento que partió las montañas e hizo añicos las rocas; pero el Señor no estaba en el viento. Al viento siguió un terremoto, pero el Señor tampoco estaba en el terremoto. 12 Tras el terremoto vino un fuego, pero el Señor tampoco estaba en el fuego. Y después del fuego vino un suave murmullo. 13 Cuando Elías lo oyó, se cubrió el rostro con el manto y, saliendo, se puso a la entrada de la cueva.
Entonces oyó una voz que le dijo:
—¿Qué haces aquí, Elías?
14 Él respondió:
—Me consume mi amor por ti, Señor, Dios Todopoderoso. Los israelitas han rechazado tu pacto, han derribado tus altares, y a tus profetas los han matado a filo de espada. Yo soy el único que ha quedado con vida, ¡y ahora quieren matarme a mí también!
15 El Señor le dijo:
—Regresa por el mismo camino, y ve al desierto de Damasco. Cuando llegues allí, unge a Jazael como rey de *Siria, 16 y a Jehú hijo de Nimsi como rey de Israel; unge también a Eliseo hijo de Safat, de Abel Mejolá, para que te suceda como profeta. 17 Jehú dará muerte a cualquiera que escape de la espada de Jazael, y Eliseo dará muerte a cualquiera que escape de la espada de Jehú. 18 Sin embargo, yo preservaré a siete mil israelitas que no se han arrodillado ante *Baal ni lo han besado.

El llamamiento de Eliseo

19 Elías salió de allí y encontró a Eliseo hijo de Safat, que estaba arando. Había doce yuntas de bueyes en fila, y él mismo conducía la última. Elías pasó junto a Eliseo y arrojó su manto sobre él. 20 Entonces Eliseo dejó sus bueyes y corrió tras Elías.
—Permíteme usted despedirme de mi padre y de mi madre con un beso —dijo él—, y luego te seguiré.
—Anda, ve —respondió Elías—. Yo no te lo voy a impedir.[d]
21 Eliseo lo dejó y regresó. Tomó su yunta de bueyes y los sacrificó. Quemando la madera de la yunta, asó la carne y se la dio al pueblo, y ellos comieron. Luego partió para seguir a Elías y se puso a su servicio.
Footnotes:
  1. 1 Reyes 19:3 se asustó. Alt. vio.
  2. 1 Reyes 19:4 un arbusto. Lit. una *retama; también en v. 5.
  3. 1 Reyes 19:10 amor. Alt. celo; también en v. 14.
  4. 1 Reyes 19:20 Yo no te lo voy a impedir. Alt. Pero recuerda lo que he hecho por ti.

1 Reyes 20

Nueva Versión Internacional (Castilian) (CST)

Ben Adad ataca a Samaria

20 Entonces Ben Adad, rey de *Siria reunió a todo su ejército y, acompañado por treinta y dos reyes con sus caballos y carros de combate, salió a hacerle guerra a Samaria, y la sitió. 2 Envió a la ciudad mensajeros para que le dijeran a Acab, rey de Israel: «Así dice Ben Adad: 3 “Tu oro y tu plata son míos, lo mismo que tus mujeres y tus hermosos hijos.” »
4 El rey de Israel envió esta respuesta: «Tal como dices, mi señor y rey, yo soy tuyo, con todo lo que tengo.»
5 Los mensajeros volvieron a Acab y le dijeron: «Así dice Ben Adad: “Mandé a decirte que me entregaras tu oro y tu plata, tus esposas y tus hijos. 6 Por tanto, mañana como a esta hora voy a enviar a mis funcionarios a requisar tu palacio y las casas de tus funcionarios, y se apoderarán de todo lo que más valoras y se lo llevarán.” »
7 El rey de Israel mandó llamar a todos los *ancianos del país y les dijo:
—¡Mirad cómo ese tipo nos quiere causar problemas! Cuando mandó que le entregara mis esposas y mis hijos, mi oro y mi plata, no se los negué.
8 Los ancianos y todos los del pueblo respondieron:
—No le haga caso ni ceda a sus exigencias.
9 Así que Acab les respondió a los mensajeros de Ben Adad:
—Decidle a mi señor y rey: “Yo, tu siervo, haré todo lo que me pediste la primera vez, pero no puedo satisfacer esta nueva exigencia.”
Ellos regresaron a Ben Adad con esa respuesta. 10 Entonces Ben Adad le envió otro mensaje a Acab: «Que los dioses me castiguen sin piedad si queda en Samaria el polvo suficiente para que mis hombres se lleven un puñado.»
11 Pero el rey de Israel respondió: «Decidle que no cante victoria antes de tiempo.»[a]
12 Cuando Ben Adad recibió este mensaje, estaba bebiendo con los reyes en su campamento.[b] De inmediato les ordenó a sus tropas: «¡A las armas!» Así que se prepararon para atacar la ciudad.

Acab derrota a Ben Adad

13 Mientras tanto, un profeta se presentó ante Acab, rey de Israel, y le anunció:
—Así dice el Señor: “¿Ves ese enorme ejército? Hoy lo entregaré en tus manos, y entonces sabrás que yo soy el Señor.”
14 —¿Por medio de quién lo hará? —preguntó Acab.
—Así dice el Señor —respondió el profeta—: “Lo haré por medio de los cadetes.”[c]
—¿Y quién iniciará el combate? —insistió Acab.
—Tú mismo —respondió el profeta.
15 Así que Acab pasó revista a los cadetes, que sumaban doscientos treinta y dos hombres. También pasó revista a las demás tropas israelitas: siete mil en total. 16 Se pusieron en marcha al mediodía, mientras Ben Adad y los treinta y dos reyes aliados que estaban con él seguían emborrachándose en su campamento.
17 Los cadetes formaban la vanguardia. Cuando los exploradores que Ben Adad había enviado le informaron que unos soldados estaban avanzando desde Samaria, 18 ordenó: «¡Capturadlos vivos, sea que vengan en son de paz o en son de guerra!»
19 Los cadetes salieron de la ciudad al frente del ejército. 20 Cada soldado abatió a su adversario, y los *sirios tuvieron que huir. Los israelitas los persiguieron, pero Ben Adad, rey de Siria, escapó a caballo con algunos de sus jinetes. 21 El rey de Israel avanzó y abatió a la caballería, de modo que los sirios sufrieron una gran derrota.
22 Más tarde, el profeta se presentó ante el rey de Israel y le dijo: «No te duermas en los laureles;[d] traza un buen plan, porque el año entrante el rey de Siria volverá a atacar.»
23 Por otra parte, los funcionarios del rey de Siria le aconsejaron: «Los dioses de los israelitas son dioses de las montañas. Por eso son demasiado fuertes para nosotros. Pero si peleamos contra ellos en las llanuras, sin duda los venceremos. 24 Haz lo siguiente: Destituye a todos los reyes y reemplázalos por otros funcionarios. 25 Prepara también un ejército como el que perdisteis, caballo por caballo y carro por carro, para atacar a Israel en las llanuras. ¡Sin duda los venceremos!»
Ben Adad estuvo de acuerdo, y así lo hizo. 26 Al año siguiente, pasó revista a las tropas sirias y marchó a Afec para atacar a Israel. 27 Acab, por su parte, pasó revista a las tropas israelitas y las aprovisionó. Éstas se pusieron en marcha para salir al encuentro de los sirios, y acamparon frente a ellos. Parecían un pequeño rebaño de cabras, mientras que los sirios cubrían todo el campo.
28 El hombre de Dios se presentó ante el rey de Israel y le dijo: «Así dice el Señor: “Por cuanto los sirios piensan que el Señor es un dios de las montañas y no un dios de los valles, yo te voy a entregar este enorme ejército en tus manos, y así sabrás que yo soy el Señor.” »
29 Siete días estuvieron acampados los unos frente a los otros, y el séptimo día se inició el combate. En un solo día los israelitas le causaron cien mil bajas a la infantería siria. 30 Los demás soldados huyeron a Afec, pero la muralla de la ciudad se desplomó sobre veintisiete mil de ellos.
Ben Adad, que también se había escapado a la ciudad, andaba de escondite en escondite. 31 Entonces sus funcionarios le dijeron: «Hemos oído decir que los reyes del linaje de Israel son compasivos. Rindámonos ante el rey de Israel y pidámosle perdón.[e] Tal vez te perdone la *vida.»
32 Se presentaron entonces ante el rey de Israel, se rindieron ante él y le rogaron:
—Tu siervo Ben Adad dice: “Por favor, perdóname la vida.”
—¿Todavía está vivo? —preguntó el rey—. ¡Pero si es mi hermano!
33 Los hombres tomaron esa respuesta como un buen augurio y, aprovechando la ocasión, exclamaron:
—¡Claro que sí, Ben Adad es tu hermano!
—Id por él —dijo el rey.
Cuando Ben Adad se presentó ante Acab, éste lo hizo subir a su carro de combate. Entonces Ben Adad le propuso:
34 —Te devolveré las ciudades que mi padre le quitó al tuyo, y podrás establecer zonas de mercado en Damasco, como lo hizo mi padre en Samaria.
Acab le respondió:
—Sobre esa base, te dejaré en libertad.
Y así firmó un tratado con él, y lo dejó ir.

Un profeta condena a Acab

35 En obediencia a la palabra del Señor, un miembro de la comunidad de profetas le dijo a otro:
—¡Golpéame!
Pero aquél se negó a hacerlo.
36 Entonces el profeta le dijo:
—Por cuanto no has obedecido al Señor, tan pronto como nos separemos te matará un león.
Y después de que el profeta se fue, un león le salió al paso y lo mató.
37 Más adelante, el mismo profeta encontró a otro hombre y le dijo: «¡Golpéame!» Así que el hombre lo golpeó y lo hirió. 38 Luego el profeta salió a esperar al rey a la vera del camino, cubierto el rostro con un antifaz. 39 Cuando pasaba el rey, el profeta le gritó:
—Este tu siervo entró en lo más reñido de la batalla. Allí alguien se me presentó con un prisionero y me dijo: “Hazte cargo de este hombre. Si se te escapa, pagarás su *vida con la tuya, o con tres mil monedas[f] de plata.” 40 Mientras este tu siervo estaba ocupado en otras cosas, el hombre se escapó.
—¡Ésa es tu sentencia! —respondió el rey de Israel—. Tú mismo has tomado la decisión.
41 En el acto, el profeta se quitó el antifaz, y el rey de Israel se dio cuenta de que era uno de los profetas. 42 Y le dijo al rey:
—Así dice el Señor: “Has dejado en libertad a un hombre que yo había condenado a muerte.[g] Por lo tanto, pagarás su vida con la tuya, y su pueblo con el tuyo.”
43 Entonces el rey de Israel, deprimido y malhumorado, volvió a su palacio en Samaria.
Footnotes:
  1. 1 Reyes 20:11 que no cante … de tiempo. Lit. no ha de jactarse el que se pone la armadura sino el que se la quita.
  2. 1 Reyes 20:12 en su campamento. Alt. en Sucot; también en v. 16.
  3. 1 Reyes 20:14 los cadetes. Lit. los jóvenes de los jefes provinciales; también en vv. 15,17 y 19.
  4. 1 Reyes 20:22 No te duermas en los laureles. Lit. Ve y fortalécete.
  5. 1 Reyes 20:31 Rindámonos … perdón. Lit. Pongámonos *cilicio en la cintura y sogas en la cabeza y vayamos al rey de Israel.
  6. 1 Reyes 20:39 tres mil monedas. Lit. un *talento.
  7. 1 Reyes 20:42 un hombre … muerte. Lit. al hombre de mi *destrucción.