lunes, enero 14

COMENTARIO DE 2 DE REYES CAPITULO 4,5,Y 6

CAPÍTULO IV



Versículos 1—7.

Eliseo multiplica el aceite de la viuda. 8—17. La sunamita tiene un hijo. 18—37. El hijo de

la sunamita es resucitado.


38—44. El milagro de sanar el potaje y de alimentar a los hijos de los

profetas.



Vv. 1—7.


Los milagros de Eliseo fueron actos de verdadera caridad: los de Cristo así fueron; no sólo

grandes maravillas, sino grandes favores para quienes fueron realizados. Dios magnifica su bondad con su

poder. Eliseo recibió fácilmente la queja de una viuda pobre. Los que dejan a su familia bajo una carga

grande de deudas no saben los problemas que causan. Deber de todos los que profesan seguir al Señor es

no tentarlo con el descuido o la extravagancia, ni endeudarse, mientras confían en Dios para el pan diario;

pues nada tiende más a traer reproche sobre el evangelio o a afligir más a la familia cuando ellos se han

ido. Eliseo puso a la viuda en la senda para pagar su deuda, y mantenerse ella y su familia. Esto fue hecho

por milagro, pero para mostrar cuál es el mejor método para ayudar a los que están afligidos, a saber,

ayudarles a mejorar lo poco que tienen con su propia laboriosidad. —El aceite, enviado por milagro, siguió

fluyendo mientras ella tuvo vasijas vacías en qué recibirlo. Nunca estamos estrechos en Dios o en las

riquezas de su gracia; toda nuestra estrechez está en nosotros mismos. Lo que falla es nuestra fe, no su

promesa. Él da más de lo que pedimos: si hubiera más vasijas hay bastante en Dios para llenarlos;

suficiente para todo, suficiente para cada uno; y la suficiencia absoluta del Redentor sólo será detenida de

suplir las necesidades de los pecadores y de salvar sus almas cuando nadie más acuda a Él para salvación.

—La viuda debía pagar su deuda con el dinero que recibió por el aceite. Aunque sus acreedores fueran muy

duros con ella, debía, no obstante, pagarles aun antes de hacer provisión para sus hijos. Una de las

principales leyes de la religión cristiana es que paguemos toda deuda justa y demos a cada cual lo suyo,

aunque dejemos muy poquito para nosotros mismos; y eso, no por la fuerza sino por causa de la conciencia.

Quienes tienen mente honesta no pueden comer con placer su pan diario a menos que sea su propio pan.

Ella y sus hijos deben vivir con lo que queda; esto es, con el dinero recibido por el aceite, con que ellos se

encaminaron hacia la obtención de una vida honesta. No podemos ahora esperar milagros, pero podemos

esperar misericordias, si atendemos a Dios y le buscamos. En particular, que las viudas dependan de Él. El

que tiene todos los corazones en su mano puede, sin milagros, enviar tan efectivamente su provisión.


Vv. 8—17.


El rey de Israel pensaba bien de Eliseo por sus últimos servicios; un hombre bueno puede

complacerse tanto en servir a los demás como en elevarse a sí mismo. Pero la sunamita no necesitaba

ningún buen oficio de esta clase. Felicidad es habitar con nuestra propia gente, que nos aman y respetan y

a quienes podemos hacer el bien. Bueno sería para muchos si tan sólo supieran cuándo están realmente

bien. El Señor ve el deseo secreto que es suprimido por obediencia a su voluntad, y Él oirá las oraciones de

sus siervos por sus benefactores, enviando misericordias no pedidas e inesperadas; tampoco debe

suponerse que las profesiones de los hombres de Dios sean engañosas, como la de los hombres del

mundo.


Vv. 18—37.

Aquí está la muerte súbita del niño. Toda la ternura de una madre no puede mantener vivo a un hijo de la promesa, a un hijo de oración, uno dado con amor, pero ¡qué admirablemente guarda sus
labios la madre piadosa y prudente sometida a esta súbita aflicción! Ni una palabra necia escapa de ella.
Ella tenía tal confianza en la bondad de Dios que estaba lista para creer que Él restauraría lo que ahora
había quitado. ¡Oh, mujer, grande es tu fe! Él que la trajo no la decepcionará. La madre triste pidió permiso a
su marido para ir de inmediato al profeta. Ella no había pensado que era suficiente tener la ayuda de Eliseo
a veces en su propia familia, pero, aunque era mujer común, asistía al culto público. —A los hombres de
Dios les hace bien pedir por el bienestar de sus amigos y su familia. La respuesta fue: Está bien. ¡Todo bien
y, no obstante, el niño estaba muerto en casa! ¡Sí! Todo lo que Dios hace está bien; todo está bien con
quienes se fueron, si fueron al cielo; y todo está bien con nosotros que permanecemos atrás, si por la
aflicción avanzamos en nuestro camino hacia allá. —Cuando se nos quita todo consuelo en las criaturas,
está bien si podemos decir, por la gracia, que no pusimos nuestros corazones en ellas, porque si lo hicimos,
tenemos razón para temer que nos fue dado con ira y quitado con ira. —Eliseo clamó con fe a Dios, y el hijo
amado fue restaurado vivo a su madre. Quienes dan vida espiritual a las almas muertas, deben sentir
profundamente el caso de ellas y deben laborar fervorosamente en oración por ellas. Aunque el ministro no
puede dar vida divina a sus congéneres pecadores, debe usar todos los medios, con tanto celo como si
pudiera hacerlo.
Vv. 38—44. Hubo hambre de pan, pero no de oír la palabra de Dios, porque Eliseo hizo que los hijos de
los profetas se sentaran delante suyo para oír su sabiduría. —Eliseo hizo que la comida mala se volviera
buena y sana. Si un poco de potaje es toda nuestra cena, acordaos que este gran profeta no tuvo mejor
para él mismo y sus invitados. La mesa suele volverse lazo y lo que debiera ser para nuestro bienestar
resulta ser una trampa: esta es una buena razón por la cual no debemos alimentarnos sin temor. Cuando
recibimos el sostenimiento y las consolaciones de la vida debemos mantener la expectativa de la muerte y
el temor del pecado. Debemos reconocer la bondad de Dios al hacer sano y alimenticia nuestra comida: Yo
soy el Señor que sana. —Eliseo también hizo que un poco de comida fuera mucho. Habiendo recibido de
gracia, dio de gracia. Dios ha prometido a su iglesia que bendecirá abundantemente la provisión de ella y
satisfará con pan a sus pobres, Salmo cxxxii, 15; Él llena a quien alimenta; y lo que bendice se vuelve
mucho. La alimentación que hizo Cristo de quienes le escuchaban fue un milagro mucho mayor que éste,
pero ambos nos enseñan que quienes esperan en Dios en la senda del deber, pueden esperar que la
Providencia Divina les provea.
CAPÍTULO V
Versículos 1—8. La lepra de Naamán. 9—14. La cura de la lepra. 15—19. Eliseo rechaza los regalos de
Naamán. 20—27. La codicia y falsedad de Giezi.
Vv. 1—8. Aunque los sirios eran idólatras que oprimían al pueblo de Dios, aquí se atribuye al Señor la
liberación de la cual Naamán fue el medio. Tal es lenguaje correcto de la Escritura, mientras los que
escriben la historia corriente demuestran claramente que Dios no está en sus pensamientos. —La grandeza
y el honor de un hombre no lo pueden poner fuera del alcance de las calamidades más penosas de la vida
humana: hay más de un cuerpo loco y enfermo bajo un ropaje rico y alegre. Todo hombre tiene uno que otro
pero, algo que le mancha y rebaja, una impureza en su grandeza, un empañamiento de su gozo. —Esta
muchachita, aunque sólo una niña, pudo dar cuenta del famoso profeta que los israelitas tenían. Se debiera
enseñar a los niños a temprana edad acerca de las prodigiosas obras de Dios para que, dondequiera vayan,
puedan hablar de ellas. Como corresponde a un buen siervo, ella deseaba la salud y bienestar de su amo,
aunque era una cautiva, una sierva a la fuerza; mucho más debieran los siervos por opción procurar el bien
de su amo. Los siervos pueden ser bendición para las familias donde están, diciendo lo que saben de la
gloria de Dios y la honra de sus profetas. Naamán no despreció por la bajeza de ella lo que dijo. Bueno
sería si los hombres fueran tan sensibles a la carga del pecado como lo son a las enfermedades del cuerpo.
Y cuando andan buscando las bendiciones que el Señor envía respondiendo a las oraciones de su pueblo
fiel, ellos hallarán que nada se puede recibir salvo que vayan como mendigos en busca de un regalo, no
como señores a exigir o a comprar.
Vv. 9—14. Eliseo sabía que Naamán era orgulloso y le haría saber que ante el gran Dios todos los
hombres están al mismo nivel. Todos los mandamientos de Dios enjuician a los espíritus de los hombres,
especialmente los que instruyen al pecador sobre cómo solicitar las bendiciones de la salvación. Véase la
necedad del orgullo en Naamán; una cura no le contentaría, a menos que fuera curado con pompa y
ostentación. Rechaza su curación a menos que se le complazca. —La manera en que el pecador es
recibido y hecho santo, por medio de la sangre y por el Espíritu de Cristo, por la sola fe en su Nombre, no da

el gusto ni se esfuerza como para complacer al corazón del pecador. La sabiduría humana piensa que

puede proporcionar métodos mejores y más sabios para la purificación. —Observe que los amos debieran

estar dispuestos a oír razones. Como debiéramos estar sordos al consejo del impío, aunque sea dado por

nombres grandes y respetados, así debemos tener abiertos los oídos al buen consejo, aunque sea traído

por los que están debajo de nosotros. —¿No harías cualquier cosa tú? Cuando los pecadores enfermos se

contentan con hacer cualquier cosa, someterse a cualquier cosa, dejar cualquier cosa, por su curación,

entonces, y no antes, hay esperanza para ellos. Los métodos para la curación de la lepra del pecado son

tan sencillos que no tenemos excusa si no los notamos. No es más que, cree y serás salvo; arrepiéntete y

serás perdonado; lávate y serás limpio. El creyente pide la salvación sin descuidar, alterar ni agregar a las

instrucciones del Salvador; de este modo es limpio de la culpa, mientras otros que las rechazan, viven y

mueren en la lepra del pecado.


Vv. 15—19.


La misericordia de la cura afectó a Naamán más que el milagro. Los que experimentan por

sí mismos el poder de la gracia divina son los más capaces para hablar de ello. Él también se muestra

agradecido hacia el profeta Eliseo, que rechazó toda recompensa, no porque creyera que era ilícita, porque

recibió regalos de otros, sino para mostrar a este nuevo convertido que los siervos del Dios de Israel

consideran con santo desprecio las riquezas del mundo. Toda la obra era de Dios y al punto que el profeta

no daba consejo cuando no tenía instrucciones del Señor. No es bueno oponerse drásticamente a los

errores menores que acompañan las primeras convicciones de los hombres; no podemos llevar adelante a

los hombres con mayor rapidez que el Señor que los prepara para recibir la instrucción. En cuanto a

nosotros, si al establecer el pacto con Dios, deseamos reservar algún pecado conocido para seguir

deleitándonos con él, esto es una ruptura de su pacto. Quienes verdaderamente odian el mal, tomarán

conciencia de abstenerse de todas las forma del mal.


Vv. 20—27.


Naamán, sirio, cortesano, soldado, tenía muchos siervos y leemos cuán sabios y buenos

eran. Eliseo, un santo profeta, un hombre de Dios, no tenía sino un siervo que resulta ser un mentiroso

redomado. El amor al dinero, la raíz de todo mal, estaba en el fondo del pecado de Giezi. Pensó imponerse

al profeta, pero pronto vio que el Espíritu de profecía no podía ser engañado y que era vano mentir al

Espíritu Santo. Necedad es atreverse a pecar con esperanzas de guardar el secreto. Cuando te apartas por

cualquier sendero extraviado, ¿no va contigo tu conciencia? ¿El ojo de Dios no va contigo? El que encubre

su pecado no prosperará; particularmente la lengua mentirosa durará sólo un instante. Todas las

esperanzas e invenciones necias de la carnal mundanalidad están abiertas ante Dios. No es el momento de

aumentar nuestra riqueza cuando sólo podemos hacerlo de manera que deshonran a Dios y a la fe, o

perjudican al prójimo. —Giezi fue castigado. Si quería el dinero de Naamán, tendría la enfermedad de éste.

¿De qué le aprovechó a Giezi ganar dos talentos, cuando con ello perdió salud, honra, paz, servicio, y si no

se arrepintió, perdió su alma para siempre? Cuidémonos de la hipocresía y la codicia, y temamos la

maldición de la lepra espiritual que queda en nuestra alma.


CAPÍTULO VI



Versículos 1—7.

Los hijos de los profetas amplían sus habitaciones—El hacha que flota. 8—12. Eliseo

descubre las intenciones de los sirios.


13—23. Los sirios enviados a prender a Eliseo. 24—33. Samaria

sitiada—Hambre—Los reyes mandan matar a Eliseo.



Vv. 1—7.


Hay algo placentero en la conversación de los siervos de Dios que hace que quienes escuchan

olviden el dolor y el cansancio del trabajo. Hasta los hijos de los profetas deben estar dispuestos a trabajar.

Que nadie piense que un empleo honesto es una carga o una desgracia. El trabajo intelectual es tan pesado

y, muy a menudo, más duro que el trabajo manual. —Tenemos que tener cuidado con lo que es prestado,

como si fuera propio, porque debemos hacer como queremos que nos hagan. Este hombre era respetuoso

en cuanto al hacha. Para quienes tienen una mente honesta, la más penosa aflicción de la pobreza no es

tanto su propia necesidad y desgracia como estar incapacitados para pagar las deudas justas. Pero el

Señor cuida a su pueblo en sus pequeñas preocupaciones. La gracia de Dios puede levantar el corazón

pesado como hierro que está hundido en el fango de este mundo, y elevar los afectos naturalmente

terrenales.


Vv. 8—12.


El rey de Israel consideró las advertencias que le dio Eliseo como peligro de parte de los

sirios, pero no oyó las advertencias del peligro de sus pecados. Tales advertencias son poco escuchadas

por la mayoría; quieren salvarse de la muerte, pero no del infierno. Nada que se haga, diga o piense, de

parte de alguien en algún lugar en algún momento está fuera del conocimiento de Dios.

por fuera y temores por dentro. No tenga miedo, con ese temor que tiene tormento y asombro; porque más

son los que están con nosotros, para protegernos, que los que están ellos, para destruirnos. Los ojos de su

cuerpo fueron abiertos y con ellos vio el peligro. Señor, abre los ojos de nuestra fe para ver con ellos tu

mano. Mientras más clara sea la vista que tengamos de la soberanía y del poder del cielo, menos

temeremos los problemas de la tierra. Satanás, el dios de este siglo, ciega los ojos de los hombres y los

engaña para su propia ruina pero, cuando Dios ilumina sus ojos, ellos se ven en medio de sus enemigos,

cautivos de Satanás y ante el peligro del infierno, aunque antes hayan pensado que su condición era buena.

—Cuando Eliseo tuvo a su merced a los sirios, hizo evidente que él estaba bajo la influencia de la bondad

divina como del poder divino. Que no seamos vencidos por el mal sino que venzamos con el bien el mal.

Los sirios vieron que no tenía sentido tratar de atacar a un hombre tan grande y bueno.


Vv. 24—33.


Aprended a valorar la abundancia y agradecedla; ved cuán despreciable es el dinero

cuando en tiempo de hambre se abandona con tanta facilidad, ¡por cualquier cosa que sea comestible! El

lenguaje de Joram a la mujer puede ser el lenguaje de la desesperación. Véase cumplida la palabra de

Dios; entre las amenazas de los juicios de Dios sobre Israel por sus pecados, este era uno, que ellos

comerían la carne de sus propios hijos, Deuteronomio xxviii, 53–57. La verdad y la aterradora justicia de

Dios fueron demostradas en esta horrible transacción. ¡He ahí, qué desgracias ha acarreado el pecado al

mundo! Pero la necedad del hombre tuerce su camino y, entonces, su corazón se inquieta contra el Señor.

—El rey jura matar a Eliseo. Los hombres malos culpan a cualquiera como causa de sus problemas más

que a sí mismos y no dejan sus pecados. Si sirviera rasgarse las vestiduras sin tener el corazón contrito y

quebrado, si sirviera vestir de saco sin ser renovado en el espíritu de su mente, ellos no se opondrían al

Señor. Que toda la palabra de Dios aumente en nosotros el temor reverente y la esperanza santa, para que

podamos ser firmes y constantes, creciendo en la obra del Señor siempre, sabiendo que nuestro trabajo en

el Señor no es en vano.

EL 2 LIBRO DE REYES CAPITULOS 4,5, Y 6

2da. de Reyes

Capítulo 04

4:1 Una mujer, de las mujeres de los hijos de los profetas, clamó a Eliseo, diciendo: Tu siervo mi marido ha muerto; y tú sabes que tu siervo era temeroso de Jehová; y ha venido el acreedor para tomarse dos hijos míos por siervos.
4:2 Y Eliseo le dijo: ¿Qué te haré yo? Declárame qué tienes en casa. Y ella dijo: Tu sierva ninguna cosa tiene en casa, sino una vasija de aceite.
4:3 El le dijo: Ve y pide para ti vasijas prestadas de todos tus vecinos, vasijas vacías, no pocas.
4:4 Entra luego, y enciérrate tú y tus hijos; y echa en todas las vasijas, y cuando una esté llena, ponla aparte.
4:5 Y se fue la mujer, y cerró la puerta encerrándose ella y sus hijos; y ellos le traían las vasijas, y ella echaba del aceite.
4:6 Cuando las vasijas estuvieron llenas, dijo a un hijo suyo: Tráeme aún otras vasijas. Y él dijo: No hay más vasijas. Entonces cesó el aceite.
4:7 Vino ella luego, y lo contó al varón de Dios, el cual dijo: Ve y vende el aceite, y paga a tus acreedores; y tú y tus hijos vivid de lo que quede.
4:8 Aconteció también que un día pasaba Eliseo por Sunem; y había allí una mujer importante, que le invitaba insistentemente a que comiese; y cuando él pasaba por allí, venía a la casa de ella a comer.
4:9 Y ella dijo a su marido: He aquí ahora, yo entiendo que éste que siempre pasa por nuestra casa, es varón santo de Dios.
4:10 Yo te ruego que hagamos un pequeño aposento de paredes, y pongamos allí cama, mesa, silla y candelero, para que cuando él viniere a nosotros, se quede en él.
4:11 Y aconteció que un día vino él por allí, y se quedó en aquel aposento, y allí durmió.
4:12 Entonces dijo a Giezi su criado: Llama a esta sunamita. Y cuando la llamó, vino ella delante de él.
4:13 Dijo él entonces a Giezi: Dile: He aquí tú has estado solícita por nosotros con todo este esmero; ¿qué quieres que haga por ti? ¿Necesitas que hable por ti al rey, o al general del ejército? Y ella respondió: Yo habito en medio de mi pueblo.
4:14 Y él dijo: ¿Qué, pues, haremos por ella? Y Giezi respondió: He aquí que ella no tiene hijo, y su marido es viejo.
4:15 Dijo entonces: Llámala. Y él la llamó, y ella se paró a la puerta.
4:16 Y él le dijo: El año que viene, por este tiempo, abrazarás un hijo. Y ella dijo: No, señor mío, varón de Dios, no hagas burla de tu sierva.
4:17 Mas la mujer concibió, y dio a luz un hijo el año siguiente, en el tiempo que Eliseo le había dicho.
4:18 Y el niño creció. Pero aconteció un día, que vino a su padre, que estaba con los segadores;
4:19 y dijo a su padre: ¡Ay, mi cabeza, mi cabeza! Y el padre dijo a un criado: Llévalo a su madre.
4:20 Y habiéndole él tomado y traído a su madre, estuvo sentado en sus rodillas hasta el mediodía, y murió.
4:21 Ella entonces subió, y lo puso sobre la cama del varón de Dios, y cerrando la puerta, se salió.
4:22 Llamando luego a su marido, le dijo: Te ruego que envíes conmigo a alguno de los criados y una de las asnas, para que yo vaya corriendo al varón de Dios, y regrese.
4:23 El dijo: ¿Para qué vas a verle hoy? No es nueva luna, ni día de reposo. Y ella respondió: Paz.
4:24 Después hizo enalbardar el asna, y dijo al criado: Guía y anda; y no me hagas detener en el camino, sino cuando yo te lo dijere.
4:25 Partió, pues, y vino al varón de Dios, al monte Carmelo. Y cuando el varón de Dios la vio de lejos, dijo a su criado Giezi: He aquí la sunamita.
4:26 Te ruego que vayas ahora corriendo a recibirla, y le digas: ¿Te va bien a ti? ¿Le va bien a tu marido, y a tu hijo? Y ella dijo: Bien.
4:27 Luego que llegó a donde estaba el varón de Dios en el monte, se asió de sus pies. Y se acercó Giezi para quitarla; pero el varón de Dios le dijo: Déjala, porque su alma está en amargura, y Jehová me ha encubierto el motivo, y no me lo ha revelado.
4:28 Y ella dijo: ¿Pedí yo hijo a mi señor? ¿No dije yo que no te burlases de mí?
4:29 Entonces dijo él a Giezi: Ciñe tus lomos, y toma mi báculo en tu mano, y ve; si alguno te encontrare, no lo saludes, y si alguno te saludare, no le respondas; y pondrás mi báculo sobre el rostro del niño.
4:30 Y dijo la madre del niño: Vive Jehová, y vive tu alma, que no te dejaré.
4:31 El entonces se levantó y la siguió. Y Giezi había ido delante de ellos, y había puesto el báculo sobre el rostro del niño; pero no tenía voz ni sentido, y así se había vuelto para encontrar a Eliseo, y se lo declaró, diciendo: El niño no despierta.
4:32 Y venido Eliseo a la casa, he aquí que el niño estaba muerto tendido sobre su cama.
4:33 Entrando él entonces, cerró la puerta tras ambos, y oró a Jehová.
4:34 Después subió y se tendió sobre el niño, poniendo su boca sobre la boca de él, y sus ojos sobre sus ojos, y sus manos sobre las manos suyas; así se tendió sobre él, y el cuerpo del niño entró en calor.
4:35 Volviéndose luego, se paseó por la casa a una y otra parte, y después subió, y se tendió sobre él nuevamente, y el niño estornudó siete veces, y abrió sus ojos.
4:36 Entonces llamó él a Giezi, y le dijo: Llama a esta sunamita. Y él la llamó. Y entrando ella, él le dijo: Toma tu hijo.
4:37 Y así que ella entró, se echó a sus pies, y se inclinó a tierra; y después tomó a su hijo, y salió.
4:38 Eliseo volvió a Gilgal cuando había una grande hambre en la tierra. Y los hijos de los profetas estaban con él, por lo que dijo a su criado: Pon una olla grande, y haz potaje para los hijos de los profetas.
4:39 Y salió uno al campo a recoger hierbas, y halló una como parra montés, y de ella llenó su falda de calabazas silvestres; y volvió, y las cortó en la olla del potaje, pues no sabía lo que era.
4:40 Después sirvió para que comieran los hombres; pero sucedió que comiendo ellos de aquel guisado, gritaron diciendo: ¡Varón de Dios, hay muerte en esa olla! Y no lo pudieron comer.
4:41 El entonces dijo: Traed harina. Y la esparció en la olla, y dijo: Da de comer a la gente. Y no hubo más mal en la olla.
4:42 Vino entonces un hombre de Baal-salisa, el cual trajo al varón de Dios panes de primicias, veinte panes de cebada, y trigo nuevo en su espiga. Y él dijo: Da a la gente para que coma.
4:43 Y respondió su sirviente: ¿Cómo pondré esto delante de cien hombres? Pero él volvió a decir: Da a la gente para que coma, porque así ha dicho Jehová: Comerán, y sobrará.
4:44 Entonces lo puso delante de ellos, y comieron, y les sobró, conforme a la palabra de Jehová.


2da. de Reyes

Capítulo 05

5:1 Naamán, general del ejército del rey de Siria, era varón grande delante de su señor, y lo tenía en alta estima, porque por medio de él había dado Jehová salvación a Siria. Era este hombre valeroso en extremo, pero leproso.
5:2 Y de Siria habían salido bandas armadas, y habían llevado cautiva de la tierra de Israel a una muchacha, la cual servía a la mujer de Naamán.
5:3 Esta dijo a su señora: Si rogase mi señor al profeta que está en Samaria, él lo sanaría de su lepra.
5:4 Entrando Naamán a su señor, le relató diciendo: Así y así ha dicho una muchacha que es de la tierra de Israel.
5:5 Y le dijo el rey de Siria: Anda, ve, y yo enviaré cartas al rey de Israel. Salió, pues, él, llevando consigo diez talentos de plata, y seis mil piezas de oro, y diez mudas de vestidos.
5:6 Tomó también cartas para el rey de Israel, que decían así: Cuando lleguen a ti estas cartas, sabe por ellas que yo envío a ti mi siervo Naamán, para que lo sanes de su lepra.
5:7 Luego que el rey de Israel leyó las cartas, rasgó sus vestidos, y dijo: ¿Soy yo Dios, que mate y dé vida, para que éste envíe a mí a que sane un hombre de su lepra? Considerad ahora, y ved cómo busca ocasión contra mí.
5:8 Cuando Eliseo el varón de Dios oyó que el rey de Israel había rasgado sus vestidos, envió a decir al rey: ¿Por qué has rasgado tus vestidos? Venga ahora a mí, y sabrá que hay profeta en Israel.
5:9 Y vino Naamán con sus caballos y con su carro, y se paró a las puertas de la casa de Eliseo.
5:10 Entonces Eliseo le envió un mensajero, diciendo: Vé y lávate siete veces en el Jordán, y tu carne se te restaurará, y serás limpio.
5:11 Y Naamán se fue enojado, diciendo: He aquí yo decía para mí: Saldrá él luego, y estando en pie invocará el nombre de Jehová su Dios, y alzará su mano y tocará el lugar, y sanará la lepra.
5:12 Abana y Farfar, ríos de Damasco, ¿no son mejores que todas las aguas de Israel? Si me lavare en ellos, ¿no seré también limpio? Y se volvió, y se fue enojado.
5:13 Mas sus criados se le acercaron y le hablaron diciendo: Padre mío, si el profeta te mandara alguna gran cosa, ¿no la harías? ¿Cuánto más, diciéndote: Lávate, y serás limpio?
5:14 El entonces descendió, y se zambulló siete veces en el Jordán, conforme a la palabra del varón de Dios; y su carne se volvió como la carne de un niño, y quedó limpio.
5:15 Y volvió al varón de Dios, él y toda su compañía, y se puso delante de él, y dijo: He aquí ahora conozco que no hay Dios en toda la tierra, sino en Israel. Te ruego que recibas algún presente de tu siervo.
5:16 Mas él dijo: Vive Jehová, en cuya presencia estoy, que no lo aceptaré. Y le instaba que aceptara alguna cosa, pero él no quiso.
5:17 Entonces Naamán dijo: Te ruego, pues, ¿de esta tierra no se dará a tu siervo la carga de un par de mulas? Porque de aquí en adelante tu siervo no sacrificará holocausto ni ofrecerá sacrificio a otros dioses, sino a Jehová.
5:18 En esto perdone Jehová a tu siervo: que cuando mi señor el rey entrare en el templo de Rimón para adorar en él, y se apoyare sobre mi brazo, si yo también me inclinare en el templo de Rimón; cuando haga tal, Jehová perdone en esto a tu siervo.
5:19 Y él le dijo: Ve en paz. Se fue, pues, y caminó como media legua de tierra.
5:20 Entonces Giezi, criado de Eliseo el varón de Dios, dijo entre sí: He aquí mi señor estorbó a este sirio Naamán, no tomando de su mano las cosas que había traído. Vive Jehová, que correré yo tras él y tomaré de él alguna cosa.
5:21 Y siguió Giezi a Naamán; y cuando vio Naamán que venía corriendo tras él, se bajó del carro para recibirle, y dijo: ¿Va todo bien?
5:22 Y él dijo: Bien. Mi señor me envía a decirte: He aquí vinieron a mí en esta hora del monte de Efraín dos jóvenes de los hijos de los profetas; te ruego que les des un talento de plata, y dos vestidos nuevos.
5:23 Dijo Naamán: Te ruego que tomes dos talentos. Y le insistió, y ató dos talentos de plata en dos bolsas, y dos vestidos nuevos, y lo puso todo a cuestas a dos de sus criados para que lo llevasen delante de él.
5:24 Y así que llegó a un lugar secreto, él lo tomó de mano de ellos, y lo guardó en la casa; luego mandó a los hombres que se fuesen.
5:25 Y él entró, y se puso delante de su señor. Y Eliseo le dijo: ¿De dónde vienes, Giezi? Y él dijo: Tu siervo no ha ido a ninguna parte.
5:26 El entonces le dijo: ¿No estaba también allí mi corazón, cuando el hombre volvió de su carro a recibirte? ¿Es tiempo de tomar plata, y de tomar vestidos, olivares, viñas, ovejas, bueyes, siervos y siervas?
5:27 Por tanto, la lepra de Naamán se te pegará a ti y a tu descendencia para siempre. Y salió de delante de él leproso, blanco como la nieve.


2da. de Reyes

Capítulo 06

6:1 Los hijos de los profetas dijeron a Eliseo: He aquí, el lugar en que moramos contigo nos es estrecho.
6:2 Vamos ahora al Jordán, y tomemos de allí cada uno una viga, y hagamos allí lugar en que habitemos. Y él dijo: Andad.
6:3 Y dijo uno: Te rogamos que vengas con tus siervos. Y él respondió: Yo iré.
6:4 Se fue, pues, con ellos; y cuando llegaron al Jordán, cortaron la madera.
6:5 Y aconteció que mientras uno derribaba un árbol, se le cayó el hacha en el agua; y gritó diciendo: ¡Ah, señor mío, era prestada!
6:6 El varón de Dios preguntó: ¿Dónde cayó? Y él le mostró el lugar. Entonces cortó él un palo, y lo echó allí; e hizo flotar el hierro.
6:7 Y dijo: Tómalo. Y él extendió la mano, y lo tomó.
6:8 Tenía el rey de Siria guerra contra Israel, y consultando con sus siervos, dijo: En tal y tal lugar estará mi campamento.
6:9 Y el varón de Dios envió a decir al rey de Israel: Mira que no pases por tal lugar, porque los sirios van allí.
6:10 Entonces el rey de Israel envió a aquel lugar que el varón de Dios había dicho; y así lo hizo una y otra vez con el fin de cuidarse.
6:11 Y el corazón del rey de Siria se turbó por esto; y llamando a sus siervos, les dijo: ¿No me declararéis vosotros quién de los nuestros es del rey de Israel?
6:12 Entonces uno de los siervos dijo: No, rey señor mío, sino que el profeta Eliseo está en Israel, el cual declara al rey de Israel las palabras que tú hablas en tu cámara más secreta.
6:13 Y él dijo: Id, y mirad dónde está, para que yo envíe a prenderlo. Y le fue dicho: He aquí que él está en Dotán.
6:14 Entonces envió el rey allá gente de a caballo, y carros, y un gran ejército, los cuales vinieron de noche, y sitiaron la ciudad.
6:15 Y se levantó de mañana y salió el que servía al varón de Dios, y he aquí el ejército que tenía sitiada la ciudad, con gente de a caballo y carros. Entonces su criado le dijo: ¡Ah, señor mío! ¿qué haremos?
6:16 El le dijo: No tengas miedo, porque más son los que están con nosotros que los que están con ellos.
6:17 Y oró Eliseo, y dijo: Te ruego, oh Jehová, que abras sus ojos para que vea. Entonces Jehová abrió los ojos del criado, y miró; y he aquí que el monte estaba lleno de gente de a caballo, y de carros de fuego alrededor de Eliseo.
6:18 Y luego que los sirios descendieron a él, oró Eliseo a Jehová, y dijo: Te ruego que hieras con ceguera a esta gente. Y los hirió con ceguera, conforme a la petición de Eliseo.
6:19 Después les dijo Eliseo: No es este el camino, ni es esta la ciudad; seguidme, y yo os guiaré al hombre que buscáis. Y los guió a Samaria.
6:20 Y cuando llegaron a Samaria, dijo Eliseo: Jehová, abre los ojos de éstos, para que vean. Y Jehová abrió sus ojos, y miraron, y se hallaban en medio de Samaria.
6:21 Cuando el rey de Israel los hubo visto, dijo a Eliseo: ¿Los mataré, padre mío?
6:22 El le respondió: No los mates. ¿Matarías tú a los que tomaste cautivos con tu espada y con tu arco? Pon delante de ellos pan y agua, para que coman y beban, y vuelvan a sus señores.
6:23 Entonces se les preparó una gran comida; y cuando habían comido y bebido, los envió, y ellos se volvieron a su seÑor. Y nunca más vinieron bandas armadas de Siria a la tierra de Israel.
6:24 Después de esto aconteció que Ben-adad rey de Siria reunió todo su ejército, y subió y sitió a Samaria.
6:25 Y hubo gran hambre en Samaria, a consecuencia de aquel sitio; tanto que la cabeza de un asno se vendía por ochenta piezas de plata, y la cuarta parte de un cab de estiércol de palomas por cinco piezas de plata.
6:26 Y pasando el rey de Israel por el muro, una mujer le gritó, y dijo: Salva, rey señor mío.
6:27 Y él dijo: Si no te salva Jehová, ¿de dónde te puedo salvar yo? ¿Del granero, o del lagar?
6:28 Y le dijo el rey: ¿Qué tienes? Ella respondió: Esta mujer me dijo: Da acá tu hijo, y comámoslo hoy, y mañana comeremos el mío.
6:29 Cocimos, pues, a mi hijo, y lo comimos. El día siguiente yo le dije: Da acá tu hijo, y comámoslo. Mas ella ha escondido a su hijo.
6:30 Cuando el rey oyó las palabras de aquella mujer, rasgó sus vestidos, y pasó así por el muro; y el pueblo vio el cilicio que traía interiormente sobre su cuerpo.
6:31 Y él dijo: Así me haga Dios, y aun me añada, si la cabeza de Eliseo hijo de Safat queda sobre él hoy.
6:32 Y Eliseo estaba sentado en su casa, y con él estaban sentados los ancianos; y el rey envió a él un hombre. Mas antes que el mensajero viniese a él, dijo él a los ancianos: ¿No habéis visto cómo este hijo de homicida envía a cortarme la cabeza? Mirad, pues, y cuando viniere el mensajero, cerrad la puerta, e impedidle la entrada. ¿No se oye tras él el ruido de los pasos de su amo?
6:33 Aún estaba él hablando con ellos, y he aquí el mensajero que descendía a él; y dijo: Ciertamente este mal de Jehová viene. ¿Para qué he de esperar más a Jehová?