CAPÍTULO IV
Versículos 1—7.
Eliseo multiplica el aceite de la viuda. 8—17. La sunamita tiene un hijo. 18—37. El hijo de
la sunamita es resucitado.
38—44. El milagro de sanar el potaje y de alimentar a los hijos de los
profetas.
Vv. 1—7.
Los milagros de Eliseo fueron actos de verdadera caridad: los de Cristo así fueron; no sólo
grandes maravillas, sino grandes favores para quienes fueron realizados. Dios magnifica su bondad con su
poder. Eliseo recibió fácilmente la queja de una viuda pobre. Los que dejan a su familia bajo una carga
grande de deudas no saben los problemas que causan. Deber de todos los que profesan seguir al Señor es
no tentarlo con el descuido o la extravagancia, ni endeudarse, mientras confían en Dios para el pan diario;
pues nada tiende más a traer reproche sobre el evangelio o a afligir más a la familia cuando ellos se han
ido. Eliseo puso a la viuda en la senda para pagar su deuda, y mantenerse ella y su familia. Esto fue hecho
por milagro, pero para mostrar cuál es el mejor método para ayudar a los que están afligidos, a saber,
ayudarles a mejorar lo poco que tienen con su propia laboriosidad. —El aceite, enviado por milagro, siguió
fluyendo mientras ella tuvo vasijas vacías en qué recibirlo. Nunca estamos estrechos en Dios o en las
riquezas de su gracia; toda nuestra estrechez está en nosotros mismos. Lo que falla es nuestra fe, no su
promesa. Él da más de lo que pedimos: si hubiera más vasijas hay bastante en Dios para llenarlos;
suficiente para todo, suficiente para cada uno; y la suficiencia absoluta del Redentor sólo será detenida de
suplir las necesidades de los pecadores y de salvar sus almas cuando nadie más acuda a Él para salvación.
—La viuda debía pagar su deuda con el dinero que recibió por el aceite. Aunque sus acreedores fueran muy
duros con ella, debía, no obstante, pagarles aun antes de hacer provisión para sus hijos. Una de las
principales leyes de la religión cristiana es que paguemos toda deuda justa y demos a cada cual lo suyo,
aunque dejemos muy poquito para nosotros mismos; y eso, no por la fuerza sino por causa de la conciencia.
Quienes tienen mente honesta no pueden comer con placer su pan diario a menos que sea su propio pan.
Ella y sus hijos deben vivir con lo que queda; esto es, con el dinero recibido por el aceite, con que ellos se
encaminaron hacia la obtención de una vida honesta. No podemos ahora esperar milagros, pero podemos
esperar misericordias, si atendemos a Dios y le buscamos. En particular, que las viudas dependan de Él. El
que tiene todos los corazones en su mano puede, sin milagros, enviar tan efectivamente su provisión.
Vv. 8—17.
El rey de Israel pensaba bien de Eliseo por sus últimos servicios; un hombre bueno puede
complacerse tanto en servir a los demás como en elevarse a sí mismo. Pero la sunamita no necesitaba
ningún buen oficio de esta clase. Felicidad es habitar con nuestra propia gente, que nos aman y respetan y
a quienes podemos hacer el bien. Bueno sería para muchos si tan sólo supieran cuándo están realmente
bien. El Señor ve el deseo secreto que es suprimido por obediencia a su voluntad, y Él oirá las oraciones de
sus siervos por sus benefactores, enviando misericordias no pedidas e inesperadas; tampoco debe
suponerse que las profesiones de los hombres de Dios sean engañosas, como la de los hombres del
mundo.
Vv. 18—37.
Aquí está la muerte súbita del niño. Toda la ternura de una madre no puede mantener vivo a un hijo de la promesa, a un hijo de oración, uno dado con amor, pero ¡qué admirablemente guarda sus
labios la madre piadosa y prudente sometida a esta súbita aflicción! Ni una palabra necia escapa de ella.
Ella tenía tal confianza en la bondad de Dios que estaba lista para creer que Él restauraría lo que ahora
había quitado. ¡Oh, mujer, grande es tu fe! Él que la trajo no la decepcionará. La madre triste pidió permiso a
su marido para ir de inmediato al profeta. Ella no había pensado que era suficiente tener la ayuda de Eliseo
a veces en su propia familia, pero, aunque era mujer común, asistía al culto público. —A los hombres de
Dios les hace bien pedir por el bienestar de sus amigos y su familia. La respuesta fue: Está bien. ¡Todo bien
y, no obstante, el niño estaba muerto en casa! ¡Sí! Todo lo que Dios hace está bien; todo está bien con
quienes se fueron, si fueron al cielo; y todo está bien con nosotros que permanecemos atrás, si por la
aflicción avanzamos en nuestro camino hacia allá. —Cuando se nos quita todo consuelo en las criaturas,
está bien si podemos decir, por la gracia, que no pusimos nuestros corazones en ellas, porque si lo hicimos,
tenemos razón para temer que nos fue dado con ira y quitado con ira. —Eliseo clamó con fe a Dios, y el hijo
amado fue restaurado vivo a su madre. Quienes dan vida espiritual a las almas muertas, deben sentir
profundamente el caso de ellas y deben laborar fervorosamente en oración por ellas. Aunque el ministro no
puede dar vida divina a sus congéneres pecadores, debe usar todos los medios, con tanto celo como si
pudiera hacerlo.
Vv. 38—44. Hubo hambre de pan, pero no de oír la palabra de Dios, porque Eliseo hizo que los hijos de
los profetas se sentaran delante suyo para oír su sabiduría. —Eliseo hizo que la comida mala se volviera
buena y sana. Si un poco de potaje es toda nuestra cena, acordaos que este gran profeta no tuvo mejor
para él mismo y sus invitados. La mesa suele volverse lazo y lo que debiera ser para nuestro bienestar
resulta ser una trampa: esta es una buena razón por la cual no debemos alimentarnos sin temor. Cuando
recibimos el sostenimiento y las consolaciones de la vida debemos mantener la expectativa de la muerte y
el temor del pecado. Debemos reconocer la bondad de Dios al hacer sano y alimenticia nuestra comida: Yo
soy el Señor que sana. —Eliseo también hizo que un poco de comida fuera mucho. Habiendo recibido de
gracia, dio de gracia. Dios ha prometido a su iglesia que bendecirá abundantemente la provisión de ella y
satisfará con pan a sus pobres, Salmo cxxxii, 15; Él llena a quien alimenta; y lo que bendice se vuelve
mucho. La alimentación que hizo Cristo de quienes le escuchaban fue un milagro mucho mayor que éste,
pero ambos nos enseñan que quienes esperan en Dios en la senda del deber, pueden esperar que la
Providencia Divina les provea.
CAPÍTULO V
Versículos 1—8. La lepra de Naamán. 9—14. La cura de la lepra. 15—19. Eliseo rechaza los regalos de
Naamán. 20—27. La codicia y falsedad de Giezi.
Vv. 1—8. Aunque los sirios eran idólatras que oprimían al pueblo de Dios, aquí se atribuye al Señor la
liberación de la cual Naamán fue el medio. Tal es lenguaje correcto de la Escritura, mientras los que
escriben la historia corriente demuestran claramente que Dios no está en sus pensamientos. —La grandeza
y el honor de un hombre no lo pueden poner fuera del alcance de las calamidades más penosas de la vida
humana: hay más de un cuerpo loco y enfermo bajo un ropaje rico y alegre. Todo hombre tiene uno que otro
pero, algo que le mancha y rebaja, una impureza en su grandeza, un empañamiento de su gozo. —Esta
muchachita, aunque sólo una niña, pudo dar cuenta del famoso profeta que los israelitas tenían. Se debiera
enseñar a los niños a temprana edad acerca de las prodigiosas obras de Dios para que, dondequiera vayan,
puedan hablar de ellas. Como corresponde a un buen siervo, ella deseaba la salud y bienestar de su amo,
aunque era una cautiva, una sierva a la fuerza; mucho más debieran los siervos por opción procurar el bien
de su amo. Los siervos pueden ser bendición para las familias donde están, diciendo lo que saben de la
gloria de Dios y la honra de sus profetas. Naamán no despreció por la bajeza de ella lo que dijo. Bueno
sería si los hombres fueran tan sensibles a la carga del pecado como lo son a las enfermedades del cuerpo.
Y cuando andan buscando las bendiciones que el Señor envía respondiendo a las oraciones de su pueblo
fiel, ellos hallarán que nada se puede recibir salvo que vayan como mendigos en busca de un regalo, no
como señores a exigir o a comprar.
Vv. 9—14. Eliseo sabía que Naamán era orgulloso y le haría saber que ante el gran Dios todos los
hombres están al mismo nivel. Todos los mandamientos de Dios enjuician a los espíritus de los hombres,
especialmente los que instruyen al pecador sobre cómo solicitar las bendiciones de la salvación. Véase la
necedad del orgullo en Naamán; una cura no le contentaría, a menos que fuera curado con pompa y
ostentación. Rechaza su curación a menos que se le complazca. —La manera en que el pecador es
recibido y hecho santo, por medio de la sangre y por el Espíritu de Cristo, por la sola fe en su Nombre, no da
el gusto ni se esfuerza como para complacer al corazón del pecador. La sabiduría humana piensa que
puede proporcionar métodos mejores y más sabios para la purificación. —Observe que los amos debieran
estar dispuestos a oír razones. Como debiéramos estar sordos al consejo del impío, aunque sea dado por
nombres grandes y respetados, así debemos tener abiertos los oídos al buen consejo, aunque sea traído
por los que están debajo de nosotros. —¿No harías cualquier cosa tú? Cuando los pecadores enfermos se
contentan con hacer cualquier cosa, someterse a cualquier cosa, dejar cualquier cosa, por su curación,
entonces, y no antes, hay esperanza para ellos. Los métodos para la curación de la lepra del pecado son
tan sencillos que no tenemos excusa si no los notamos. No es más que, cree y serás salvo; arrepiéntete y
serás perdonado; lávate y serás limpio. El creyente pide la salvación sin descuidar, alterar ni agregar a las
instrucciones del Salvador; de este modo es limpio de la culpa, mientras otros que las rechazan, viven y
mueren en la lepra del pecado.
Vv. 15—19.
La misericordia de la cura afectó a Naamán más que el milagro. Los que experimentan por
sí mismos el poder de la gracia divina son los más capaces para hablar de ello. Él también se muestra
agradecido hacia el profeta Eliseo, que rechazó toda recompensa, no porque creyera que era ilícita, porque
recibió regalos de otros, sino para mostrar a este nuevo convertido que los siervos del Dios de Israel
consideran con santo desprecio las riquezas del mundo. Toda la obra era de Dios y al punto que el profeta
no daba consejo cuando no tenía instrucciones del Señor. No es bueno oponerse drásticamente a los
errores menores que acompañan las primeras convicciones de los hombres; no podemos llevar adelante a
los hombres con mayor rapidez que el Señor que los prepara para recibir la instrucción. En cuanto a
nosotros, si al establecer el pacto con Dios, deseamos reservar algún pecado conocido para seguir
deleitándonos con él, esto es una ruptura de su pacto. Quienes verdaderamente odian el mal, tomarán
conciencia de abstenerse de todas las forma del mal.
Vv. 20—27.
Naamán, sirio, cortesano, soldado, tenía muchos siervos y leemos cuán sabios y buenos
eran. Eliseo, un santo profeta, un hombre de Dios, no tenía sino un siervo que resulta ser un mentiroso
redomado. El amor al dinero, la raíz de todo mal, estaba en el fondo del pecado de Giezi. Pensó imponerse
al profeta, pero pronto vio que el Espíritu de profecía no podía ser engañado y que era vano mentir al
Espíritu Santo. Necedad es atreverse a pecar con esperanzas de guardar el secreto. Cuando te apartas por
cualquier sendero extraviado, ¿no va contigo tu conciencia? ¿El ojo de Dios no va contigo? El que encubre
su pecado no prosperará; particularmente la lengua mentirosa durará sólo un instante. Todas las
esperanzas e invenciones necias de la carnal mundanalidad están abiertas ante Dios. No es el momento de
aumentar nuestra riqueza cuando sólo podemos hacerlo de manera que deshonran a Dios y a la fe, o
perjudican al prójimo. —Giezi fue castigado. Si quería el dinero de Naamán, tendría la enfermedad de éste.
¿De qué le aprovechó a Giezi ganar dos talentos, cuando con ello perdió salud, honra, paz, servicio, y si no
se arrepintió, perdió su alma para siempre? Cuidémonos de la hipocresía y la codicia, y temamos la
maldición de la lepra espiritual que queda en nuestra alma.
CAPÍTULO VI
Versículos 1—7.
Los hijos de los profetas amplían sus habitaciones—El hacha que flota. 8—12. Eliseo
descubre las intenciones de los sirios.
13—23. Los sirios enviados a prender a Eliseo. 24—33. Samaria
sitiada—Hambre—Los reyes mandan matar a Eliseo.
Vv. 1—7.
Hay algo placentero en la conversación de los siervos de Dios que hace que quienes escuchan
olviden el dolor y el cansancio del trabajo. Hasta los hijos de los profetas deben estar dispuestos a trabajar.
Que nadie piense que un empleo honesto es una carga o una desgracia. El trabajo intelectual es tan pesado
y, muy a menudo, más duro que el trabajo manual. —Tenemos que tener cuidado con lo que es prestado,
como si fuera propio, porque debemos hacer como queremos que nos hagan. Este hombre era respetuoso
en cuanto al hacha. Para quienes tienen una mente honesta, la más penosa aflicción de la pobreza no es
tanto su propia necesidad y desgracia como estar incapacitados para pagar las deudas justas. Pero el
Señor cuida a su pueblo en sus pequeñas preocupaciones. La gracia de Dios puede levantar el corazón
pesado como hierro que está hundido en el fango de este mundo, y elevar los afectos naturalmente
terrenales.
Vv. 8—12.
El rey de Israel consideró las advertencias que le dio Eliseo como peligro de parte de los
sirios, pero no oyó las advertencias del peligro de sus pecados. Tales advertencias son poco escuchadas
por la mayoría; quieren salvarse de la muerte, pero no del infierno. Nada que se haga, diga o piense, de
parte de alguien en algún lugar en algún momento está fuera del conocimiento de Dios.
por fuera y temores por dentro. No tenga miedo, con ese temor que tiene tormento y asombro; porque más
son los que están con nosotros, para protegernos, que los que están ellos, para destruirnos. Los ojos de su
cuerpo fueron abiertos y con ellos vio el peligro. Señor, abre los ojos de nuestra fe para ver con ellos tu
mano. Mientras más clara sea la vista que tengamos de la soberanía y del poder del cielo, menos
temeremos los problemas de la tierra. Satanás, el dios de este siglo, ciega los ojos de los hombres y los
engaña para su propia ruina pero, cuando Dios ilumina sus ojos, ellos se ven en medio de sus enemigos,
cautivos de Satanás y ante el peligro del infierno, aunque antes hayan pensado que su condición era buena.
—Cuando Eliseo tuvo a su merced a los sirios, hizo evidente que él estaba bajo la influencia de la bondad
divina como del poder divino. Que no seamos vencidos por el mal sino que venzamos con el bien el mal.
Los sirios vieron que no tenía sentido tratar de atacar a un hombre tan grande y bueno.
Vv. 24—33.
Aprended a valorar la abundancia y agradecedla; ved cuán despreciable es el dinero
cuando en tiempo de hambre se abandona con tanta facilidad, ¡por cualquier cosa que sea comestible! El
lenguaje de Joram a la mujer puede ser el lenguaje de la desesperación. Véase cumplida la palabra de
Dios; entre las amenazas de los juicios de Dios sobre Israel por sus pecados, este era uno, que ellos
comerían la carne de sus propios hijos, Deuteronomio xxviii, 53–57. La verdad y la aterradora justicia de
Dios fueron demostradas en esta horrible transacción. ¡He ahí, qué desgracias ha acarreado el pecado al
mundo! Pero la necedad del hombre tuerce su camino y, entonces, su corazón se inquieta contra el Señor.
—El rey jura matar a Eliseo. Los hombres malos culpan a cualquiera como causa de sus problemas más
que a sí mismos y no dejan sus pecados. Si sirviera rasgarse las vestiduras sin tener el corazón contrito y
quebrado, si sirviera vestir de saco sin ser renovado en el espíritu de su mente, ellos no se opondrían al
Señor. Que toda la palabra de Dios aumente en nosotros el temor reverente y la esperanza santa, para que
podamos ser firmes y constantes, creciendo en la obra del Señor siempre, sabiendo que nuestro trabajo en
el Señor no es en vano.
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