lunes, marzo 4

COMENTARIO DE 2 REYES CAPITULOS 19,20,21, Y 22

CAPÍTULO XIX



Versículos 1—7.

Ezequías recibe una respuesta de paz. 8—19. La carta de Senaquerib. 20—34. Anuncio de

su caída.

35—37. Destrucción del ejército asirio—Muerte de Senaquerib.

Vv. 1—7.


Ezequías mostró una preocupación profunda por la deshonra de Dios en la blasfemia del
Rabsaces. Debemos desear particularmente que quienes nos hablen

a nosotros de parte de Dios, le hablen
a Dios

por nosotros. El gran Profeta es el gran Intercesor. Los que probablemente prevalezcan ante Dios
son los que elevan sus corazones en oración. —La condición extrema del hombre es la oportunidad de
Dios. Aunque sus siervos nada puedan decir, sino terror contra el profano, el orgulloso y el hipócrita, tienen
palabras de consuelo para el creyente desanimado.
Vv. 8—19.


La oración es el recurso infalible del cristiano tentado, sea que luche con dificultades
externas o enemigos internos. Ante el trono de la gracia de su Amigo Omnipotente abre su corazón,
presenta su caso, como Ezequías, y apela. Cuando puede discernir que la gloria de Dios está comprometida
de su lado, la fe gana la victoria, y él se regocija, porque no será conmovido. Las mejores peticiones en
oración se aferran del honor de Dios.
Vv. 20—34.


Todos los movimientos de Senaquerib eran conocidos por Dios. El mismo Dios emprende la
defensa de la ciudad; y la persona, el lugar, que Él se propone proteger no puede sino estar a salvo. —
Probablemente la invasión de los asirios había impedido, que ese año se sembrara la tierra. Se suponía que
el año siguiente sería de reposo, pero el Señor hizo que la producción de la tierra fuera suficiente para
sostenerlos durante los dos años. Como el cumplimiento de esta promesa iba a realizarse después de la
destrucción del ejército de Senaquerib, fue señal para la fe de Ezequías, asegurándole esa liberación
presente, como anticipo del futuro cuidado del Señor por el reino de Judá. El Señor haría esto no por la
justicia de ellos, sino por su propia gloria. Que nuestros corazones sean un suelo bueno para que su
Palabra eche raíces y dé fruto en nuestra vida.
Vv. 35—37.


La noche siguiente al envío de este mensaje a Ezequías, fue destruido el cuerpo principal
del ejército de ellos. Nótese cuán débiles son los hombres más fuertes ante el Dios Todopoderoso. ¿Quién
se endureció alguna vez contra Él y prosperó? —Los propios hijos del rey de Asiria fueron sus asesinos. Los
que tengan hijos no dispuestos a obedecer y servir, deben considerar si ellos no habrán sido así con su
Padre celestial. Esta historia enseña una prueba fuerte de lo buena que es la fe y la firme confianza en Dios.
Él aflige pero no desampara a su pueblo. Bueno es que nuestros problemas nos pongan de rodillas, pero
¿no recrimina eso nuestra incredulidad? ¡Cuán poco dispuestos estamos a descansar en la declaración de
Jehová! ¡Cuán deseosos de saber cómo nos salvará! ¡Cuán impacientes cuando tarda el socorro! Pero
debemos esperar el cumplimiento de su Palabra. Señor, ayuda a nuestra incredulidad.
CAPÍTULO XX
Versículos 1—11.

La enfermedad de Ezequías—Su recuperación como respuesta a la oración. 12—21.
Ezequías muestra sus tesoros a los embajadores de Babilonia—Su muerte.
Vv. 1—11.


Ezequías se enfermó mortalmente el mismo año que el rey de Asiria sitió a Jerusalén. Isaías
llevó a Ezequías el aviso de prepararse para morir. La oración es uno de los mejores preparativos para
morir, porque con ella tomamos la fuerza y el valor de Dios que nos capacita para terminar bien. Él lloró
amargamente: de esto algunos entienden que no quería morir; en la naturaleza del hombre está temer la
separación del alma y el cuerpo. También hubo algo peculiar en el caso de Ezequías; él estaba ahora en
medio de su servicio. Que la oración de Ezequías, ver Isaías xxxviii, interprete sus lágrimas; en ella nada
hay de que era presa servil o lo atormentaba la idea de la muerte. —La piedad de Ezequías le facilitó estar
en su lecho de muerte. “Oh Jehová, te ruego que hagas memoria”; no habla como si Dios necesitara que le
recordásemos algo; tampoco como si la recompensa pudiera reclamarse por deuda; es solo la justicia de
Cristo la que compra la misericordia y la gracia. Ezequías no ora, Señor sálvame, sino, Señor recuérdame;
sea que viva o muera, déjame ser tuyo. Dios siempre oye las oraciones del quebrantado de corazón y dará
salud, largura de días y liberaciones temporales en tanto y en cuanto sea verdaderamente bueno para ellos.
—Se usaron medios para la recuperación de Ezequías, pero considerando el nivel a que había llegado la
enfermedad, y cuán súbitamente fue detenida, la cura fue milagrosa. Cuando estemos enfermos, debemos
usar tales medios que sean adecuados para ayudar a la naturaleza, de lo contrario no confiamos en Dios;
más bien lo tentamos. —Para confirmar su fe, en forma milagrosa, la sombra del sol retrocedió y hubo luz
por más tiempo de lo acostumbrado. Esta obra prodigiosa muestra el poder de Dios en el cielo y en la tierra,
la gran manera en que Él oye la oración y el gran favor que concede a sus elegidos.
Vv. 12—21.


En esta época el rey de Babilonia era independiente del rey de Asiria, aunque poco
después fue sometido por éste. Ezequías mostró sus tesoros, su arsenal y otras pruebas de su riqueza y
poderío. Esto fue efecto del orgullo y la ostentación, y un apartarse de la sencilla confianza en Dios.
También parece que perdió la oportunidad de hablar a los caldeos sobre Aquel que había hecho los milagros

que atrajeron la atención de ellos, y de señalarles lo absurdo y malo de la idolatría. —¿Qué es más corriente

que mostrar nuestras casas y cosas a nuestros amigos? Pero si hacemos esto con orgullo en nuestro

corazón para obtener aplausos de los hombres, sin alabar a Dios, se vuelve pecado en nosotros, como pasó

con Ezequías. Podemos esperar irritación de cada objeto con el cual estemos indebidamente complacidos.

—Isaías que, a menudo, había sido el consolador de Ezequías, ahora es quien lo reprende. El bendito

Espíritu es ambas cosas, Juan xvi, 7, 8. Los ministros deben ser ambas cosas cuando haya ocasión. —

Ezequías reconoció la justicia de la sentencia, y la bondad de Dios en la prórroga. Pero el futuro de su

familia y su nación debe de haberle causado muchos sentimientos dolorosos. Ezequías indudablemente fue

humillado por el orgullo de su corazón. Bienaventurados los muertos que mueren en el Señor, descansarán

de sus trabajos, porque sus obras con ellos siguen.


CAPÍTULO XXI



Versículos 1—9.

Mal reinado de Manasés. 10—18. La acusación profética contra Judá. 19—26. Mal reinado

de Amón y su muerte.



Vv. 1—9.


Los jóvenes por lo general desean llegar a ser sus propios amos, y tener temprana posesión de

riquezas y poder. Pero eso, en gran medida, arruina su consuelo futuro y causa daño a los demás. Mucho

más feliz es que la gente joven esté bajo el cuidado de padres o tutores hasta que la edad les dé

experiencia y discreción. Aunque tales jóvenes tienen menos libertades, después estarán agradecidos.

Manasés hizo mucho mal ante los ojos del Señor, como si tuviera el propósito de provocarlo a ira; hizo más

mal que las naciones que el Señor había destruido. Manasés anduvo de mal en peor hasta que fue llevado

cautivo a Babilonia. La gente estaba dispuesta a cumplir sus deseos, para obtener su favor y porque era

conveniente para las inclinaciones depravadas de ellos. En cuanto a la reforma de grandes cuerpos, las

mayorías simplemente son servidores temporales, y caen ante la tentación.


Vv. 10—18.


Aquí está la sentencia sobre Judá y Jerusalén. Las palabras que se usan representan a la

ciudad vacía y completamente desolada, pero no por ello destruida, sino limpiada para guardarla como

morada futura de los judíos: abandonada, pero no finalmente y sólo en cuanto a los privilegios externos,

pues los creyentes individuales fueron preservados de ese castigo. El Señor expulsará a todo profesante

que le deshonre con sus crímenes, pero nunca abandonará su causa en la tierra. —En el libro de las

Crónicas leemos que Manasés se arrepintió y Dios lo aceptó; de esa manera, podríamos aprender a no

desesperar de la recuperación de los más grandes pecadores. Pero que nadie se atreva a seguir pecando

por suponer que puede arrepentirse y reformarse cuando le plazca. Hay unos pocos casos de la conversión

de pecadores notorios, para que nadie se desespere, y son pocos para que nadie presuma.


Vv. 19—26.


Amón profanó la casa de Dios con sus ídolos; y Dios soportó que su casa fuera

contaminada con esa sangre. Por más injustos que fueran los que hicieron eso, Dios fue justo al soportar

que lo hicieran. Ahora fue un cambio feliz que uno de los peores reyes de Judá pasara a ser uno de los

mejores. Una vez más Judá fue probado con una reforma. Sea que el Señor soporte por mucho tiempo a los

ofensores presuntuosos o que los elimine prontamente en sus pecados, deben perecer todos los que

insistan en negarse a andar en sus caminos.


CAPÍTULO XXII



Versículos 1—10.

Buen reinado de Josías—Su preocupación por reparar el templo—Hallazgo del libro de la

ley.


11—20. Josías consulta a la profetisa Hulda.

Vv. 1—10.


La temprana sucesión de Josías, que fue un hecho diferente de la de Manasés, debe atribuirse a

la gracia distintiva de Dios; pero, probablemente, las personas que lo formaron fueron instrumentos para

producir la diferencia. Su carácter fue excelente. Si el pueblo se hubiera unido de todo corazón a la reforma,

como él perseveró en ella, hubiera tenido benditos efectos. Pero eran malos y neciamente se dedicaron a la

idolatría. No tenemos el pleno conocimiento del estado de Judá en los relatos históricos, a menos que nos

refiramos a los escritos de los profetas de la época. —Mientras reparaban el templo se halló el libro de la ley

y lo llevaron al rey. Parece que el libro de la ley estaba perdido y faltaba; negligentemente guardado y

olvidado, como algunos tiran sus Biblias en un rincón, o escondido malignamente por algunos de los

idólatras. El cuidado de Dios con la Biblia demuestra claramente su interés por ella. Fuera esta o no, la

única copia existente, su contenido eran nuevo para el rey y para el sumo sacerdote. Los resúmenes, los

extractos, ni las recopilaciones de la Biblia pueden transmitir y preservar el conocimiento de Dios y de su

voluntad como la Biblia misma. No era sorprendente que el pueblo estuviera tan corrupto cuando el libro de

la ley era tan escaso; los que los corrompieron usaron indudablemente malas artes para quitar ese libro de

las manos de ellos. La abundancia actual de Biblias agrava nuestro pecado nacional, porque, ¿qué mayor

desprecio de Dios podemos mostrar si nos negamos a leer su Palabra cuando la ponen en nuestras manos

o, si la leemos, nos negamos a creerla y a obedecerla? El conocimiento del pecado es por la santa ley, y el

conocimiento de la salvación es por el bendito evangelio. Cuando se entiende el primero en su estrictez y

excelencia, el pecador empieza a preguntar, ¿qué debo hacer para ser salvo? Y los ministros del evangelio

le señalan a Jesucristo, como el fin de la ley para justicia de todo el que cree.


Vv. 11—20.


Se lee el libro de la ley delante del rey. Los que mejor honran sus Biblias son los que la

estudian; los que se alimentan diariamente de ese pan y andan por su luz. —La convicción de pecado y la

ira debieran provocar esta pregunta: ¿qué debo hacer para ser salvo? Además, qué podemos esperar y qué

provisiones tomar. Quienes tienen verdadera comprensión del peso de la ira de Dios, no pueden sino estar

muy ansioso por saber cómo pueden ser salvos. —Hulda hizo saber a Josías cuáles eran los juicios que

Dios tenía reservados contra Judá y Jerusalén. La generalidad del pueblo estaba endurecido y sus

corazones sin humillar, pero el corazón de Josías era tierno. Esta es ternura de corazón y, así, se humilló

delante del Señor. Quienes más temen la ira de Dios son los que menos probablemente la sientan. —

Aunque Josías fue mortalmente herido en combate, murió no obstante en paz con Dios y fue a la gloria. No

importa lo que tales personas sufran o experimenten, son llevados a la tumba en paz, y entrarán en el

reposo que hay para el pueblo de DioS.


EL LIBRO 2 DE REYES CAPITULOS 19,20, 21, Y 22

2da. de Reyes

Capítulo 19

19:1 Cuando el rey Ezequías lo oyó, rasgó sus vestidos y se cubrió de cilicio, y entró en la casa de Jehová.
19:2 Y envió a Eliaquim mayordomo, a Sebna escriba y a los ancianos de los sacerdotes, cubiertos de cilicio, al profeta Isaías hijo de Amoz,
19:3 para que le dijesen: Así ha dicho Ezequías: Este día es día de angustia, de reprensión y de blasfemia; porque los hijos están a punto de nacer, y la que da a luz no tiene fuerzas.
19:4 Quizá oirá Jehová tu Dios todas las palabras del Rabsaces, a quien el rey de los asirios su señor ha enviado para blasfemar al Dios viviente, y para vituperar con palabras, las cuales Jehová tu Dios ha oído; por tanto, eleva oración por el remanente que aún queda.
19:5 Vinieron, pues, los siervos del rey Ezequías a Isaías.
19:6 E Isaías les respondió: Así diréis a vuestro señor: Así ha dicho Jehová: No temas por las palabras que has oído, con las cuales me han blasfemado los siervos del rey de Asiria.
19:7 He aquí pondré yo en él un espíritu, y oirá rumor, y volverá a su tierra; y haré que en su tierra caiga a espada.
19:8 Y regresando el Rabsaces, halló al rey de Asiria combatiendo contra Libna; porque oyó que se había ido de Laquis.
19:9 Y oyó decir que Tirhaca rey de Etiopía había salido para hacerle guerra. Entonces volvió él y envió embajadores a Ezequías, diciendo:
19:10 Así diréis a Ezequías rey de Judá: No te engañe tu Dios en quien tú confías, para decir: Jerusalén no será entregada en mano del rey de Asiria.
19:11 He aquí tú has oído lo que han hecho los reyes de Asiria a todas las tierras, destruyéndolas; ¿y escaparás tú?
19:12 ¿Acaso libraron sus dioses a las naciones que mis padres destruyeron, esto es, Gozán, Harán, Resef, y los hijos de Edén que estaban en Telasar?
19:13 ¿Dónde está el rey de Hamat, el rey de Arfad, y el rey de la ciudad de Sefarvaim, de Hena y de Iva?
19:14 Y tomó Ezequías las cartas de mano de los embajadores; y después que las hubo leído, subió a la casa de Jehová, y las extendió Ezequías delante de Jehová.
19:15 Y oró Ezequías delante de Jehová, diciendo: Jehová Dios de Israel, que moras entre los querubines, sólo tú eres Dios de todos los reinos de la tierra; tú hiciste el cielo y la tierra.
19:16 Inclina, oh Jehová, tu oído, y oye; abre, oh Jehová, tus ojos, y mira; y oye las palabras de Senaquerib, que ha enviado a blasfemar al Dios viviente.
19:17 Es verdad, oh Jehová, que los reyes de Asiria han destruido las naciones y sus tierras;
19:18 y que echaron al fuego a sus dioses, por cuanto ellos no eran dioses, sino obra de manos de hombres, madera o piedra, y por eso los destruyeron.
19:19 Ahora, pues, oh Jehová Dios nuestro, sálvanos, te ruego, de su mano, para que sepan todos los reinos de la tierra que sólo tú, Jehová, eres Dios.
19:20 Entonces Isaías hijo de Amoz envió a decir a Ezequías: Así ha dicho Jehová, Dios de Israel: Lo que me pediste acerca de Senaquerib rey de Asiria, he oído.
19:21 Esta es la palabra que Jehová ha pronunciado acerca de él: La virgen hija de Sion te menosprecia, te escarnece; detrás de ti mueve su cabeza la hija de Jerusalén.
19:22 ¿A quién has vituperado y blasfemado? ¿y contra quién has alzado la voz, y levantado en alto tus ojos? Contra el Santo de Israel.
19:23 Por mano de tus mensajeros has vituperado a Jehová, y has dicho: Con la multitud de mis carros he subido a las alturas de los montes, a lo más inaccesible del Líbano; cortaré sus altos cedros, sus cipreses más escogidos; me alojaré en sus más remotos lugares, en el bosque de sus feraces campos.
19:24 Yo he cavado y bebido las aguas extrañas, he secado con las plantas de mis pies todos los ríos de Egipto.
19:25 ¿Nunca has oído que desde tiempos antiguos yo lo hice, y que desde los días de la antigüedad lo tengo ideado? Y ahora lo he hecho venir, y tú serás para hacer desolaciones, para reducir las ciudades fortificadas a montones de escombros.
19:26 Sus moradores fueron de corto poder; fueron acobardados y confundidos; vinieron a ser como la hierba del campo, y como hortaliza verde, como heno de los terrados, marchitado antes de su madurez.
19:27 He conocido tu situación, tu salida y tu entrada, y tu furor contra mí.
19:28 Por cuanto te has airado contra mí, por cuanto tu arrogancia ha subido a mis oídos, yo pondré mi garfio en tu nariz, y mi freno en tus labios, y te haré volver por el camino por donde viniste.
19:29 Y esto te daré por señal, oh Ezequías: Este año comeréis lo que nacerá de suyo, y el segundo año lo que nacerá de suyo; y el tercer año sembraréis, y segaréis, y plantaréis viñas, y comeréis el fruto de ellas.
19:30 Y lo que hubiere escapado, lo que hubiere quedado de la casa de Judá, volverá a echar raíces abajo, y llevará fruto arriba.
19:31 Porque saldrá de Jerusalén remanente, y del monte de Sion los que se salven. El celo de Jehová de los ejércitos hará esto.
19:32 Por tanto, así dice Jehová acerca del rey de Asiria: No entrará en esta ciudad, ni echará saeta en ella; ni vendrá delante de ella con escudo, ni levantará contra ella baluarte.
19:33 Por el mismo camino que vino, volverá, y no entrará en esta ciudad, dice Jehová.
19:34 Porque yo ampararé esta ciudad para salvarla, por amor a mí mismo, y por amor a David mi siervo.
19:35 Y aconteció que aquella misma noche salió el ángel de Jehová, y mató en el campamento de los asirios a ciento ochenta y cinco mil; y cuando se levantaron por la mañana, he aquí que todo era cuerpos de muertos.
19:36 Entonces Senaquerib rey de Asiria se fue, y volvió a Nínive, donde se quedó.
19:37 Y aconteció que mientras él adoraba en el templo de Nisroc su dios, Adramelec y Sarezer sus hijos lo hirieron a espada, y huyeron a tierra de Ararat. Y reinó en su lugar Esarhadón su hijo.



Capítulo 20

20:1 En aquellos días Ezequías cayó enfermo de muerte. Y vino a él el profeta Isaías hijo de Amoz, y le dijo: Jehová dice así: Ordena tu casa, porque morirás, y no vivirás.
20:2 Entonces él volvió su rostro a la pared, y oró a Jehová y dijo:
20:3 Te ruego, oh Jehová, te ruego que hagas memoria de que he andado delante de ti en verdad y con íntegro corazón, y que he hecho las cosas que te agradan. Y lloró Ezequías con gran lloro.
20:4 Y antes que Isaías saliese hasta la mitad del patio, vino palabra de Jehová a Isaías, diciendo:
20:5 Vuelve, y di a Ezequías, príncipe de mi pueblo: Así dice Jehová, el Dios de David tu padre: Yo he oído tu oración, y he visto tus lágrimas; he aquí que yo te sano; al tercer día subirás a la casa de Jehová.
20:6 Y añadiré a tus días quince años, y te libraré a ti y a esta ciudad de mano del rey de Asiria; y ampararé esta ciudad por amor a mí mismo, y por amor a David mi siervo.
20:7 Y dijo Isaías: Tomad masa de higos. Y tomándola, la pusieron sobre la llaga, y sanó.
20:8 Y Ezequías había dicho a Isaías: ¿Qué señal tendré de que Jehová me sanará, y que subiré a la casa de Jehová al tercer día?
20:9 Respondió Isaías: Esta señal tendrás de Jehová, de que hará Jehová esto que ha dicho: ¿Avanzará la sombra diez grados, o retrocederá diez grados?
20:10 Y Ezequías respondió: Fácil cosa es que la sombra decline diez grados; pero no que la sombra vuelva atrás diez grados.
20:11 Entonces el profeta Isaías clamó a Jehová; e hizo volver la sombra por los grados que había descendido en el reloj de Acaz, diez grados atrás.
20:12 En aquel tiempo Merodac-baladán hijo de Baladán, rey de Babilonia, envió mensajeros con cartas y presentes a Ezequías, porque había oído que Ezequías había caído enfermo.
20:13 Y Ezequías los oyó, y les mostró toda la casa de sus tesoros, plata, oro, y especias, y ungüentos preciosos, y la casa de sus armas, y todo lo que había en sus tesoros; ninguna cosa quedó que Ezequías no les mostrase, así en su casa como en todos sus dominios.
20:14 Entonces el profeta Isaías vino al rey Ezequías, y le dijo: ¿Qué dijeron aquellos varones, y de dónde vinieron a ti? Y Ezequías le respondió: De lejanas tierras han venido, de Babilonia.
20:15 Y él le volvió a decir: ¿Qué vieron en tu casa? Y Ezequías respondió: Vieron todo lo que había en mi casa; nada quedó en mis tesoros que no les mostrase.
20:16 Entonces Isaías dijo a Ezequías: Oye palabra de Jehová:
20:17 He aquí vienen días en que todo lo que está en tu casa, y todo lo que tus padres han atesorado hasta hoy, será llevado a Babilonia, sin quedar nada, dijo Jehová.
20:18 Y de tus hijos que saldrán de ti, que habrás engendrado, tomarán, y serán eunucos en el palacio del rey de Babilonia.
20:19 Entonces Ezequías dijo a Isaías: La palabra de Jehová que has hablado, es buena. Después dijo: Habrá al menos paz y seguridad en mis días.
20:20 Los demás hechos de Ezequías, y todo su poderío, y cómo hizo el estanque y el conducto, y metió las aguas en la ciudad, ¿no está escrito en el libro de las crónicas de los reyes de Judá?
20:21 Y durmió Ezequías con sus padres, y reinó en su lugar Manasés su hijo.



Capítulo 21

21:1 De doce años era Manasés cuando comenzó a reinar, y reinó en Jerusalén cincuenta y cinco años; el nombre de su madre fue Hepsiba.
21:2 E hizo lo malo ante los ojos de Jehová, según las abominaciones de las naciones que Jehová había echado de delante de los hijos de Israel.
21:3 Porque volvió a edificar los lugares altos que Ezequías su padre había derribado, y levantó altares a Baal, e hizo una imagen de Asera, como había hecho Acab rey de Israel; y adoró a todo el ejército de los cielos, y rindió culto a aquellas cosas.
21:4 Asimismo edificó altares en la casa de Jehová, de la cual Jehová había dicho: Yo pondré mi nombre en Jerusalén.
21:5 Y edificó altares para todo el ejército de los cielos en los dos atrios de la casa de Jehová.
21:6 Y pasó a su hijo por fuego, y se dio a observar los tiempos, y fue agorero, e instituyó encantadores y adivinos, multiplicando así el hacer lo malo ante los ojos de Jehová, para provocarlo a ira.
21:7 Y puso una imagen de Asera que él había hecho, en la casa de la cual Jehová había dicho a David y a Salomón su hijo: Yo pondré mi nombre para siempre en esta casa, y en Jerusalén, a la cual escogí de todas las tribus de Israel;
21:8 y no volveré a hacer que el pie de Israel sea movido de la tierra que di a sus padres, con tal que guarden y hagan conforme a todas las cosas que yo les he mandado, y conforme a toda la ley que mi siervo Moisés les mandó.
21:9 Mas ellos no escucharon; y Manasés los indujo a que hiciesen más mal que las naciones que Jehová destruyó delante de los hijos de Israel.
21:10 Habló, pues, Jehová por medio de sus siervos los profetas, diciendo:
21:11 Por cuanto Manasés rey de Judá ha hecho estas abominaciones, y ha hecho más mal que todo lo que hicieron los amorreos que fueron antes de él, y también ha hecho pecar a Judá con sus ídolos;
21:12 por tanto, así ha dicho Jehová el Dios de Israel: He aquí yo traigo tal mal sobre Jerusalén y sobre Judá, que al que lo oyere le retiñirán ambos oídos.
21:13 Y extenderé sobre Jerusalén el cordel de Samaria y la plomada de la casa de Acab; y limpiaré a Jerusalén como se limpia un plato, que se friega y se vuelve boca abajo.
21:14 Y desampararé el resto de mi heredad, y lo entregaré en manos de sus enemigos; y serán para presa y despojo de todos sus adversarios;
21:15 por cuanto han hecho lo malo ante mis ojos, y me han provocado a ira, desde el día que sus padres salieron de Egipto hasta hoy.
21:16 Fuera de esto, derramó Manasés mucha sangre inocente en gran manera, hasta llenar a Jerusalén de extremo a extremo; además de su pecado con que hizo pecar a Judá, para que hiciese lo malo ante los ojos de Jehová.
21:17 Los demás hechos de Manasés, y todo lo que hizo, y el pecado que cometió, ¿no está todo escrito en el libro de las crónicas de los reyes de Judá?
21:18 Y durmió Manasés con sus padres, y fue sepultado en el huerto de su casa, en el huerto de Uza, y reinó en su lugar Amón su hijo.
21:19 De veintidós años era Amón cuando comenzó a reinar, y reinó dos años en Jerusalén. El nombre de su madre fue Mesulemet hija de Haruz, de Jotba.
21:20 E hizo lo malo ante los ojos de Jehová, como había hecho Manasés su padre.
21:21 Y anduvo en todos los caminos en que su padre anduvo, y sirvió a los ídolos a los cuales había servido su padre, y los adoró;
21:22 y dejó a Jehová el Dios de sus padres, y no anduvo en el camino de Jehová.
21:23 Y los siervos de Amón conspiraron contra él, y mataron al rey en su casa.
21:24 Entonces el pueblo de la tierra mató a todos los que habían conspirado contra el rey Amón; y puso el pueblo de la tierra por rey en su lugar a Josías su hijo.
21:25 Los demás hechos de Amón, ¿no están todos escritos en el libro de las crónicas de los reyes de Judá?
21:26 Y fue sepultado en su sepulcro en el huerto de Uza, y reinó en su lugar Josías su hijo.




Capítulo 22

22:1 Cuando Josías comenzó a reinar era de ocho años, y reinó en Jerusalén treinta y un años. El nombre de su madre fue Jedida hija de Adaía, de Boscat.
22:2 E hizo lo recto ante los ojos de Jehová, y anduvo en todo el camino de David su padre, sin apartarse a derecha ni a izquierda.
22:3 A los dieciocho años del rey Josías, envió el rey a Safán hijo de Azalía, hijo de Mesulam, escriba, a la casa de Jehová, diciendo:
22:4 Ve al sumo sacerdote Hilcías, y dile que recoja el dinero que han traído a la casa de Jehová, que han recogido del pueblo los guardianes de la puerta,
22:5 y que lo pongan en manos de los que hacen la obra, que tienen a su cargo el arreglo de la casa de Jehová, y que lo entreguen a los que hacen la obra de la casa de Jehová, para reparar las grietas de la casa;
22:6 a los carpinteros, maestros y albañiles, para comprar madera y piedra de cantería para reparar la casa;
22:7 y que no se les tome cuenta del dinero cuyo manejo se les confiare, porque ellos proceden con honradez.
22:8 Entonces dijo el sumo sacerdote Hilcías al escriba Safán: He hallado el libro de la ley en la casa de Jehová. E Hilcías dio el libro a Safán, y lo leyó.
22:9 Viniendo luego el escriba Safán al rey, dio cuenta al rey y dijo: Tus siervos han recogido el dinero que se halló en el templo, y lo han entregado en poder de los que hacen la obra, que tienen a su cargo el arreglo de la casa de Jehová.
22:10 Asimismo el escriba Safán declaró al rey, diciendo: El sacerdote Hilcías me ha dado un libro. Y lo leyó Safán delante del rey.
22:11 Y cuando el rey hubo oído las palabras del libro de la ley, rasgó sus vestidos.
22:12 Luego el rey dio orden al sacerdote Hilcías, a Ahicam hijo de Safán, a Acbor hijo de Micaías, al escriba Safán y a Asaías siervo del rey, diciendo:
22:13 Id y preguntad a Jehová por mí, y por el pueblo, y por todo Judá, acerca de las palabras de este libro que se ha hallado; porque grande es la ira de Jehová que se ha encendido contra nosotros, por cuanto nuestros padres no escucharon las palabras de este libro, para hacer conforme a todo lo que nos fue escrito.
22:14 Entonces fueron el sacerdote Hilcías, y Ahicam, Acbor, Safán y Asaías, a la profetisa Hulda, mujer de Salum hijo de Ticva, hijo de Harhas, guarda de las vestiduras, la cual moraba en Jerusalén en la segunda parte de la ciudad, y hablaron con ella.
22:15 Y ella les dijo: Así ha dicho Jehová el Dios de Israel: Decid al varón que os envió a mí:
22:16 Así dijo Jehová: He aquí yo traigo sobre este lugar, y sobre los que en él moran, todo el mal de que habla este libro que ha leído el rey de Judá;
22:17 por cuanto me dejaron a mí, y quemaron incienso a dioses ajenos, provocándome a ira con toda la obra de sus manos; mi ira se ha encendido contra este lugar, y no se apagará.
22:18 Mas al rey de Judá que os ha enviado para que preguntaseis a Jehová, diréis así: Así ha dicho Jehová el Dios de Israel: Por cuanto oíste las palabras del libro,
22:19 y tu corazón se enterneció, y te humillaste delante de Jehová, cuando oíste lo que yo he pronunciado contra este lugar y contra sus moradores, que vendrán a ser asolados y malditos, y rasgaste tus vestidos, y lloraste en mi presencia, también yo te he oído, dice Jehová.
22:20 Por tanto, he aquí yo te recogeré con tus padres, y serás llevado a tu sepulcro en paz, y no verán tus ojos todo el mal que yo traigo sobre este lugar. Y ellos dieron al rey la respuesta.