CAPÍTULO XIX
Versículos 1—7.
Ezequías recibe una respuesta de paz. 8—19. La carta de Senaquerib. 20—34. Anuncio de
su caída.
35—37. Destrucción del ejército asirio—Muerte de Senaquerib.
Vv. 1—7.
Ezequías mostró una preocupación profunda por la deshonra de Dios en la blasfemia del
Rabsaces. Debemos desear particularmente que quienes nos hablen
a nosotros de parte de Dios, le hablen
a Dios
por nosotros. El gran Profeta es el gran Intercesor. Los que probablemente prevalezcan ante Dios
son los que elevan sus corazones en oración. —La condición extrema del hombre es la oportunidad de
Dios. Aunque sus siervos nada puedan decir, sino terror contra el profano, el orgulloso y el hipócrita, tienen
palabras de consuelo para el creyente desanimado.
Vv. 8—19.
La oración es el recurso infalible del cristiano tentado, sea que luche con dificultades
externas o enemigos internos. Ante el trono de la gracia de su Amigo Omnipotente abre su corazón,
presenta su caso, como Ezequías, y apela. Cuando puede discernir que la gloria de Dios está comprometida
de su lado, la fe gana la victoria, y él se regocija, porque no será conmovido. Las mejores peticiones en
oración se aferran del honor de Dios.
Vv. 20—34.
Todos los movimientos de Senaquerib eran conocidos por Dios. El mismo Dios emprende la
defensa de la ciudad; y la persona, el lugar, que Él se propone proteger no puede sino estar a salvo. —
Probablemente la invasión de los asirios había impedido, que ese año se sembrara la tierra. Se suponía que
el año siguiente sería de reposo, pero el Señor hizo que la producción de la tierra fuera suficiente para
sostenerlos durante los dos años. Como el cumplimiento de esta promesa iba a realizarse después de la
destrucción del ejército de Senaquerib, fue señal para la fe de Ezequías, asegurándole esa liberación
presente, como anticipo del futuro cuidado del Señor por el reino de Judá. El Señor haría esto no por la
justicia de ellos, sino por su propia gloria. Que nuestros corazones sean un suelo bueno para que su
Palabra eche raíces y dé fruto en nuestra vida.
Vv. 35—37.
La noche siguiente al envío de este mensaje a Ezequías, fue destruido el cuerpo principal
del ejército de ellos. Nótese cuán débiles son los hombres más fuertes ante el Dios Todopoderoso. ¿Quién
se endureció alguna vez contra Él y prosperó? —Los propios hijos del rey de Asiria fueron sus asesinos. Los
que tengan hijos no dispuestos a obedecer y servir, deben considerar si ellos no habrán sido así con su
Padre celestial. Esta historia enseña una prueba fuerte de lo buena que es la fe y la firme confianza en Dios.
Él aflige pero no desampara a su pueblo. Bueno es que nuestros problemas nos pongan de rodillas, pero
¿no recrimina eso nuestra incredulidad? ¡Cuán poco dispuestos estamos a descansar en la declaración de
Jehová! ¡Cuán deseosos de saber cómo nos salvará! ¡Cuán impacientes cuando tarda el socorro! Pero
debemos esperar el cumplimiento de su Palabra. Señor, ayuda a nuestra incredulidad.
CAPÍTULO XX
Versículos 1—11.
La enfermedad de Ezequías—Su recuperación como respuesta a la oración. 12—21.
Ezequías muestra sus tesoros a los embajadores de Babilonia—Su muerte.
Vv. 1—11.
Ezequías se enfermó mortalmente el mismo año que el rey de Asiria sitió a Jerusalén. Isaías
llevó a Ezequías el aviso de prepararse para morir. La oración es uno de los mejores preparativos para
morir, porque con ella tomamos la fuerza y el valor de Dios que nos capacita para terminar bien. Él lloró
amargamente: de esto algunos entienden que no quería morir; en la naturaleza del hombre está temer la
separación del alma y el cuerpo. También hubo algo peculiar en el caso de Ezequías; él estaba ahora en
medio de su servicio. Que la oración de Ezequías, ver Isaías xxxviii, interprete sus lágrimas; en ella nada
hay de que era presa servil o lo atormentaba la idea de la muerte. —La piedad de Ezequías le facilitó estar
en su lecho de muerte. “Oh Jehová, te ruego que hagas memoria”; no habla como si Dios necesitara que le
recordásemos algo; tampoco como si la recompensa pudiera reclamarse por deuda; es solo la justicia de
Cristo la que compra la misericordia y la gracia. Ezequías no ora, Señor sálvame, sino, Señor recuérdame;
sea que viva o muera, déjame ser tuyo. Dios siempre oye las oraciones del quebrantado de corazón y dará
salud, largura de días y liberaciones temporales en tanto y en cuanto sea verdaderamente bueno para ellos.
—Se usaron medios para la recuperación de Ezequías, pero considerando el nivel a que había llegado la
enfermedad, y cuán súbitamente fue detenida, la cura fue milagrosa. Cuando estemos enfermos, debemos
usar tales medios que sean adecuados para ayudar a la naturaleza, de lo contrario no confiamos en Dios;
más bien lo tentamos. —Para confirmar su fe, en forma milagrosa, la sombra del sol retrocedió y hubo luz
por más tiempo de lo acostumbrado. Esta obra prodigiosa muestra el poder de Dios en el cielo y en la tierra,
la gran manera en que Él oye la oración y el gran favor que concede a sus elegidos.
Vv. 12—21.
En esta época el rey de Babilonia era independiente del rey de Asiria, aunque poco
después fue sometido por éste. Ezequías mostró sus tesoros, su arsenal y otras pruebas de su riqueza y
poderío. Esto fue efecto del orgullo y la ostentación, y un apartarse de la sencilla confianza en Dios.
También parece que perdió la oportunidad de hablar a los caldeos sobre Aquel que había hecho los milagros
que atrajeron la atención de ellos, y de señalarles lo absurdo y malo de la idolatría. —¿Qué es más corriente
que mostrar nuestras casas y cosas a nuestros amigos? Pero si hacemos esto con orgullo en nuestro
corazón para obtener aplausos de los hombres, sin alabar a Dios, se vuelve pecado en nosotros, como pasó
con Ezequías. Podemos esperar irritación de cada objeto con el cual estemos indebidamente complacidos.
—Isaías que, a menudo, había sido el consolador de Ezequías, ahora es quien lo reprende. El bendito
Espíritu es ambas cosas, Juan xvi, 7, 8. Los ministros deben ser ambas cosas cuando haya ocasión. —
Ezequías reconoció la justicia de la sentencia, y la bondad de Dios en la prórroga. Pero el futuro de su
familia y su nación debe de haberle causado muchos sentimientos dolorosos. Ezequías indudablemente fue
humillado por el orgullo de su corazón. Bienaventurados los muertos que mueren en el Señor, descansarán
de sus trabajos, porque sus obras con ellos siguen.
CAPÍTULO XXI
Versículos 1—9.
Mal reinado de Manasés. 10—18. La acusación profética contra Judá. 19—26. Mal reinado
de Amón y su muerte.
Vv. 1—9.
Los jóvenes por lo general desean llegar a ser sus propios amos, y tener temprana posesión de
riquezas y poder. Pero eso, en gran medida, arruina su consuelo futuro y causa daño a los demás. Mucho
más feliz es que la gente joven esté bajo el cuidado de padres o tutores hasta que la edad les dé
experiencia y discreción. Aunque tales jóvenes tienen menos libertades, después estarán agradecidos.
Manasés hizo mucho mal ante los ojos del Señor, como si tuviera el propósito de provocarlo a ira; hizo más
mal que las naciones que el Señor había destruido. Manasés anduvo de mal en peor hasta que fue llevado
cautivo a Babilonia. La gente estaba dispuesta a cumplir sus deseos, para obtener su favor y porque era
conveniente para las inclinaciones depravadas de ellos. En cuanto a la reforma de grandes cuerpos, las
mayorías simplemente son servidores temporales, y caen ante la tentación.
Vv. 10—18.
Aquí está la sentencia sobre Judá y Jerusalén. Las palabras que se usan representan a la
ciudad vacía y completamente desolada, pero no por ello destruida, sino limpiada para guardarla como
morada futura de los judíos: abandonada, pero no finalmente y sólo en cuanto a los privilegios externos,
pues los creyentes individuales fueron preservados de ese castigo. El Señor expulsará a todo profesante
que le deshonre con sus crímenes, pero nunca abandonará su causa en la tierra. —En el libro de las
Crónicas leemos que Manasés se arrepintió y Dios lo aceptó; de esa manera, podríamos aprender a no
desesperar de la recuperación de los más grandes pecadores. Pero que nadie se atreva a seguir pecando
por suponer que puede arrepentirse y reformarse cuando le plazca. Hay unos pocos casos de la conversión
de pecadores notorios, para que nadie se desespere, y son pocos para que nadie presuma.
Vv. 19—26.
Amón profanó la casa de Dios con sus ídolos; y Dios soportó que su casa fuera
contaminada con esa sangre. Por más injustos que fueran los que hicieron eso, Dios fue justo al soportar
que lo hicieran. Ahora fue un cambio feliz que uno de los peores reyes de Judá pasara a ser uno de los
mejores. Una vez más Judá fue probado con una reforma. Sea que el Señor soporte por mucho tiempo a los
ofensores presuntuosos o que los elimine prontamente en sus pecados, deben perecer todos los que
insistan en negarse a andar en sus caminos.
CAPÍTULO XXII
Versículos 1—10.
Buen reinado de Josías—Su preocupación por reparar el templo—Hallazgo del libro de la
ley.
11—20. Josías consulta a la profetisa Hulda.
Vv. 1—10.
La temprana sucesión de Josías, que fue un hecho diferente de la de Manasés, debe atribuirse a
la gracia distintiva de Dios; pero, probablemente, las personas que lo formaron fueron instrumentos para
producir la diferencia. Su carácter fue excelente. Si el pueblo se hubiera unido de todo corazón a la reforma,
como él perseveró en ella, hubiera tenido benditos efectos. Pero eran malos y neciamente se dedicaron a la
idolatría. No tenemos el pleno conocimiento del estado de Judá en los relatos históricos, a menos que nos
refiramos a los escritos de los profetas de la época. —Mientras reparaban el templo se halló el libro de la ley
y lo llevaron al rey. Parece que el libro de la ley estaba perdido y faltaba; negligentemente guardado y
olvidado, como algunos tiran sus Biblias en un rincón, o escondido malignamente por algunos de los
idólatras. El cuidado de Dios con la Biblia demuestra claramente su interés por ella. Fuera esta o no, la
única copia existente, su contenido eran nuevo para el rey y para el sumo sacerdote. Los resúmenes, los
extractos, ni las recopilaciones de la Biblia pueden transmitir y preservar el conocimiento de Dios y de su
voluntad como la Biblia misma. No era sorprendente que el pueblo estuviera tan corrupto cuando el libro de
la ley era tan escaso; los que los corrompieron usaron indudablemente malas artes para quitar ese libro de
las manos de ellos. La abundancia actual de Biblias agrava nuestro pecado nacional, porque, ¿qué mayor
desprecio de Dios podemos mostrar si nos negamos a leer su Palabra cuando la ponen en nuestras manos
o, si la leemos, nos negamos a creerla y a obedecerla? El conocimiento del pecado es por la santa ley, y el
conocimiento de la salvación es por el bendito evangelio. Cuando se entiende el primero en su estrictez y
excelencia, el pecador empieza a preguntar, ¿qué debo hacer para ser salvo? Y los ministros del evangelio
le señalan a Jesucristo, como el fin de la ley para justicia de todo el que cree.
Vv. 11—20.
Se lee el libro de la ley delante del rey. Los que mejor honran sus Biblias son los que la
estudian; los que se alimentan diariamente de ese pan y andan por su luz. —La convicción de pecado y la
ira debieran provocar esta pregunta: ¿qué debo hacer para ser salvo? Además, qué podemos esperar y qué
provisiones tomar. Quienes tienen verdadera comprensión del peso de la ira de Dios, no pueden sino estar
muy ansioso por saber cómo pueden ser salvos. —Hulda hizo saber a Josías cuáles eran los juicios que
Dios tenía reservados contra Judá y Jerusalén. La generalidad del pueblo estaba endurecido y sus
corazones sin humillar, pero el corazón de Josías era tierno. Esta es ternura de corazón y, así, se humilló
delante del Señor. Quienes más temen la ira de Dios son los que menos probablemente la sientan. —
Aunque Josías fue mortalmente herido en combate, murió no obstante en paz con Dios y fue a la gloria. No
importa lo que tales personas sufran o experimenten, son llevados a la tumba en paz, y entrarán en el
reposo que hay para el pueblo de DioS.
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