lunes, septiembre 3

EL LIBRO DE LOS REYES COMENTARIO DEL CAPITULO 2

Versículos 1—4.
El último encargo de David a Salomón. 5—11. El encargo de David tocante a

Joab y los demás.
12—25. Salomón reina—Adonías aspirante al trono es mandado matar. 26—

34.
Abiatar exiliado—Se manda matar a Joab. 35—46. Se manda matar a Simei.

Vv. 1—4.
El encargo de David a Salomón es que obedezca las órdenes del Señor. La autoridad de

un padre moribundo es mucha, pero nada comparada con la del Dios vivo. Dios había prometido a

David que el Mesías vendría de su simiente y esa promesa fue absoluta; pero la promesa de que no

les faltaría hombre sobre el trono de Israel era condicionada: si él anda delante de Dios con

sinceridad, celo y resolución; para esto debe prestar atención a su camino.

Vv. 5—11.
Los consejos tocante a Joab y Simei, al morir, no fueron por enojo personal, sino por

la seguridad del trono de Salomón, que era la causa de Dios y de Israel. Era evidente que Joab no se

arrepintió de los asesinatos que había cometido, y pronto los repetiría para lograr cualquier

propósito; aunque tolerado por mucho tiempo, al final tendrá que rendir cuenta. El tiempo no borra

la culpa de ningún pecado, en particular la del asesinato. —Tocante a Simei: No lo dejes sin castigo;

no creas que es tu amigo verdadero, de tu gobierno o digno de confianza; él no tiene menos maldad

ahora que la que tuvo entonces. —Los sentimientos de David al morir se registran como entregados

bajo la influencia del Espíritu Santo, 2 Samuel xxiii, 1–7. El Señor le descubrió los oficios y la

salvación de ese glorioso personaje, el Mesías, cuya venida entonces anunció y del cual él derivaba

todo su consuelo y sus expectativas. Ese pasaje da prueba determinante de que David murió bajo la

influencia del Espíritu Santo, en el ejercicio de la fe y la esperanza.

Vv. 12—25.
Salomón recibió a Betsabé con todo el respeto debido a una madre; pero nadie le

pida lo que no puede otorgar. Es malo para un hombre bueno promover una petición mala o

comparecer a favor de una mala causa. Al pedir que Abisag fuese su esposa, conforme a las

costumbres orientales, era evidente que Adonías procuraba ser rey, y Salomón no podría estar a

salvo mientras aquel viviera. Los espíritus ambiciosos y turbulentos preparan corrientemente la

muerte para sí mismos. Más de una cabeza se ha perdido tratando de alcanzar una corona.

Vv. 26—34.
Las palabras de Salomón a Abiatar y su silencio, implican que se habían efectuado

algunas conspiraciones recientes. A quienes muestran bondad al pueblo de Dios les será recordado

para su provecho. Por esta razón Salomón salva la vida a Abiatar pero lo despide de su oficio. En el

caso de pecados como los expiados por sangre de animales, el altar era un refugio, pero no fue así

en el caso de Joab. Salomón mira hacia arriba a Dios como Autor de la paz, y hacia la eternidad

como su perfeccionamiento. El mismo Señor de paz nos da esa paz que es eterna.

Vv. 35—46.
La vieja malignidad permanece en el corazón inconverso, y hay que mantener el

ojo atento sobre quienes, como Simei, han manifestado su enemistad y no han dado pruebas de

arrepentimiento. Ningún compromiso ni peligro frenará a los hombres mundanos; siguen adelante

aunque pierdan la vida y sus almas. —Recordemos, Dios no acomodará a nosotros su juicio. Su ojo

está sobre nosotros; esforcémonos por andar como en su presencia. Cada obra, cada palabra y cada

pensamiento nuestro esté gobernado por esta gran verdad, que se acerca rápidamente la hora en que

las circunstancias más pequeñas de nuestra vida serán sacadas a la luz, y nuestro estado eterno será

fijado por un Dios justo que no yerra. —De esta manera quedó establecido el trono de Salomón en

paz, como tipo del reino de paz y justicia del Redentor. Y en referencia a la enemistad de los

enemigos de la iglesia es un consuelo que, rujan furiosamente cuanto quieran, es cosa vana que

ellos imaginan. El trono de Cristo está establecido y ellos no pueden conmoverlo.

1ra. de Reyes CAPITULO 2

1ra. de Reyes

Capítulo 02

2:1 Llegaron los días en que David había de morir, y ordenó a Salomón su hijo, diciendo:
2:2 Yo sigo el camino de todos en la tierra; esfuérzate, y sé hombre.
2:3 Guarda los preceptos de Jehová tu Dios, andando en sus caminos, y observando sus estatutos y mandamientos, sus decretos y sus testimonios, de la manera que está escrito en la ley de Moisés, para que prosperes en todo lo que hagas y en todo aquello que emprendas;
2:4 para que confirme Jehová la palabra que me habló, diciendo: Si tus hijos guardaren mi camino, andando delante de mí con verdad, de todo su corazón y de toda su alma, jamás, dice, faltará a ti varón en el trono de Israel.
2:5 Ya sabes tú lo que me ha hecho Joab hijo de Sarvia, lo que hizo a dos generales del ejército de Israel, a Abner hijo de Ner y a Amasa hijo de Jeter, a los cuales él mató, derramando en tiempo de paz la sangre de guerra, y poniendo sangre de guerra en el talabarte que tenía sobre sus lomos, y en los zapatos que tenía en sus pies.
2:6 Tú, pues, harás conforme a tu sabiduría; no dejarás descender sus canas al Seol en paz.
2:7 Mas a los hijos de Barzilai galaadita harás misericordia, que sean de los convidados a tu mesa; porque ellos vinieron de esta manera a mí, cuando iba huyendo de Absalón tu hermano.
2:8 También tienes contigo a Simei hijo de Gera, hijo de Benjamín, de Bahurim, el cual me maldijo con una maldición fuerte el día que yo iba a Mahanaim. Mas él mismo descendió a recibirme al Jordán, y yo le juré por Jehová diciendo: Yo no te mataré a espada.
2:9 Pero ahora no lo absolverás; pues hombre sabio eres, y sabes cómo debes hacer con él; y harás descender sus canas con sangre al Seol.
2:10 Y durmió David con sus padres, y fue sepultado en su ciudad.
2:11 Los días que reinó David sobre Israel fueron cuarenta años; siete años reinó en Hebrón, y treinta y tres años reinó en Jerusalén.
2:12 Y se sentó Salomón en el trono de David su padre, y su reino fue firme en gran manera.
2:13 Entonces Adonías hijo de Haguit vino a Betsabé madre de Salomón; y ella le dijo: ¿Es tu venida de paz? El respondió: Sí, de paz.
2:14 En seguida dijo: Una palabra tengo que decirte. Y ella dijo: Di.
2:15 El dijo: Tú sabes que el reino era mío, y que todo Israel había puesto en mí su rostro para que yo reinara; mas el reino fue traspasado, y vino a ser de mi hermano, porque por Jehová era suyo.
2:16 Ahora yo te hago una petición; no me la niegues. Y ella le dijo: Habla.
2:17 El entonces dijo: Yo te ruego que hables al rey Salomón (porque él no te lo negará), para que me dé Abisag sunamita por mujer.
2:18 Y Betsabé dijo: Bien; yo hablaré por ti al rey.
2:19 Vino Betsabé al rey Salomón para hablarle por Adonías. Y el rey se levantó a recibirla, y se inclinó ante ella, y volvió a sentarse en su trono, e hizo traer una silla para su madre, la cual se sentó a su diestra.
2:20 Y ella dijo: Una pequeña petición pretendo de ti; no me la niegues. Y el rey le dijo: Pide, madre mía, que yo no te la negaré.
2:21 Y ella dijo: Dese Abisag sunamita por mujer a tu hermano Adonías.
2:22 El rey Salomón respondió y dijo a su madre: ¿Por qué pides a Abisag sunamita para Adonías? Demanda también para él el reino; porque él es mi hermano mayor, y ya tiene también al sacerdote Abiatar, y a Joab hijo de Sarvia.
2:23 Y el rey Salomón juró por Jehová, diciendo: Así me haga Dios y aun me añada, que contra su vida ha hablado Adonías estas palabras.
2:24 Ahora, pues, vive Jehová, quien me ha confirmado y me ha puesto sobre el trono de David mi padre, y quien me ha hecho casa, como me había dicho, que Adonías morirá hoy.
2:25 Entonces el rey Salomón envió por mano de Benaía hijo de Joiada, el cual arremetió contra él, y murió.
2:26 Y el rey dijo al sacerdote Abiatar: Vete a Anatot, a tus heredades, pues eres digno de muerte; pero no te mataré hoy, por cuanto has llevado el arca de Jehová el Señor delante de David mi padre, y además has sido afligido en todas las cosas en que fue afligido mi padre.
2:27 Así echó Salomón a Abiatar del sacerdocio de Jehová, para que se cumpliese la palabra de Jehová que había dicho sobre la casa de Elí en Silo.
2:28 Y vino la noticia a Joab; porque también Joab se había adherido a Adonías, si bien no se había adherido a Absalón. Y huyó Joab al tabernáculo de Jehová, y se asió de los cuernos del altar.
2:29 Y se le hizo saber a Salomón que Joab había huido al tabernáculo de Jehová, y que estaba junto al altar. Entonces envió Salomón a Benaía hijo de Joiada, diciendo: Ve, y arremete contra él.
2:30 Y entró Benaía al tabernáculo de Jehová, y le dijo: El rey ha dicho que salgas. Y él dijo: No, sino que aquí moriré. Y Benaía volvió con esta respuesta al rey, diciendo: Así dijo Joab, y así me respondió.
2:31 Y el rey le dijo: Haz como él ha dicho; mátale y entiérrale, y quita de mí y de la casa de mi padre la sangre que Joab ha derramado injustamente.
2:32 Y Jehová hará volver su sangre sobre su cabeza; porque él ha dado muerte a dos varones más justos y mejores que él, a los cuales mató a espada sin que mi padre David supiese nada: a Abner hijo de Ner, general del ejército de Israel, y a Amasa hijo de Jeter, general del ejército de Judá.
2:33 La sangre, pues, de ellos recaerá sobre la cabeza de Joab, y sobre la cabeza de su descendencia para siempre; mas sobre David y sobre su descendencia, y sobre su casa y sobre su trono, habrá perpetuamente paz de parte de Jehová.
2:34 Entonces Benaía hijo de Joiada subió y arremetió contra él, y lo mató; y fue sepultado en su casa en el desierto.
2:35 Y el rey puso en su lugar a Benaía hijo de Joiada sobre el ejército, y a Sadoc puso el rey por sacerdote en lugar de Abiatar.
2:36 Después envió el rey e hizo venir a Simei, y le dijo: Edifícate una casa en Jerusalén y mora ahí, y no salgas de allí a una parte ni a otra;
2:37 porque sabe de cierto que el día que salieres y pasares el torrente de Cedrón, sin duda morirás, y tu sangre será sobre tu cabeza.
2:38 Y Simei dijo al rey: La palabra es buena; como el rey mi señor ha dicho, así lo hará tu siervo. Y habitó Simei en Jerusalén muchos días.
2:39 Pero pasados tres años, aconteció que dos siervos de Simei huyeron a Aquis hijo de Maaca, rey de Gat. Y dieron aviso a Simei, diciendo: He aquí que tus siervos están en Gat.
2:40 Entonces Simei se levantó y ensilló su asno y fue a Aquis en Gat, para buscar a sus siervos. Fue, pues, Simei, y trajo sus siervos de Gat.
2:41 Luego fue dicho a Salomón que Simei había ido de Jerusalén hasta Gat, y que había vuelto.
2:42 Entonces el rey envió e hizo venir a Simei, y le dijo: ¿No te hice jurar yo por Jehová, y te protesté diciendo: El día que salieres y fueres acá o allá, sabe de cierto que morirás? Y tú me dijiste: La palabra es buena, yo la obedezco.
2:43 ¿Por qué, pues, no guardaste el juramento de Jehová, y el mandamiento que yo te impuse?
2:44 Dijo además el rey a Simei: Tú sabes todo el mal, el cual tu corazón bien sabe, que cometiste contra mi padre David; Jehová, pues, ha hecho volver el mal sobre tu cabeza.
2:45 Y el rey Salomón será bendito, y el trono de David será firme perpetuamente delante de Jehová.
2:46 Entonces el rey mandó a Benaía hijo de Joiada, el cual salió y lo hirió, y murió. Y el reino fue confirmado en la mano de Salomón.