Versículos 1—4.
El último encargo de David a Salomón. 5—11. El encargo de David tocante a
Joab y los demás.
12—25. Salomón reina—Adonías aspirante al trono es mandado matar. 26—
34.
Abiatar exiliado—Se manda matar a Joab. 35—46. Se manda matar a Simei.
Vv. 1—4.
El encargo de David a Salomón es que obedezca las órdenes del Señor. La autoridad de
un padre moribundo es mucha, pero nada comparada con la del Dios vivo. Dios había prometido a
David que el Mesías vendría de su simiente y esa promesa fue absoluta; pero la promesa de que no
les faltaría hombre sobre el trono de Israel era condicionada: si él anda delante de Dios con
sinceridad, celo y resolución; para esto debe prestar atención a su camino.
Vv. 5—11.
Los consejos tocante a Joab y Simei, al morir, no fueron por enojo personal, sino por
la seguridad del trono de Salomón, que era la causa de Dios y de Israel. Era evidente que Joab no se
arrepintió de los asesinatos que había cometido, y pronto los repetiría para lograr cualquier
propósito; aunque tolerado por mucho tiempo, al final tendrá que rendir cuenta. El tiempo no borra
la culpa de ningún pecado, en particular la del asesinato. —Tocante a Simei: No lo dejes sin castigo;
no creas que es tu amigo verdadero, de tu gobierno o digno de confianza; él no tiene menos maldad
ahora que la que tuvo entonces. —Los sentimientos de David al morir se registran como entregados
bajo la influencia del Espíritu Santo, 2 Samuel xxiii, 1–7. El Señor le descubrió los oficios y la
salvación de ese glorioso personaje, el Mesías, cuya venida entonces anunció y del cual él derivaba
todo su consuelo y sus expectativas. Ese pasaje da prueba determinante de que David murió bajo la
influencia del Espíritu Santo, en el ejercicio de la fe y la esperanza.
Vv. 12—25.
Salomón recibió a Betsabé con todo el respeto debido a una madre; pero nadie le
pida lo que no puede otorgar. Es malo para un hombre bueno promover una petición mala o
comparecer a favor de una mala causa. Al pedir que Abisag fuese su esposa, conforme a las
costumbres orientales, era evidente que Adonías procuraba ser rey, y Salomón no podría estar a
salvo mientras aquel viviera. Los espíritus ambiciosos y turbulentos preparan corrientemente la
muerte para sí mismos. Más de una cabeza se ha perdido tratando de alcanzar una corona.
Vv. 26—34.
Las palabras de Salomón a Abiatar y su silencio, implican que se habían efectuado
algunas conspiraciones recientes. A quienes muestran bondad al pueblo de Dios les será recordado
para su provecho. Por esta razón Salomón salva la vida a Abiatar pero lo despide de su oficio. En el
caso de pecados como los expiados por sangre de animales, el altar era un refugio, pero no fue así
en el caso de Joab. Salomón mira hacia arriba a Dios como Autor de la paz, y hacia la eternidad
como su perfeccionamiento. El mismo Señor de paz nos da esa paz que es eterna.
Vv. 35—46.
La vieja malignidad permanece en el corazón inconverso, y hay que mantener el
ojo atento sobre quienes, como Simei, han manifestado su enemistad y no han dado pruebas de
arrepentimiento. Ningún compromiso ni peligro frenará a los hombres mundanos; siguen adelante
aunque pierdan la vida y sus almas. —Recordemos, Dios no acomodará a nosotros su juicio. Su ojo
está sobre nosotros; esforcémonos por andar como en su presencia. Cada obra, cada palabra y cada
pensamiento nuestro esté gobernado por esta gran verdad, que se acerca rápidamente la hora en que
las circunstancias más pequeñas de nuestra vida serán sacadas a la luz, y nuestro estado eterno será
fijado por un Dios justo que no yerra. —De esta manera quedó establecido el trono de Salomón en
paz, como tipo del reino de paz y justicia del Redentor. Y en referencia a la enemistad de los
enemigos de la iglesia es un consuelo que, rujan furiosamente cuanto quieran, es cosa vana que
ellos imaginan. El trono de Cristo está establecido y ellos no pueden conmoverlo.
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