CAPÍTULO XVIII
Versículos 1—16.
Elías manda noticia a Acab de su llegada. 17—20. Elías se encuentra con Acab.
21—40.
Juicio de Elías contra los falsos profetas. 41—46. Elías hace llover por medio de la
oración.
Vv. 1—16.
Los juicios más severos, de por sí, no humillan ni cambian el corazón de los pecadores;
nada, excepto la sangre de Jesucristo, puede expiar la culpa del pecado; nada, excepto el Espíritu
santificador de Dios puede purgar su inmundicia. —Los sacerdotes y los levitas se habían ido a
Judá y Jerusalén, 2 Crónicas xi, 13, 14, pero, en lugar de ellos, Dios levantó profetas, que leían y
exponían la Palabra. Probablemente ellos eran de la escuela de profetas organizada por Samuel. No
tenían el espíritu de profecía como Elías, pero enseñaban a la gente a mantenerse cerca del Dios de
Israel. Jezabel procuraba destruirlos. Los pocos que escapaban de la muerte se veían forzados a
esconderse. —Dios tiene su remanente entre todas las clases, altas y bajas; y la fe, el temor y el
amor de su Nombre, que son fruto del Espíritu Santo, serán aceptados por medio del Redentor.
Véase cuán maravillosamente levanta Dios amigos para sus ministros y su pueblo, para ampararlos
en tiempos difíciles. Pan y agua escaseaban ahora, pero Abdías encontrará suficiente para los
profetas de Dios, para mantenerlos vivos. —La preocupación de Acab era no perder todas las
bestias, pero no le preocupaba perder su alma. Se esforzaba mucho en busca de pasto, pero nada
para procurar el favor de Dios; luchaba contra el efecto, sin preguntar cómo eliminar la causa. Pero
es una buena señal para el pueblo, cuando Dios llama a sus ministros a ponerse de pie y a mostrarse.
Podemos en mejor forma tolerar el pan de la aflicción cuando nuestros ojos ven a nuestros
maestros.
Vv. 17—20.
Uno puede imaginar cuál es el afecto que la gente tiene por Dios, observando el
afecto por su pueblo y por sus ministros. Ha sido destino de los hombres más útiles, como Elías, ser
llamados y contados como alborotadores de la tierra. Pero los que hacen el mal son los que
provocan los juicios de Dios, y no los que los anuncian y advierten a la nación que se arrepienta.
Vv. 21—40.
Muchos del pueblo vacilaron en sus juicios y cambiaron de práctica. Elías los
llamó para que determinaran si Jehová o Baal era el supremo Dios, que existe por sí mismo,
Creador, Rey y Juez de este mundo, y que le siguieran solo a Él. Peligroso es claudicar entre el
servicio de Dios y el servicio del pecado, el dominio de Cristo y el dominio de nuestras concupiscencias. Si Jesús es el único Salvador, aferrémonos solo a Él para todo; si la Biblia es la
palabra de Dios, reverenciémosla, recibámosla y sometamos nuestro entendimiento a su enseñanza
divina. —Elías se propuso llevar a juicio el asunto. Baal tenía todas las ventajas externas, pero el
suceso estimula a todos los testigos y defensores de Dios para que no teman el rostro del hombre. El
que responde con fuego, sea Dios: había que hacer la expiación con el sacrificio, antes que la
condenación fuese quitada por misericordia. Por tanto, el Dios que tiene poder para perdonar el
pecado, y para demostrarlo consumiendo la ofrenda por el pecado, debe ser por necesidad el Dios
que puede aliviar la calamidad. —Dios nunca requirió de sus adoradores que le honraran a la
manera de los adoradores de Baal; pero el servicio del diablo, aunque a veces complace y halaga el
cuerpo, en otras cosas, no obstante, es realmente cruel con el cuerpo, como en la envidia y la
ebriedad. Dios exige que mortifiquemos nuestras concupiscencias y corrupciones; pero las
penitencias y severidades corporales no le agradan. ¿Quién ha pedido estas cosas de sus manos?
Unas pocas palabras emitidas con fe cierta, con ferviente afecto por la gloria de Dios, y amor por las
almas de los hombres, o sediento de la imagen del Señor y su favor, forman la ferviente oración
eficaz del justo, que puede mucho. —Elías no procuró su propia gloria, sino la de Dios por el bien
del pueblo. El pueblo está del todo de acuerdo, convencido y satisfecho: Jehová, Él es el Dios.
Algunos, esperamos, tuvieron un cambio en su corazón, pero la mayoría sólo se convenció, no se
convirtió. Bienaventurados los que no han visto lo que éstos vieron y, sin embargo, creyeron, y han
trabajado por ello más que los que lo vieron.
Vv. 41—46. Israel, reformado al punto de reconocer que el Señor es Dios, y para consentir que
se ejecutara a los profetas de Baal, fue aceptado al punto que Dios derramó bendiciones sobre la
tierra. —Elías continuó orando largo rato. Aunque la respuesta a nuestras súplicas fervorosas y de fe
no lleguen pronto, debemos continuar orando fervientes, sin desmayar ni rendirnos. —Una nubecita
apareció por fin; pronto se desparramó por los cielos y regó la tierra. Las grandes bendiciones
suelen surgir de comienzos pequeños, las lluvias abundantes de una nube como la palma de la
mano. Que nunca despreciemos el día de las cosas pequeñas, antes bien, esperemos con la
esperanza que de ellas salgan grandes cosas. ¡De qué comienzos pequeños han surgido grandes
cosas! Así es en todos los bondadosos procedimientos de Dios con el alma. Escasamente se notan
las primeras obras de su Espíritu en el corazón, pero crecen y dejan maravillados a los hombres, y
logran el aplauso de los ángeles. Elías pidió a Acab que volviera a casa y le esperara. Dios fortalece
a su pueblo para todo servicio al cual sus mandamientos y su providencia lo llaman. —Las terribles
muestras de la justicia y santidad divina hacen desfallecer al pecador, suscitan confesiones y
disponen para la obediencia externa mientras dura la impresión; pero la vista de esto con
misericordia, amor y confianza en Cristo Jesús es necesaria para llevar el alma a humillarse, confiar
y amar. El Espíritu Santo emplea ambas cosas en la conversión de los pecadores; cuando los
pecadores se impresionan con las verdades divinas, deben ser exhortados a dedicarse a los deberes
confiar
y amar. El Espíritu Santo emplea ambas cosas en la conversión de los pecadores; cuando los
pecadores se impresionan con las verdades divinas, deben ser exhortados a dedicarse a los deberes a
que el Salvador llama a sus discípulos.
CAPÍTULO XIX
Versículos 1—8.
Elías huye al desierto. 9—13. Dios se manifiesta a Elías. 14—18. La respuesta de
Dios para Elías.
19—21. El llamamiento de Eliseo.
Vv. 1—8.
Jezabel envió un mensaje amenazador a Elías. Los corazones carnales son endurecidos y
enfurecidos contra Dios, por aquello que debe convencerlos de pecado y vencerlos. La mucha fe no
siempre es sinónimo de fe firme o fuerte. Elías podía ser útil a Israel en este momento y tenía toda
la razón para depender de la protección de Dios mientras hacía la obra de Dios, pero huye. El suyo
no era el deseo deliberado de la gracia, como el de Pablo, de irse y estar con Cristo. Así, Dios dejó
solo a Elías para mostrar que cuando era osado y fuerte, era en el Señor y en el poder de su fuerza; pero solo no era mejor que sus padres. Aunque nosotros no sabemos, Dios sabe qué designio tiene
para nosotros, qué servicios, qué pruebas, y Él se encargará de darnos gracia suficiente.
Vv. 9—13. La pregunta que hace Dios, ¿qué haces aquí, Elías? Es un reproche. A menudo nos
correspnde preguntar si estamos en nuestro lugar, y en la senda del deber: ¿estoy dónde debo estar?
¿A dónde me llama Dios, dónde está mi obra, y dónde puedo ser útil? Elías se queja de la gente y de
su obstinación para pecar; yo soy el único que queda. Desesperar del éxito puede estorbar muchas
buenas empresas. —¿Fue hasta allí Elías para encontrarse con Dios? Él descubrirá que Dios le
saldrá al encuentro. El viento, el terremoto, el fuego no le hicieron taparse la cara, pero sí el silbo
suave y apacible. Las almas bondadosas son más afectadas por las tiernas misericordias del Señor
que por sus terrores. La suave voz de Aquel que habla desde la cruz, o del trono de la gracia, va
acompañada de un poder peculiar para tomar posesión del corazón.
Vv. 14—18. Dios repite la pregunta: ¿Qué haces aquí? Entonces él se lamenta de su desazón, y
¿a dónde irán los profetas de Dios con esa clase de quejas sino a su Señor? —El Señor le dio una
respuesta. Declara que la malvada casa de Acab será desarraigada, que el pueblo de Israel será
castigado por sus pecados; y muestra que Elías no había quedado solo, como él suponía, y que,
además se le daría un ayudante. De esta manera fueron contestadas y satisfechas todas sus quejas.
—Los fieles de Dios suelen ser a menudo sus protegidos, Salmo lxxxiii, 3, y la iglesia visible
apenas se puede ver: el trigo se pierde entre la cizaña, y el oro en el oropel, hasta que llegue el día
de separar, refinar y cernir. Conoce el Señor a los que son suyos, aunque nosotros no; Él ve en lo
secreto. Cuando lleguemos al cielo echaremos de menos a muchos que pensamos, íbamos a
encontrar allá; encontraremos a muchos que no pensamos encontrar allá. El amor de Dios
frecuentemente resulta ser más grande que la caridad del hombre, y mucho más amplio.
Vv. 19—21. Elías encontró a Eliseo por orden divina, no en la escuela de los profetas sino en el
campo; no leyendo, orando ni sacrificando, sino arando. La ociosidad no honra al hombre, ni la
agricultura es desgracia para ningún hombre. Un llamado honesto en el mundo no nos saca del
camino de nuestro llamamiento celestial, más de lo que afectó a Eliseo. Su corazón fue tocado por
el Espíritu Santo y él estuvo listo para dejarlo todo para ayudar a Elías. Es en el día de su poder que
su pueblo se ofrecerá voluntario; ni tampoco irá nadie a Cristo a menos que sean llevados a Él. Era
una época desalentadora para que los profetas salieran. Un hombre que consultara con carne y
sangre no hubiera querido el manto de Elías, pero Eliseo deja todo alegremente para acompañarlo.
Cuando el Salvador dijo: Sígueme, fueron abandonados alegremente los amigos más queridos y las
ocupaciones más provechosas, y se cumplieron los deberes más arduos por amor a su nombre. Que
nosotros, en forma similar, sintamos la energía de su gracia obrando poderosamente en nosotros, y
que, por una sumisión sin reservas, podamos de inmediato asegurar nuestro llamamiento y elección.
CAPÍTULO XX
Versículos 1—11.
Ben-adad sitia Samaria. 12—21. Derrota de Ben-adad. 22—30. Nueva derrota
de los sirios.
31—43. Acab hace la paz con Ben-adad.
Vv. 1—11.
Ben-adad envió una demanda muy insolente a Acab. Este respondió con una sumisión
muy ignominiosa; el pecado pone en aprietos a los hombres, al dejarlos fuera de la protección
divina. Si Dios no nos manda, lo harán nuestros enemigos: la culpa descorazona a los hombres y los
acobarda. —Acab desesperó. Los hombres dejarán sus cosas más placenteras, lo que más aman,
para salvar la vida; sin embargo, prefieren perder el alma antes que separarse de cualquier placer o
interés para impedirlo. He aquí uno de los dichos más sabios que haya dicho Acab, y es una buena
lección para todos. Necio es jactarse del día de mañana puesto que no sabemos lo que puede traer.
Aplíquese a nuestros conflictos espirituales. Pedro cayó por tener confianza en sí mismo.
Bienaventurado el hombre que nunca baja su guardia.
Vv. 12—21.
Los orgullosos sirios fueron derrotados y los despreciados israelitas fueron los
vencedores. Las órdenes del orgulloso rey ebrio desorganizaron sus tropas impidiéndoles atacar a
los israelitas. Los que se sienten más seguros suelen ser los que tienen menos valor. Acab mató a los
sirios con una tremenda carnicería. Dios hace frecuentemente que un hombre malo azote al otro.
Vv. 22—30.
Los de Ben-adad le aconsejaron que cambiara de terreno. Dieron por sentado que
no era Israel, sino los dioses de Israel, los que los vencieron; pero hablan con mucha ignorancia de
Jehová. Suponen que Israel tenía muchos dioses a los cuales atribuian poder limitado dentro de
cierta jurisdicción; así de vanos eran los gentiles en lo que imaginaban acerca de Dios. La mayor
sabiduría en asuntos mundanos suele ir unida con la necedad más despreciable en las cosas de Dios.
Vv. 31—43.
Este estímulo tienen los pecadores para arrepentirse y humillarse ante Dios. ¿No
hemos oído que el Dios de Israel es un Dios misericordioso? ¿No lo hemos hallado así? Eso es
arrepentimiento del evangelio, que fluye de la aprehensión de la misericordia de Dios en Cristo; hay
perdón en él. ¡Qué cambio hay aquí! El más altivo en la prosperidad resulta ser, a menudo, el más
abyecto en la adversidad; un espíritu maligno afecta al hombre en ambas condiciones. Hay gente a
la que, como Acab, se le otorga malamente el éxito; no saben cómo servir a Dios con su
prosperidad, ni a su generación o, ni siquiera, sus intereses verdaderos; que se muestre favor al
malo, pero no aprenderá justicia. —El profeta decretó reprobar a Acab con una parábola. Si se
castiga a un buen profeta por no golpear a su amigo, y amigo de Dios, cuando Dios manda:
“Golpea”, un rey malo será hallado digno de un castigo mucho más doloroso, cuando salva a su
enemigo y enemigo de Dios, cuando Dios mandó: “Ataca”. Acab se fue a su casa, disgustado y
molesto, no un verdadero penitente, ni procurando deshacer lo que había hecho mal, totalmente
malhumorado a pesar de su victoria. —¡Ay! Muchos que oyen la buena nueva de Cristo están muy
atareados aquí y allá hasta que pasa el día de la salvación.
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