jueves, diciembre 13

COMENTARIO DE 2 DE REYES CAPITULOS 1, 2 Y 3

CAPÍTULO I



Versículos 1—8.

Rebelión de Moab—Enfermedad de Ocozías, rey de Israel. 9—18. Elías pide fuego del

cielo—Muerte de Ocozías.



Vv. 1—8.


Cuando Ocozías se rebeló contra Jehová, Moab se rebeló contra él. El pecado nos debilita y

empobrece. La rebelión del hombre contra Dios suele ser castigada por la rebelión de los que le deben

sujeción. —Ocozías cayó por una ventana. Dondequiera vayamos solo hay un paso entre nosotros y la

muerte. La casa del hombre es su castillo, pero no lo asegura contra los juicios de Dios. A la larga, toda la

creación, que gime bajo la carga del pecado del hombre, cederá y se hundirá bajo ese peso, como esa

ventana. Nunca está a salvo el que tenga a Dios como su enemigo. Los que no inquieren en la palabra de

Dios para consuelo de ellos, la oirán para terror de ellos, quiéranlo o no.


Vv. 9—18.


Elías pidió fuego del cielo para consumir a los pecadores altivos y atrevidos; no para

seguridad personal, sino para probar su misión y revelar la ira de Dios desde el cielo contra toda impiedad e

injusticia de los hombres. Elías hizo esto por impulso divino, pero nuestro Salvador no permite que sus

discípulos hagan lo mismo, Lucas ix, 54. La dispensación del Espíritu y de la gracia no lo permitió de

manera alguna. Elías estaba preocupado por la gloria de Dios, aquéllos por su propia reputación. El Señor

juzga las costumbres humanas por sus principios y su juicio es según verdad. —El tercer capitán se humilló

y se arrojó a la misericordia de Dios y de Elías. No hay nada que ganar contendiendo con Dios; y son sabios

los que aprenden la sumisión por el fin fatal de la obstinación de otros. —El valor de la fe a menudo ataca

de terror el corazón del pecador más orgulloso. Tan estupefacto está Ocozías con las palabras del profeta,

que ni él ni nadie de los suyos le opone resistencia. ¿Quién puede dañar a los que Dios ampara? —Muchos

que piensan prosperar en el pecado, son llamados, como Ocozías, cuando menos lo esperan. Todo nos

advierte que busquemos al Señor mientras puede ser hallado.


CAPÍTULO II



Versículos 1—8.

Elías divide el Jordán. 9—12. Elías llevado al cielo. 13—18. Eliseo manifestado como

sucesor de Elías.


19—25. Eliseo sana las aguas de Jericó—Destrucción de los que se burlan de Eliseo.

Vv. 1—8.


El Señor hizo saber a Elías que su tiempo estaba cerca. Por tanto, fue a las diversas escuelas de

los profetas para darles sus últimas exhortaciones y su bendición. La partida de Elías es un tipo y figura de

la ascensión de Cristo, y la apertura del reino de los cielos a todos los creyentes. —Eliseo había seguido por

mucho tiempo a Elías y no lo iba a abandonar ahora que esperaba la bendición de su partida. Los que

siguen a Cristo no se queden cortos cansándose al final. —Las aguas del Jordán, antes, cedieron ante el

arca; ahora, ante el manto del profeta, como señal de la presencia de Dios. Cuando Dios lleva al cielo a sus

fieles, la muerte es el Jordán que deben cruzar, y encuentran un camino por donde pasar. La muerte de

Cristo dividió las aguas para que pasen los redimidos del Señor. ¡Dónde está, oh, muerte, tu aguijón, el

daño que puedes hacer, tu terror?


Vv. 9—12.


Esa plenitud de donde profetas y apóstoles obtuvieron su provisión, aún existe como antes, y

se nos dice que pidamos grandes porciones de ella. La asistencia diligente a Elías, particularmente en sus
últimas horas, sería el medio apropiado para que Eliseo obtuviese mucho de su espíritu. Las consolaciones

de los santos que parten, y sus experiencias, ayudan a dar brillo a nuestro consuelo y a fortalecer nuestras

resoluciones. —Elías es llevado al cielo en un carro de fuego. Se puede hacer muchas preguntas sobre

esto, que no pueden ser contestadas. Baste con lo que se nos dice, lo que su Señor lo encontró haciendo

cuando vino. Él estaba comprometido en un serio discurso, exhortando e instruyendo a Eliseo sobre el reino

de Dios entre los hombres. Nos equivocamos si pensamos que la preparación para el cielo se realiza

solamente por la contemplación y por actos de devoción. —El carro y los caballos parecían como de fuego,

algo muy glorioso, no por arder sino por su fulgor. Por la manera en que Elías y Enoc fueron sacados de

este mundo, Dios nos deja dar un vistazo a la vida eterna sacada a la luz por el evangelio, de la gloria

reservada para los cuerpos de los santos, y de la apertura del reino del cielo a todos los creyentes. También

fue una figura de la ascensión de Cristo. —Aunque Elías se fue de manera triunfal al cielo, este mundo mal

se podía permitir dejarlo ir. Ciertamente están endurecidos los corazones de los que no se sienten llamados

por Dios a llorar y hacer duelo cuando Él se lleva a los hombres fieles y útiles. Elías fue para Israel, por sus

consejos, reproches y oraciones, mejor que la fuerza más poderosa de carro y caballo, y detuvo los juicios

de Dios. —Cristo legó a sus discípulos su precioso evangelio, como el manto de Elías; la prenda del poder

divino ejercido para derrumbar el imperio de Satanás, y establecer el reino de Dios en el mundo. El mismo

evangelio permanece con nosotros aunque los poderes milagrosos hayan sido retirados, y tiene fuerza

divina para la conversión y salvación de los pecadores.


Vv. 13—18.


Elías dejó su manto a Eliseo como señal del descenso del Espíritu sobre él; era más que si

le hubiera dejado miles en oro y plata. Eliseo lo tomó, no como reliquia sagrada que se debe adorar, sino

como ropaje significativo para usar. Ahora que Elías fue llevado al cielo, Eliseo pregunta: —1.

Por Dios;

cuando nuestra consolación de criaturas ha sido quitada, tenemos un Dios al cual acudir, que vive por

siempre.


—2. Por el Dios que Elías servía, honraba y al que suplicaba. El Señor Dios de los santos profetas

es el mismo ayer, hoy y por los siglos, pero ¿de qué nos servirá tener los mantos de aquellos que partieron,

sus lugares, sus libros, si no tenemos el espíritu de ellos, el Dios de ellos? —Vea aquí a Eliseo dividiendo el

río; el pueblo de Dios no tiene que temer el paso final por el Jordán de la muerte como por tierra seca. —Los

hijos de los profetas realizaron una búsqueda innecesaria de Elías. Los hombres sabios pueden ceder, en

aras de la paz y la buena opinión de los demás, a aquellos contra lo cual su juicio se opone, en forma tan

innecesaria como infructuosa. Atravesar colinas y valles nunca nos conducirá a Elías, pero sí lo hará, en su

debido momento, seguir el ejemplo de su santa fe y su celo.


Vv. 19—25.


Obsérvese el milagro de sanar las aguas. Los profetas debieran mejorar para ellos todo

lugar al cual llegan, proponiéndose endulzar los espíritus amargos y hacer fructíferas las almas estériles, por

la palabra de Dios, que es como la sal echada al agua por Eliseo. Eso fue un emblema adecuado del efecto

producido por la gracia de Dios en el corazón pecador del hombre. A veces hay familias, pueblos y ciudades

enteros que tienen un nuevo aspecto por la predicación del evangelio; la maldad y el mal han sido

cambiados por fruto de las obras de justicia, que son, por medio de Cristo, para alabanza y gloria de Dios.

—He aquí una maldición sobre unos jóvenes de Betel, suficiente para destruirlos; no fue una maldición sin

causa, pues ellos abusaron del carácter de Eliseo en cuanto profeta de Dios. Se burlaron incitándole a

‘subir’ reflejando el arrebatamiento de Elías al cielo. —El profeta actuó por impulso divino. Si el Espíritu

Santo no hubiera dirigido la solemne maldición de Eliseo, la providencia de Dios no la hubiera seguido con

un juicio. El Señor debe ser glorificado como Dios justo que odia el pecado y lo castigará. Los jóvenes

teman decir malas palabras, pues Dios nota lo que dicen. Que no se burlen de nadie por defectos de mente

o cuerpo; es para su especial peligro el burlarse de cualquiera por hacer el bien. Los padres que deseen

consuelo para sus hijos, que los eduquen bien y hagan todo lo que puedan para quitar la necedad que está

ligada a sus corazones. ¡Cuál será la angustia de los padres que, en el día del juicio, presencien la

condenación eterna de su progenie, ocasionada por su propio mal ejemplo, negligencia o mala crianza!


CAPÍTULO III


Versículos 1—5.

Joram, rey de Israel.
6—19. Guerra con Moab—La intercesión de Eliseo. 20—27.

Provisión de agua—Moab vencido.



Vv. 1—5.


Joram recibió la advertencia del juicio de Dios y quitó la imagen de Baal, aunque mantuvo la

adoración de los becerros. No se arrepienten o reforman verdaderamente quienes sólo se separan de los

pecados por lo que pierden, pero siguen amando los pecados con que creen ganar.


Vv. 6—19.

El rey de Israel lamenta la angustia de ellos y el peligro en que estaban. Él convocó a los tres
se irrita su corazón, Proverbios xix, 3. —Bueno fue que Josafat consultara al Señor ahora, pero hubiera sido

mucho mejor si lo hubiera hecho antes de meterse en esta guerra. A veces los hombres buenos descuidan

su deber hasta que la necesidad y la aflicción los impele a ello. La gente mala suele andar mejor por la

amistad con los buenos y su asociación con ellos. —Eliseo les dice, para probar la fe y obediencia de ellos,

que caven zanjas en el valle para recibir agua. Los que esperan las bendiciones de Dios deben cavar

cisternas para que la lluvia las llene, como en el valle de Baca y, así, hacer un estanque para ellas, Salmo

lxxxiv, 6. No tenemos que preguntar de dónde vino el agua. Dios no está atado a causas secundarias.

Quienes sinceramente buscan el rocío de la gracia de Dios, lo tendrán y será hechos más que vencedores.


Vv. 20—27.


Es una bendición ser favorecido con la compañía de quienes tienen poder de Dios y pueden

predominar por sus oraciones. Un reino puede ser sostenido y prosperar como consecuencia de las

oraciones fervorosas de quienes son amados por Dios. Demos nuestra más alta consideración a los que

son preciosos a sus ojos. —Cuando los pecadores dicen, paz, paz, les sobreviene la destrucción: la

desesperación seguirá a su loca presunción. Al servicio de Satanás, y por sugerencia de éste, se han hecho

obras tan horrendas que hacen que se estremezcan los sentimientos naturales del corazón; como el rey de

Moab que sacrificó a su hijo. Bueno es no estimular lo peor de los hombres a extremos; más bien, debemos

dejarlos al juicio de Dios.

2 DE REYES CAPITULOS 1, 2 , Y 3.

2da. de Reyes

Capítulo 01

1:1 Después de la muerte de Acab, se rebeló Moab contra Israel.
1:2 Y Ocozías cayó por la ventana de una sala de la casa que tenía en Samaria; y estando enfermo, envió mensajeros, y les dijo: Id y consultad a Baal-zebub dios de Ecrón, si he de sanar de esta mi enfermedad.
1:3 Entonces el ángel de Jehová habló a Elías tisbita, diciendo: Levántate, y sube a encontrarte con los mensajeros del rey de Samaria, y diles: ¿No hay Dios en Israel, que vais a consultar a Baal-zebub dios de Ecrón?
1:4 Por tanto, así ha dicho Jehová: Del lecho en que estás no te levantarás, sino que ciertamente morirás. Y Elías se fue.
1:5 Cuando los mensajeros se volvieron al rey, él les dijo: ¿Por qué os habéis vuelto?
1:6 Ellos le respondieron: Encontramos a un varón que nos dijo: Id, y volveos al rey que os envió, y decidle: Así ha dicho Jehová: ¿No hay Dios en Israel, que tú envías a consultar a Baal-zebub dios de Ecrón? Por tanto, del lecho en que estás no te levantarás; de cierto morirás.
1:7 Entonces él les dijo: ¿Cómo era aquel varón que encontrasteis, y os dijo tales palabras?
1:8 Y ellos le respondieron: Un varón que tenía vestido de pelo, y ceñía sus lomos con un cinturón de cuero. Entonces él dijo: Es Elías tisbita.
1:9 Luego envió a él un capitán de cincuenta con sus cincuenta, el cual subió a donde él estaba; y he aquí que él estaba sentado en la cumbre del monte. Y el capitán le dijo: Varón de Dios, el rey ha dicho que desciendas.
1:10 Y Elías respondió y dijo al capitán de cincuenta: Si yo soy varón de Dios, descienda fuego del cielo, y consúmate con tus cincuenta. Y descendió fuego del cielo, que lo consumió a él y a sus cincuenta.
1:11 Volvió el rey a enviar a él otro capitán de cincuenta con sus cincuenta; y le habló y dijo: Varón de Dios, el rey ha dicho así: Desciende pronto.
1:12 Y le respondió Elías y dijo: Si yo soy varón de Dios, descienda fuego del cielo, y consúmate con tus cincuenta. Y descendió fuego del cielo, y lo consumió a él y a sus cincuenta.
1:13 Volvió a enviar al tercer capitán de cincuenta con sus cincuenta; y subiendo aquel tercer capitán de cincuenta, se puso de rodillas delante de Elías y le rogó, diciendo: Varón de Dios, te ruego que sea de valor delante de tus ojos mi vida, y la vida de estos tus cincuenta siervos.
1:14 He aquí ha descendido fuego del cielo, y ha consumido a los dos primeros capitanes de cincuenta con sus cincuenta; sea estimada ahora mi vida delante de tus ojos.
1:15 Entonces el ángel de Jehová dijo a Elías: Desciende con él; no tengas miedo de él. Y él se levantó, y descendió con él al rey.
1:16 Y le dijo: Así ha dicho Jehová: Por cuanto enviaste mensajeros a consultar a Baal-zebub dios de Ecrón, ¿no hay Dios en Israel para consultar en su palabra? No te levantarás, por tanto, del lecho en que estás, sino que de cierto morirás.
1:17 Y murió conforme a la palabra de Jehová, que había hablado Elías. Reinó en su lugar Joram, en el segundo año de Joram hijo de Josafat, rey de Judá; porque Ocozías no tenía hijo.
1:18 Los demás hechos de Ocozías, ¿no están escritos en el libro de las crónicas de los reyes de Israel?


Capítulo 02

2:1 Aconteció que cuando quiso Jehová alzar a Elías en un torbellino al cielo, Elías venía con Eliseo de Gilgal.
2:2 Y dijo Elías a Eliseo: Quédate ahora aquí, porque Jehová me ha enviado a Bet-el. Y Eliseo dijo: Vive Jehová, y vive tu alma, que no te dejaré. Descendieron, pues, a Bet-el.
2:3 Y saliendo a Eliseo los hijos de los profetas que estaban en Bet-el, le dijeron: ¿Sabes que Jehová te quitará hoy a tu señor de sobre ti? Y él dijo: Sí, yo lo sé; callad.
2:4 Y Elías le volvió a decir: Eliseo, quédate aquí ahora, porque Jehová me ha enviado a Jericó. Y él dijo: Vive Jehová, y vive tu alma, que no te dejaré. Vinieron, pues, a Jericó.
2:5 Y se acercaron a Eliseo los hijos de los profetas que estaban en Jericó, y le dijeron: ¿Sabes que Jehová te quitará hoy a tu señor de sobre ti? El respondió: Sí, yo lo sé; callad.
2:6 Y Elías le dijo: Te ruego que te quedes aquí, porque Jehová me ha enviado al Jordán. Y él dijo: Vive Jehová, y vive tu alma, que no te dejaré. Fueron, pues, ambos.
2:7 Y vinieron cincuenta varones de los hijos de los profetas, y se pararon delante a lo lejos; y ellos dos se pararon junto al Jordán.
2:8 Tomando entonces Elías su manto, lo dobló, y golpeó las aguas, las cuales se apartaron a uno y a otro lado, y pasaron ambos por lo seco.
2:9 Cuando habían pasado, Elías dijo a Eliseo: Pide lo que quieras que haga por ti, antes que yo sea quitado de ti. Y dijo Eliseo: Te ruego que una doble porción de tu espíritu sea sobre mí.
2:10 El le dijo: Cosa difícil has pedido. Si me vieres cuando fuere quitado de ti, te será hecho así; mas si no, no.
2:11 Y aconteció que yendo ellos y hablando, he aquí un carro de fuego con caballos de fuego apartó a los dos; y Elías subió al cielo en un torbellino.
2:12 Viéndolo Eliseo, clamaba: ¡Padre mío, padre mío, carro de Israel y su gente de a caballo! Y nunca más le vio; y tomando sus vestidos, los rompió en dos partes.
2:13 Alzó luego el manto de Elías que se le había caído, y volvió, y se paró a la orilla del Jordán.
2:14 Y tomando el manto de Elías que se le había caído, golpeó las aguas, y dijo: ¿Dónde está Jehová, el Dios de Elías? Y así que hubo golpeado del mismo modo las aguas, se apartaron a uno y a otro lado, y pasó Eliseo.
2:15 Viéndole los hijos de los profetas que estaban en Jericó al otro lado, dijeron: El espíritu de Elías reposó sobre Eliseo. Y vinieron a recibirle, y se postraron delante de él.
2:16 Y dijeron: He aquí hay con tus siervos cincuenta varones fuertes; vayan ahora y busquen a tu señor; quizá lo ha levantado el Espíritu de Jehová, y lo ha echado en algún monte o en algún valle. Y él les dijo: No enviéis.
2:17 Mas ellos le importunaron, hasta que avergonzándose dijo: Enviad. Entonces ellos enviaron cincuenta hombres, los cuales lo buscaron tres días, mas no lo hallaron.
2:18 Y cuando volvieron a Eliseo, que se había quedado en Jericó, él les dijo: ¿No os dije yo que no fueseis?
2:19 Y los hombres de la ciudad dijeron a Eliseo: He aquí, el lugar en donde está colocada esta ciudad es bueno, como mi señor ve; mas las aguas son malas, y la tierra es estéril.
2:20 Entonces él dijo: Traedme una vasija nueva, y poned en ella sal. Y se la trajeron.
2:21 Y saliendo él a los manantiales de las aguas, echó dentro la sal, y dijo: Así ha dicho Jehová: Yo sané estas aguas, y no habrá más en ellas muerte ni enfermedad.
2:22 Y fueron sanas las aguas hasta hoy, conforme a la palabra que habló Eliseo.
2:23 Después subió de allí a Bet-el; y subiendo por el camino, salieron unos muchachos de la ciudad, y se burlaban de él, diciendo: ¡Calvo, sube! ¡calvo, sube!
2:24 Y mirando él atrás, los vio, y los maldijo en el nombre de Jehová. Y salieron dos



Capítulo 03

3:1 Joram hijo de Acab comenzó a reinar en Samaria sobre Israel el año dieciocho de Josafat rey de Judá; y reinó doce años.
3:2 E hizo lo malo ante los ojos de Jehová, aunque no como su padre y su madre; porque quitó las estatuas de Baal que su padre había hecho.
3:3 Pero se entregó a los pecados de Jeroboam hijo de Nabat, que hizo pecar a Israel, y no se apartó de ellos.
3:4 Entonces Mesa rey de Moab era propietario de ganados, y pagaba al rey de Israel cien mil corderos y cien mil carneros con sus vellones.
3:5 Pero muerto Acab, el rey de Moab se rebeló contra el rey de Israel.
3:6 Salió entonces de Samaria el rey Joram, y pasó revista a todo Israel.
3:7 Y fue y envió a decir a Josafat rey de Judá: El rey de Moab se ha rebelado contra mí: ¿irás tú conmigo a la guerra contra Moab? Y él respondió: Iré, porque yo soy como tú; mi pueblo como tu pueblo, y mis caballos como los tuyos.
3:8 Y dijo: ¿Por qué camino iremos? Y él respondió: Por el camino del desierto de Edom.
3:9 Salieron, pues, el rey de Israel, el rey de Judá, y el rey de Edom; y como anduvieron rodeando por el desierto siete días de camino, les faltó agua para el ejército, y para las bestias que los seguían.
3:10 Entonces el rey de Israel dijo: ¡Ah! que ha llamado Jehová a estos tres reyes para entregarlos en manos de los moabitas.
3:11 Mas Josafat dijo: ¿No hay aquí profeta de Jehová, para que consultemos a Jehová por medio de él? Y uno de los siervos del rey de Israel respondió y dijo: Aquí está Eliseo hijo de Safat, que servía a Elías.
3:12 Y Josafat dijo: Este tendrá palabra de Jehová. Y descendieron a él el rey de Israel, y Josafat, y el rey de Edom.
3:13 Entonces Eliseo dijo al rey de Israel: ¿Qué tengo yo contigo? Ve a los profetas de tu padre, y a los profetas de tu madre. Y el rey de Israel le respondió: No; porque Jehová ha reunido a estos tres reyes para entregarlos en manos de los moabitas.
3:14 Y Eliseo dijo: Vive Jehová de los ejércitos, en cuya presencia estoy, que si no tuviese respeto al rostro de Josafat rey de Judá, no te mirara a ti, ni te viera.
3:15 Mas ahora traedme un tañedor. Y mientras el tañedor tocaba, la mano de Jehová vino sobre Eliseo,
3:16 quien dijo: Así ha dicho Jehová: Haced en este valle muchos estanques.
3:17 Porque Jehová ha dicho así: No veréis viento, ni veréis lluvia; pero este valle será lleno de agua, y beberéis vosotros, y vuestras bestias y vuestros ganados.
3:18 Y esto es cosa ligera en los ojos de Jehová; entregará también a los moabitas en vuestras manos.
3:19 Y destruiréis toda ciudad fortificada y toda villa hermosa, y talaréis todo buen árbol, cegaréis todas las fuentes de aguas, y destruiréis con piedras toda tierra fértil.
3:20 Aconteció, pues, que por la mañana, cuando se ofrece el sacrificio, he aquí vinieron aguas por el camino de Edom, y la tierra se llenó de aguas.
3:21 Cuanto todos los de Moab oyeron que los reyes subían a pelear contra ellos, se juntaron desde los que apenas podían ceñir armadura en adelante, y se pusieron en la frontera.
3:22 Cuando se levantaron por la mañana, y brilló el sol sobre las aguas, vieron los de Moab desde lejos las aguas rojas como sangre;
3:23 y dijeron: ¡Esto es sangre de espada! Los reyes se han vuelto uno contra otro, y cada uno ha dado muerte a su compañero. Ahora, pues, ¡Moab, al botín!
3:24 Pero cuando llegaron al campamento de Israel, se levantaron los israelitas y atacaron a los de Moab, los cuales huyeron de delante de ellos; pero los persiguieron matando a los de Moab.
3:25 Y asolaron las ciudades, y en todas las tierras fértiles echó cada uno su piedra, y las llenaron; cegaron también todas las fuentes de las aguas, y derribaron todos los buenos árboles; hasta que en Kir-hareset solamente dejaron piedras, porque los honderos la rodearon y la destruyeron.
3:26 Y cuando el rey de Moab vio que era vencido en la batalla, tomó consigo setecientos hombres que manejaban espada, para atacar al rey de Edom; mas no pudieron.
3:27 Entonces arrebató a su primogénito que había de reinar en su lugar, y lo sacrificó en holocausto sobre el muro. Y hubo grande enojo contra Israel; y se apartaron de él, y se volvieron a su tierra.

lunes, noviembre 26

COMENTARIO DEL 1 DE REYES CAPITULOS 20 Y 21

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
CAPÍTULO XX

Versículos 1—11.
Ben-adad sitia Samaria. 12—21. Derrota de Ben-adad. 22—30. Nueva derrota
de los sirios.
31—43. Acab hace la paz con Ben-adad.
Vv. 1—11.
Ben-adad envió una demanda muy insolente a Acab. Este respondió con una sumisión
muy ignominiosa; el pecado pone en aprietos a los hombres, al dejarlos fuera de la protección
divina. Si Dios no nos manda, lo harán nuestros enemigos: la culpa descorazona a los hombres y los
acobarda. —Acab desesperó. Los hombres dejarán sus cosas más placenteras, lo que más aman,
para salvar la vida; sin embargo, prefieren perder el alma antes que separarse de cualquier placer o
interés para impedirlo. He aquí uno de los dichos más sabios que haya dicho Acab, y es una buena
lección para todos. Necio es jactarse del día de mañana puesto que no sabemos lo que puede traer.
Aplíquese a nuestros conflictos espirituales. Pedro cayó por tener confianza en sí mismo.
 
 
Bienaventurado el hombre que nunca baja su guardia.
Vv. 12—21. Los orgullosos sirios fueron derrotados y los despreciados israelitas fueron los
vencedores. Las órdenes del orgulloso rey ebrio desorganizaron sus tropas impidiéndoles atacar a
los israelitas. Los que se sienten más seguros suelen ser los que tienen menos valor. Acab mató a los
sirios con una tremenda carnicería. Dios hace frecuentemente que un hombre malo azote al otro.
Vv. 22—30. Los de Ben-adad le aconsejaron que cambiara de terreno. Dieron por sentado que
no era Israel, sino los dioses de Israel, los que los vencieron; pero hablan con mucha ignorancia de
Jehová. Suponen que Israel tenía muchos dioses a los cuales atribuian poder limitado dentro de
cierta jurisdicción; así de vanos eran los gentiles en lo que imaginaban acerca de Dios. La mayor
sabiduría en asuntos mundanos suele ir unida con la necedad más despreciable en las cosas de Dios.
Vv. 31—43. Este estímulo tienen los pecadores para arrepentirse y humillarse ante Dios. ¿No
hemos oído que el Dios de Israel es un Dios misericordioso? ¿No lo hemos hallado así? Eso es
arrepentimiento del evangelio, que fluye de la aprehensión de la misericordia de Dios en Cristo; hay
perdón en él. ¡Qué cambio hay aquí! El más altivo en la prosperidad resulta ser, a menudo, el más
abyecto en la adversidad; un espíritu maligno afecta al hombre en ambas condiciones. Hay gente a
la que, como Acab, se le otorga malamente el éxito; no saben cómo servir a Dios con su
prosperidad, ni a su generación o, ni siquiera, sus intereses verdaderos; que se muestre favor al
malo, pero no aprenderá justicia. —El profeta decretó reprobar a Acab con una parábola. Si se
castiga a un buen profeta por no golpear a su amigo, y amigo de Dios, cuando Dios manda:
“Golpea”, un rey malo será hallado digno de un castigo mucho más doloroso, cuando salva a su
enemigo y enemigo de Dios, cuando Dios mandó: “Ataca”. Acab se fue a su casa, disgustado y
molesto, no un verdadero penitente, ni procurando deshacer lo que había hecho mal, totalmente
malhumorado a pesar de su victoria. —¡Ay! Muchos que oyen la buena nueva de Cristo están muy
atareados aquí y allá hasta que pasa el día de la salvación.
CAPÍTULO XXI
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
CAPÍTULO XXI

Versículos 1—4.
Acab codicia la viña de Nabot. 5—16. Nabot asesinado por Jezabel. 17—29.

Elías anuncia juicios contra Acab.

Vv. 1—4.
Quizá Nabot se haya alegrado con tener una viña situada tan cerca de palacio, pero la

situación le resultó fatal; la fortuna de más de un hombre ha sido su lazo, y de mala consecuencia el

estar cerca de los grandes. —El descontento es un pecado que es su propio castigo, y hace que los

hombres se atormenten. Es un pecado que se genera en sí mismo; no surge de la situación, sino de

la mente: como hallamos a Pablo contento en una cárcel, así Acab estaba descontento en un palacio.

Tenía a su disposición todos los placeres de Canaán, esa tierra deseable; la riqueza de un reino, los

placeres de una corte, y los honores y poderes de un trono; sin embargo, todo le servía de nada sin

la viña de Nabot. Los malos deseos exponen a los hombres a continuas vejaciones, y los que están

dispuestos a afanarse, por bien que estén, siempre pueden algo que les causa afán.

Vv. 5—16.
Cuando en vez de una ayuda idónea el hombre tiene una agente de Satanás que

asume la forma de una esposa inescrupulosa y engañosa, aunque amada, pueden esperarse efectos

fatales. Nunca un príncipe había dado órdenes más perversas que las que Jezabel dio a los dirigentes

de Jezreel. Nabot debía ser asesinado so pretexto de la religión. No hay maldad tan vil, tan hórrida,

pero a veces la religión ha sido tomada para encubrir eso. Además debe hacerse bajo la apariencia

de justicia, y con las formalidades del proceso legal. —Asombrémonos de la maldad del malo,

basado en esta triste historia, y del poder de Satanás en los hijos de desobediencia. Encomendemos

el resguardo de nuestra vida y nuestras consolaciones a Dios, porque la inocencia no siempre será

nuestra seguridad; y regocijémonos por saber que todo se ajustará a la justicia en el gran día.

1 REYES CAPITULOS 20 Y 21

1 Reyes 21

Dios Habla Hoy (DHH)

Ahab y el viñedo de Nabot

21 Algún tiempo después sucedió que un hombre de Jezreel, llamado Nabot, tenía un viñedo en aquel pueblo, junto al palacio de Ahab, el rey de Samaria. 2 Un día, Ahab le dijo a Nabot:
—Dame tu viñedo para que yo pueda tener en él una huerta, ya que está al lado de mi palacio. A cambio de él te daré un viñedo mejor; o, si lo prefieres, te pagaré su valor en dinero.
3 Pero Nabot respondió a Ahab:
—No permita Dios que yo te dé lo que he heredado de mis padres.
4 Ahab se fue a su casa triste y malhumorado a causa de la respuesta de Nabot, pues le había dicho que no le daría lo que había heredado de sus padres. Llegó y se acostó de cara a la pared, y no quiso comer. 5 Entonces Jezabel, su mujer, se acercó a él y le dijo:
—¿Por qué estás tan triste, y no quieres comer?
6 Ahab contestó:
—Hablé con Nabot, el de Jezreel, y le pedí que me vendiera su viñedo; o, si él lo prefería, le daría otro viñedo a cambio. Pero él no me lo quiere ceder.
7 Entonces Jezabel, su esposa, le respondió:
—¡Pero tú eres quien manda en Israel! Anda, come y tranquilízate. ¡Yo voy a conseguirte el viñedo de Nabot!
8 En seguida escribió ella cartas en nombre de Ahab, y les puso el sello real; luego las envió a los ancianos y jefes que vivían en el mismo pueblo de Nabot. 9 En las cartas les decía: «Anuncien ayuno y sienten a Nabot delante del pueblo. 10 Luego sienten a dos testigos falsos delante de él y háganlos declarar en contra suya, afirmando que ha maldecido a Dios y al rey. Después, sáquenlo y mátenlo a pedradas.»
11 Los hombres del pueblo de Nabot, junto con los ancianos y los jefes, hicieron lo que Jezabel les ordenó en las cartas que les había enviado: 12 Anunciaron ayuno y sentaron a Nabot delante del pueblo. 13 Luego llegaron dos testigos falsos y declararon contra Nabot delante de todo el pueblo, afirmando que Nabot había maldecido a Dios y al rey. Entonces lo sacaron de la ciudad y lo mataron a pedradas. 14 Luego mandaron a decir a Jezabel que Nabot había sido apedreado y había muerto.
15 En cuanto Jezabel lo supo, le dijo a Ahab:
—Ve y toma posesión del viñedo de Nabot, el de Jezreel, que no te lo quería vender. Nabot ya no vive; ahora está muerto.
16 Al enterarse Ahab de que Nabot había muerto, fue y se apoderó de su viñedo. 17 Entonces el Señor se dirigió a Elías, el de Tisbé, y le dijo: 18 «Ve en seguida a ver a Ahab, rey de Israel, que vive en Samaria. En este momento se encuentra en el viñedo de Nabot, del cual ha ido a tomar posesión. 19 Le dirás: “Así dice el Señor: Puesto que mataste a Nabot y le quitaste lo que era suyo, en el mismo lugar donde los perros lamieron su sangre, lamerán también la tuya.”»
20 Ahab le respondió a Elías:
—¿Así que tú, mi enemigo, me encontraste?
—Sí, te encontré —contestó Elías—. Porque no cometes más que malas acciones a los ojos del Señor. 21 Por lo tanto, el Señor ha dicho: “Voy a traer sobre ti la desgracia, y voy a acabar con toda tu descendencia; destruiré a todos los varones descendientes tuyos que haya en Israel. 22 Además, haré con tu familia lo mismo que hice con la de Jeroboam, hijo de Nabat, y con la de Baasá, hijo de Ahías, por haber provocado mi enojo al hacer pecar a Israel.” 23 En cuanto a Jezabel, el Señor ha dicho: “Los perros se comerán a Jezabel en los campos de Jezreel.” 24 Y al familiar tuyo que muera en la ciudad, se lo comerán los perros; y al que muera en el campo, se lo comerán las aves de rapiña.
25 (No hubo nadie como Ahab, que, incitado por su esposa Jezabel, sólo cometió malas acciones a los ojos del Señor. 26 Cometió una infamia al rendir culto a los ídolos, como lo hacían todos los amorreos, a quienes el Señor había arrojado de la presencia de los israelitas.)
27 Cuando Ahab escuchó todo esto, se rasgó la ropa, se puso ropas ásperas y ayunó. Dormía con esas ropas, y andaba muy triste. 28 Entonces el Señor dijo a Elías: 29 «¿Has visto cómo Ahab se ha humillado ante mí? Pues por haberse humillado ante mí, no traeré el mal sobre su familia mientras él viva, sino en vida de su hijo.»

1 Reyes 22

Dios Habla Hoy (DHH)

Micaías anuncia la derrota de Ahab

22 Pasaron tres años sin que hubiera guerra entre sirios e israelitas. 2 Pero al tercer año, Josafat, rey de Judá, fue a visitar al rey de Israel. 3 Y el rey de Israel dijo a sus funcionarios:
—Ya saben ustedes que Ramot de Galaad nos pertenece. Entonces, ¿por qué no hacemos algo para rescatarla del dominio del rey sirio?
4 A Josafat le preguntó:
—¿Quieres acompañarme a atacar a Ramot de Galaad?
Josafat le respondió:
—Yo, lo mismo que mi ejército y mi caballería, estamos contigo y con tu gente. 5 Pero antes consulta la voluntad del Señor.
6 El rey de Israel reunió a los profetas, que eran cerca de cuatrocientos, y les preguntó:
—¿Debo atacar a Ramot de Galaad, o no?
Y ellos respondieron:
—Atácala, porque el Señor te la va a entregar.
7 Pero Josafat preguntó:
—¿No hay por aquí algún otro profeta del Señor a quien también podamos consultar?
8 El rey de Israel contestó a Josafat:
—Hay uno más, por medio del cual podemos consultar al Señor. Es Micaías, hijo de Imlá. Pero lo aborrezco, porque nunca me anuncia cosas buenas, sino solamente cosas malas.
Pero Josafat le dijo:
—No digas eso.
9 En seguida el rey de Israel llamó a un oficial, y le ordenó:
—¡Pronto, que venga Micaías, hijo de Imlá!
10 Tanto el rey de Israel como Josafat, el rey de Judá, tenían puesta su armadura y estaban sentados en sus tronos en la explanada a la entrada de Samaria, y todos los profetas caían en trance profético delante de ellos. 11 Sedequías, hijo de Quenaaná, se había hecho unos cuernos de hierro, y gritaba: «¡Así ha dicho el Señor: “Con estos cuernos atacarás a los sirios hasta exterminarlos!”»
12 Todos los profetas anunciaban lo mismo. Decían al rey: «Ataca a Ramot de Galaad y obtendrás la victoria, pues el Señor va a entregarte la ciudad.»
13 El mensajero que había ido a llamar a Micaías, le dijo a éste:
—Todos los profetas, sin excepción, han dado una respuesta favorable al rey. Así pues, te ruego que hables como todos ellos y anuncies algo favorable.
14 Micaías le contestó:
—¡Juro por el Señor que sólo diré lo que el Señor me ordene decir!
15 Luego se presentó ante el rey, y el rey le preguntó:
—Micaías, ¿debemos atacar a Ramot de Galaad o no?
Y Micaías dijo:
—Atácala, y obtendrás la victoria, pues el Señor te la va a entregar.
16 Pero el rey le respondió:
—¿Cuántas veces te he de decir que bajo juramento me declares sólo la verdad en el nombre del Señor?
17 Entonces Micaías dijo:
«He visto a todos los israelitas
desparramados por los montes,
como ovejas sin pastor.
Y el Señor ha dicho:
“Éstos no tienen dueño;
que cada uno vuelva en paz a su casa.”»
18 El rey de Israel dijo a Josafat:
—¿No te he dicho que este hombre nunca me anuncia cosas buenas, sino sólo cosas malas?
19 Micaías añadió:
—Por eso que has dicho, escucha la palabra del Señor: Vi al Señor sentado en su trono, y a todo el ejército del cielo que estaba de pie, junto a él, a su derecha y a su izquierda. 20 Entonces el Señor preguntó quién iría a incitar a Ahab para que atacara a Ramot de Galaad y cayera allí. Unos decían una cosa y otros otra. 21 Pero un espíritu se presentó delante del Señor y dijo que él lo haría. El Señor le preguntó cómo lo iba a hacer, 22 y el espíritu respondió que iba a inspirar mentiras en todos los profetas del rey. Entonces el Señor le dijo que, en efecto, conseguiría engañarlo, y que fuera a hacerlo. 23 Y ahora ya sabes que el Señor ha puesto un espíritu mentiroso en labios de todos estos profetas tuyos, y que ha determinado tu ruina.
24 Entonces Sedequías, hijo de Quenaaná, acercándose a Micaías le dio una bofetada y dijo:
—¿Por dónde se me fue el espíritu del Señor para hablarte a ti?
25 Y Micaías le respondió:
—Lo sabrás el día que andes escondiéndote de habitación en habitación.
26 Entonces el rey de Israel ordenó:
—¡Agarren a Micaías y llévenlo preso ante Amón, el gobernador de la ciudad, y ante Joás, mi hijo! 27 Díganles que yo ordeno que lo metan en la cárcel y lo tengan a ración escasa de pan y agua, hasta que yo regrese sano y salvo.
28 Todavía añadió Micaías:
«Si tú vuelves sano y salvo,
el Señor no ha hablado por medio de mí.»
29 Así pues, el rey de Israel, y Josafat, el rey de Judá, avanzaron contra Ramot de Galaad. 30 Y el rey de Israel dijo a Josafat:
—Yo voy a entrar en la batalla disfrazado, y tú te pondrás mi ropa.
Así el rey de Israel se disfrazó y entró en combate. 31 Pero el rey de Siria había ordenado a los treinta y dos capitanes de sus carros de combate que no atacaran a nadie que no fuera el rey de Israel. 32 Y cuando los capitanes de los carros vieron a Josafat, pensaron que él era el rey de Israel y lo rodearon para atacarlo. Entonces Josafat gritó pidiendo ayuda, 33 y al ver ellos que no era el rey de Israel, dejaron de perseguirlo. 34 Pero un soldado disparó su arco al azar, e hirió de muerte al rey de Israel por entre las juntas de la armadura. Entonces éste le ordenó al conductor de su carro:
—Da la vuelta y sácame del combate, porque estoy gravemente herido.
35 La batalla fue dura aquel día, y al rey se le mantuvo en pie en su carro, haciendo frente a los sirios. Pero a la tarde murió, pues la sangre de su herida corría por la plataforma del carro. 36 Cuando ya el sol se ponía, corrió la voz entre las filas del ejército: «¡Cada cual a su pueblo y a su tierra, 37 porque el rey ha muerto!»
Entonces el rey fue llevado a Samaria, y allí lo enterraron. 38 Después lavaron el carro en el estanque de Samaria, donde se bañaban las prostitutas, y los perros lamieron la sangre de Ahab, conforme a lo que el Señor había anunciado.
39 El resto de la historia de Ahab y de todo lo que hizo, y del palacio de marfil y las ciudades que construyó, está escrito en el libro de las crónicas de los reyes de Israel. 40 Murió Ahab, y después reinó en su lugar su hijo Ocozías.

Reinado de Josafat en Judá

41 En el cuarto año del reinado de Ahab en Israel, Josafat, hijo de Asá, comenzó a reinar en Judá. 42 Tenía entonces treinta y cinco años, y veinticinco años reinó en Jerusalén. Su madre se llamaba Azubá, y era hija de Silhí.
43 Josafat se condujo en todo con rectitud, como Asá, su padre. Sus hechos fueron rectos a los ojos del Señor. 43b (44) Sin embargo, los santuarios paganos, donde el pueblo ofrecía sacrificios y quemaba incienso a los ídolos, no fueron quitados.
44 (45) Josafat hizo un tratado de paz con el rey de Israel. 45 (46) El resto de su historia y de sus hazañas, y de las guerras en que tomó parte, está escrito en el libro de las crónicas de los reyes de Judá. 46 (47) Josafat fue quien desterró del país a los que aún practicaban la prostitución como un culto, los que habían quedado desde el tiempo de Asá, su padre. 47 (48) (En Edom no había entonces rey, sino sólo un intendente.)
48 (49) Josafat construyó también barcos como los de Tarsis, para traer oro de Ofir; pero no pudieron ir porque se hicieron pedazos en Esión-guéber. 49 (50) Entonces Ocozías, hijo de Ahab, dijo a Josafat que permitiera a sus marinos acompañar a los suyos en los barcos, pero Josafat no lo permitió.
50 (51) Josafat murió y fue enterrado en la Ciudad de David, su antepasado. Después reinó en su lugar su hijo Joram.

Reinado de Ocozías en Israel

51 (52) En el año diecisiete del reinado de Josafat en Judá, Ocozías, hijo de Ahab, comenzó a reinar sobre Israel en Samaria, y reinó durante dos años. 52 (53) Pero sus hechos fueron malos a los ojos del Señor, pues siguió el mal camino de su padre y de su madre, y de Jeroboam, hijo de Nabat, que hizo pecar a Israel. 53 (54) Además rindió culto a Baal y lo adoró, como antes había hecho su padre, provocando así la ira del Señor, el Dios de Israel.

lunes, noviembre 12

1 DE REYES COMENTARIOS DE LOS CAPITULOS 18,19 Y 20

CAPÍTULO XVIII

Versículos 1—16.
Elías manda noticia a Acab de su llegada. 17—20. Elías se encuentra con Acab.

21—40.
Juicio de Elías contra los falsos profetas. 41—46. Elías hace llover por medio de la

oración.

Vv. 1—16.
Los juicios más severos, de por sí, no humillan ni cambian el corazón de los pecadores;

nada, excepto la sangre de Jesucristo, puede expiar la culpa del pecado; nada, excepto el Espíritu

santificador de Dios puede purgar su inmundicia. —Los sacerdotes y los levitas se habían ido a

Judá y Jerusalén, 2 Crónicas xi, 13, 14, pero, en lugar de ellos, Dios levantó profetas, que leían y

exponían la Palabra. Probablemente ellos eran de la escuela de profetas organizada por Samuel. No

tenían el espíritu de profecía como Elías, pero enseñaban a la gente a mantenerse cerca del Dios de

Israel. Jezabel procuraba destruirlos. Los pocos que escapaban de la muerte se veían forzados a

esconderse. —Dios tiene su remanente entre todas las clases, altas y bajas; y la fe, el temor y el

amor de su Nombre, que son fruto del Espíritu Santo, serán aceptados por medio del Redentor.

Véase cuán maravillosamente levanta Dios amigos para sus ministros y su pueblo, para ampararlos

en tiempos difíciles. Pan y agua escaseaban ahora, pero Abdías encontrará suficiente para los

profetas de Dios, para mantenerlos vivos. —La preocupación de Acab era no perder todas las

bestias, pero no le preocupaba perder su alma. Se esforzaba mucho en busca de pasto, pero nada

para procurar el favor de Dios; luchaba contra el efecto, sin preguntar cómo eliminar la causa. Pero

es una buena señal para el pueblo, cuando Dios llama a sus ministros a ponerse de pie y a mostrarse.

Podemos en mejor forma tolerar el pan de la aflicción cuando nuestros ojos ven a nuestros

maestros.

Vv. 17—20.
Uno puede imaginar cuál es el afecto que la gente tiene por Dios, observando el

afecto por su pueblo y por sus ministros. Ha sido destino de los hombres más útiles, como Elías, ser

llamados y contados como alborotadores de la tierra. Pero los que hacen el mal son los que

provocan los juicios de Dios, y no los que los anuncian y advierten a la nación que se arrepienta.

Vv. 21—40.
Muchos del pueblo vacilaron en sus juicios y cambiaron de práctica. Elías los

llamó para que determinaran si Jehová o Baal era el supremo Dios, que existe por sí mismo,

Creador, Rey y Juez de este mundo, y que le siguieran solo a Él. Peligroso es claudicar entre el

servicio de Dios y el servicio del pecado, el dominio de Cristo y el dominio de nuestras concupiscencias. Si Jesús es el único Salvador, aferrémonos solo a Él para todo; si la Biblia es la
palabra de Dios, reverenciémosla, recibámosla y sometamos nuestro entendimiento a su enseñanza
divina. —Elías se propuso llevar a juicio el asunto. Baal tenía todas las ventajas externas, pero el
suceso estimula a todos los testigos y defensores de Dios para que no teman el rostro del hombre. El
que responde con fuego, sea Dios: había que hacer la expiación con el sacrificio, antes que la
condenación fuese quitada por misericordia. Por tanto, el Dios que tiene poder para perdonar el
pecado, y para demostrarlo consumiendo la ofrenda por el pecado, debe ser por necesidad el Dios
que puede aliviar la calamidad. —Dios nunca requirió de sus adoradores que le honraran a la
manera de los adoradores de Baal; pero el servicio del diablo, aunque a veces complace y halaga el
cuerpo, en otras cosas, no obstante, es realmente cruel con el cuerpo, como en la envidia y la
ebriedad. Dios exige que mortifiquemos nuestras concupiscencias y corrupciones; pero las
penitencias y severidades corporales no le agradan. ¿Quién ha pedido estas cosas de sus manos?
Unas pocas palabras emitidas con fe cierta, con ferviente afecto por la gloria de Dios, y amor por las
almas de los hombres, o sediento de la imagen del Señor y su favor, forman la ferviente oración
eficaz del justo, que puede mucho. —Elías no procuró su propia gloria, sino la de Dios por el bien
del pueblo. El pueblo está del todo de acuerdo, convencido y satisfecho: Jehová, Él es el Dios.
Algunos, esperamos, tuvieron un cambio en su corazón, pero la mayoría sólo se convenció, no se
convirtió. Bienaventurados los que no han visto lo que éstos vieron y, sin embargo, creyeron, y han
trabajado por ello más que los que lo vieron.
Vv. 41—46. Israel, reformado al punto de reconocer que el Señor es Dios, y para consentir que
se ejecutara a los profetas de Baal, fue aceptado al punto que Dios derramó bendiciones sobre la
tierra. —Elías continuó orando largo rato. Aunque la respuesta a nuestras súplicas fervorosas y de fe
no lleguen pronto, debemos continuar orando fervientes, sin desmayar ni rendirnos. —Una nubecita
apareció por fin; pronto se desparramó por los cielos y regó la tierra. Las grandes bendiciones
suelen surgir de comienzos pequeños, las lluvias abundantes de una nube como la palma de la
mano. Que nunca despreciemos el día de las cosas pequeñas, antes bien, esperemos con la
esperanza que de ellas salgan grandes cosas. ¡De qué comienzos pequeños han surgido grandes
cosas! Así es en todos los bondadosos procedimientos de Dios con el alma. Escasamente se notan
las primeras obras de su Espíritu en el corazón, pero crecen y dejan maravillados a los hombres, y
logran el aplauso de los ángeles. Elías pidió a Acab que volviera a casa y le esperara. Dios fortalece
a su pueblo para todo servicio al cual sus mandamientos y su providencia lo llaman. —Las terribles
muestras de la justicia y santidad divina hacen desfallecer al pecador, suscitan confesiones y
disponen para la obediencia externa mientras dura la impresión; pero la vista de esto con
misericordia, amor y confianza en Cristo Jesús es necesaria para llevar el alma a humillarse, confiar
y amar. El Espíritu Santo emplea ambas cosas en la conversión de los pecadores; cuando los
pecadores se impresionan con las verdades divinas, deben ser exhortados a dedicarse a los deberes
confiar

y amar. El Espíritu Santo emplea ambas cosas en la conversión de los pecadores; cuando los

pecadores se impresionan con las verdades divinas, deben ser exhortados a dedicarse a los deberes a

que el Salvador llama a sus discípulos.

CAPÍTULO XIX


Versículos 1—8.
Elías huye al desierto. 9—13. Dios se manifiesta a Elías. 14—18. La respuesta de

Dios para Elías.
19—21. El llamamiento de Eliseo.

Vv. 1—8.
Jezabel envió un mensaje amenazador a Elías. Los corazones carnales son endurecidos y

enfurecidos contra Dios, por aquello que debe convencerlos de pecado y vencerlos. La mucha fe no

siempre es sinónimo de fe firme o fuerte. Elías podía ser útil a Israel en este momento y tenía toda

la razón para depender de la protección de Dios mientras hacía la obra de Dios, pero huye. El suyo

no era el deseo deliberado de la gracia, como el de Pablo, de irse y estar con Cristo. Así, Dios dejó

solo a Elías para mostrar que cuando era osado y fuerte, era en el Señor y en el poder de su fuerza; pero solo no era mejor que sus padres. Aunque nosotros no sabemos, Dios sabe qué designio tiene
para nosotros, qué servicios, qué pruebas, y Él se encargará de darnos gracia suficiente.
Vv. 9—13. La pregunta que hace Dios, ¿qué haces aquí, Elías? Es un reproche. A menudo nos
correspnde preguntar si estamos en nuestro lugar, y en la senda del deber: ¿estoy dónde debo estar?
¿A dónde me llama Dios, dónde está mi obra, y dónde puedo ser útil? Elías se queja de la gente y de
su obstinación para pecar; yo soy el único que queda. Desesperar del éxito puede estorbar muchas
buenas empresas. —¿Fue hasta allí Elías para encontrarse con Dios? Él descubrirá que Dios le
saldrá al encuentro. El viento, el terremoto, el fuego no le hicieron taparse la cara, pero sí el silbo
suave y apacible. Las almas bondadosas son más afectadas por las tiernas misericordias del Señor
que por sus terrores. La suave voz de Aquel que habla desde la cruz, o del trono de la gracia, va
acompañada de un poder peculiar para tomar posesión del corazón.
Vv. 14—18. Dios repite la pregunta: ¿Qué haces aquí? Entonces él se lamenta de su desazón, y
¿a dónde irán los profetas de Dios con esa clase de quejas sino a su Señor? —El Señor le dio una
respuesta. Declara que la malvada casa de Acab será desarraigada, que el pueblo de Israel será
castigado por sus pecados; y muestra que Elías no había quedado solo, como él suponía, y que,
además se le daría un ayudante. De esta manera fueron contestadas y satisfechas todas sus quejas.
—Los fieles de Dios suelen ser a menudo sus protegidos, Salmo lxxxiii, 3, y la iglesia visible
apenas se puede ver: el trigo se pierde entre la cizaña, y el oro en el oropel, hasta que llegue el día
de separar, refinar y cernir. Conoce el Señor a los que son suyos, aunque nosotros no; Él ve en lo
secreto. Cuando lleguemos al cielo echaremos de menos a muchos que pensamos, íbamos a
encontrar allá; encontraremos a muchos que no pensamos encontrar allá. El amor de Dios
frecuentemente resulta ser más grande que la caridad del hombre, y mucho más amplio.
Vv. 19—21. Elías encontró a Eliseo por orden divina, no en la escuela de los profetas sino en el
campo; no leyendo, orando ni sacrificando, sino arando. La ociosidad no honra al hombre, ni la
agricultura es desgracia para ningún hombre. Un llamado honesto en el mundo no nos saca del
camino de nuestro llamamiento celestial, más de lo que afectó a Eliseo. Su corazón fue tocado por
el Espíritu Santo y él estuvo listo para dejarlo todo para ayudar a Elías. Es en el día de su poder que
su pueblo se ofrecerá voluntario; ni tampoco irá nadie a Cristo a menos que sean llevados a Él. Era
una época desalentadora para que los profetas salieran. Un hombre que consultara con carne y
sangre no hubiera querido el manto de Elías, pero Eliseo deja todo alegremente para acompañarlo.
Cuando el Salvador dijo: Sígueme, fueron abandonados alegremente los amigos más queridos y las
ocupaciones más provechosas, y se cumplieron los deberes más arduos por amor a su nombre. Que
nosotros, en forma similar, sintamos la energía de su gracia obrando poderosamente en nosotros, y
que, por una sumisión sin reservas, podamos de inmediato asegurar nuestro llamamiento y elección.

 
CAPÍTULO XX

Versículos 1—11.
Ben-adad sitia Samaria. 12—21. Derrota de Ben-adad. 22—30. Nueva derrota

de los sirios.
31—43. Acab hace la paz con Ben-adad.

Vv. 1—11.
Ben-adad envió una demanda muy insolente a Acab. Este respondió con una sumisión

muy ignominiosa; el pecado pone en aprietos a los hombres, al dejarlos fuera de la protección

divina. Si Dios no nos manda, lo harán nuestros enemigos: la culpa descorazona a los hombres y los

acobarda. —Acab desesperó. Los hombres dejarán sus cosas más placenteras, lo que más aman,

para salvar la vida; sin embargo, prefieren perder el alma antes que separarse de cualquier placer o

interés para impedirlo. He aquí uno de los dichos más sabios que haya dicho Acab, y es una buena

lección para todos. Necio es jactarse del día de mañana puesto que no sabemos lo que puede traer.

Aplíquese a nuestros conflictos espirituales. Pedro cayó por tener confianza en sí mismo.

Bienaventurado el hombre que nunca baja su guardia.

Vv. 12—21.
Los orgullosos sirios fueron derrotados y los despreciados israelitas fueron los

vencedores. Las órdenes del orgulloso rey ebrio desorganizaron sus tropas impidiéndoles atacar a

los israelitas. Los que se sienten más seguros suelen ser los que tienen menos valor. Acab mató a los

sirios con una tremenda carnicería. Dios hace frecuentemente que un hombre malo azote al otro.

Vv. 22—30.
Los de Ben-adad le aconsejaron que cambiara de terreno. Dieron por sentado que

no era Israel, sino los dioses de Israel, los que los vencieron; pero hablan con mucha ignorancia de

Jehová. Suponen que Israel tenía muchos dioses a los cuales atribuian poder limitado dentro de

cierta jurisdicción; así de vanos eran los gentiles en lo que imaginaban acerca de Dios. La mayor

sabiduría en asuntos mundanos suele ir unida con la necedad más despreciable en las cosas de Dios.

Vv. 31—43.
Este estímulo tienen los pecadores para arrepentirse y humillarse ante Dios. ¿No

hemos oído que el Dios de Israel es un Dios misericordioso? ¿No lo hemos hallado así? Eso es

arrepentimiento del evangelio, que fluye de la aprehensión de la misericordia de Dios en Cristo; hay

perdón en él. ¡Qué cambio hay aquí! El más altivo en la prosperidad resulta ser, a menudo, el más

abyecto en la adversidad; un espíritu maligno afecta al hombre en ambas condiciones. Hay gente a

la que, como Acab, se le otorga malamente el éxito; no saben cómo servir a Dios con su

prosperidad, ni a su generación o, ni siquiera, sus intereses verdaderos; que se muestre favor al

malo, pero no aprenderá justicia. —El profeta decretó reprobar a Acab con una parábola. Si se

castiga a un buen profeta por no golpear a su amigo, y amigo de Dios, cuando Dios manda:

“Golpea”, un rey malo será hallado digno de un castigo mucho más doloroso, cuando salva a su

enemigo y enemigo de Dios, cuando Dios mandó: “Ataca”. Acab se fue a su casa, disgustado y

molesto, no un verdadero penitente, ni procurando deshacer lo que había hecho mal, totalmente

malhumorado a pesar de su victoria. —¡Ay! Muchos que oyen la buena nueva de Cristo están muy

atareados aquí y allá hasta que pasa el día de la salvación.

 

1 DE REYES CAPITULOS 18, 19, Y 20

1 Reyes 18

Nueva Versión Internacional (Castilian) (CST)

Elías y Abdías

18 Después de un largo tiempo, en el tercer año, la palabra del Señor vino a Elías y le dio este mensaje: «Ve y preséntate ante Acab, y yo voy a enviar lluvia sobre la tierra.» 2 Así que Elías se puso en camino para presentarse ante Acab.
En Samaria había mucha hambre. 3 Por lo tanto, Acab mandó llamar a Abdías, quien administraba su palacio y veneraba al Señor. 4 Como Jezabel estaba acabando con los profetas del Señor, Abdías había tomado a cien de ellos y los había escondido en dos cuevas, cincuenta en cada una, y les había dado de comer y de beber. 5 Acab instruyó a Abdías: «Recorre todo el país en busca de fuentes y ríos. Tal vez encontremos pasto para mantener vivos los caballos y las mulas, y no perdamos nuestras bestias.» 6 Así que se dividieron la tierra que iban a recorrer: Acab se fue en una dirección, y Abdías en la otra.
7 Abdías iba por su camino cuando Elías le salió al encuentro. Al reconocerlo, Abdías se postró rostro en tierra y le preguntó:
—Mi señor Elías, ¿de veras eres tú?
8 —Sí, soy yo —le respondió—. Ve a decirle a tu amo que aquí estoy.
9 —¿Qué mal ha hecho este tu siervo —preguntó Abdías—, para que me entregues a Acab y él me mate? 10 Tan cierto como que vive el Señor tu Dios, que no hay nación ni reino adonde mi amo no haya mandado a buscarte. Y a quienes afirmaban que no estabas allí, él los hacía jurar que no te habían encontrado. 11 ¿Y ahora tú me ordenas que vaya a mi amo y le diga que tú estás aquí? 12 ¡Qué sé yo a dónde te va a llevar el Espíritu del Señor cuando nos separemos! Si voy y le digo a Acab que tú estás aquí, y luego él no te encuentra, ¡me matará! Ten en cuenta que yo, tu siervo, he sido fiel al Señor desde mi juventud. 13 ¿No le han contado a mi señor lo que hice cuando Jezabel estaba matando a los profetas del Señor? ¡Pues escondí a cien de los profetas del Señor en dos cuevas, cincuenta en cada una, y les di de comer y de beber! 14 ¡Y ahora tú me ordenas que vaya a mi amo y le diga que estás aquí! ¡De seguro me matará!
15 Elías le respondió:
—Tan cierto como que vive el Señor *Todopoderoso, a quien sirvo, te aseguro que hoy me presentaré ante Acab.

Elías en el monte Carmelo

16 Abdías fue a buscar a Acab y le informó de lo sucedido, así que éste fue al encuentro de Elías 17 y, cuando lo vio, le preguntó:
—¿Eres tú el que le está causando problemas a Israel?
18 —No soy yo quien le está causando problemas a Israel —respondió Elías—. Quienes se los causan sois tú y tu familia, porque habéis abandonado los mandamientos del Señor y se habéis ido tras los *baales. 19 Ahora convoca de todas partes al pueblo de Israel, para que se reúna conmigo en el monte Carmelo con los cuatrocientos cincuenta profetas de Baal y los cuatrocientos profetas de la diosa *Aserá que se sientan a la mesa de Jezabel.
20 Acab convocó en el monte Carmelo a todos los israelitas y a los profetas. 21 Elías se presentó ante el pueblo y dijo:
—¿Hasta cuándo vais a seguir indecisos?[a] Si el Dios verdadero es el Señor, debéis seguirlo; pero si es Baal, seguidle a él.
El pueblo no dijo una sola palabra. 22 Entonces Elías añadió:
—Yo soy el único que ha quedado de los profetas del Señor; en cambio, Baal cuenta con cuatrocientos cincuenta profetas. 23 Traednos dos bueyes. Que escojan ellos uno, y lo descuarticen y pongan los pedazos sobre la leña, pero sin prenderle fuego. Yo prepararé el otro buey y lo pondré sobre la leña, pero tampoco le prenderé fuego. 24 Entonces invocaréis vosotros el *nombre de vuestro dios, y yo invocaré el nombre del Señor. ¡El que responda con fuego, ése es el Dios verdadero!
Y todo el pueblo estuvo de acuerdo.
25 Entonces Elías les dijo a los profetas de Baal:
—Ya que vosotros sois tantos, escoged uno de los bueyes y preparadlo primero. Invocad luego el nombre de vuestro dios, pero no prendáis fuego.
26 Los profetas de Baal tomaron el buey que les dieron y lo prepararon, e invocaron el nombre de su dios desde la mañana hasta el mediodía.
—¡Baal, respóndenos! —gritaban, mientras daban brincos alrededor del altar que habían hecho.
Pero no se escuchó nada, pues nadie respondió. 27 Al mediodía Elías comenzó a burlarse de ellos:
—¡Gritad más fuerte! —les decía—. Seguro que es un dios, pero tal vez esté meditando, o esté ocupado o de viaje. ¡A lo mejor se ha quedado dormido y hay que despertarlo!
28 Comenzaron entonces a gritar más fuerte y, como era su costumbre, se cortaron con cuchillos y dagas hasta quedar bañados en sangre. 29 Pasó el mediodía, y siguieron con su espantosa algarabía hasta la hora del sacrificio vespertino. Pero no se escuchó nada, pues nadie respondió ni prestó atención.
30 Entonces Elías le dijo a todo el pueblo:
—¡Acercaos!
Así lo hicieron. Como el altar del Señor estaba en ruinas, Elías lo reparó. 31 Luego recogió doce piedras, una por cada tribu descendiente de Jacob, a quien el Señor le había puesto por nombre Israel. 32 Con las piedras construyó un altar en honor del Señor, y alrededor cavó una zanja en la que cabían quince litros[b] de cereal. 33 Colocó la leña, descuartizó el buey, puso los pedazos sobre la leña 34 y dijo:
—Llenad de agua cuatro cántaros, y vaciadlos sobre el *holocausto y la leña.
Luego dijo:
—Volved a hacerlo.
Y así lo hicieron.
—¡Hacedlo una vez más! —les ordenó.
Y por tercera vez vaciaron los cántaros. 35 El agua corría alrededor del altar hasta llenar la zanja.
36 A la hora del sacrificio vespertino, el profeta Elías dio un paso adelante y oró así: «Señor, Dios de Abraham, de Isaac y de Israel, que todos sepan hoy que tú eres Dios en Israel, y que yo soy tu siervo y he hecho todo esto en obediencia a tu palabra. 37 ¡Respóndeme, Señor, respóndeme, para que esta gente reconozca que tú, Señor, eres Dios, y que estás convirtiendo a ti su *corazón!»
38 En ese momento cayó el fuego del Señor y quemó el holocausto, la leña, las piedras y el suelo, y hasta lamió el agua de la zanja. 39 Cuando todo el pueblo vio esto, se postró y exclamó: «¡El Señor es Dios, el Dios verdadero !»
40 Luego Elías les ordenó:
—¡Prended a los profetas de Baal! ¡Que no escape ninguno!
Tan pronto como los prendieron, Elías hizo que los bajaran al arroyo Quisón, y allí los ejecutó. 41 Entonces Elías le dijo a Acab:
—Anda a tu casa, y come y bebe, porque ya se oye el ruido de un fuerte aguacero.
42 Acab se fue a comer y beber, pero Elías subió a la cumbre del Carmelo, se inclinó hasta el suelo y puso el rostro entre las rodillas.
43 —Ve y mira hacia el mar —le ordenó a su criado.
El criado fue y miró, y dijo:
—No se ve nada.
Siete veces le ordenó Elías que fuera a ver, 44 y la séptima vez el criado le informó:
—Desde el mar viene subiendo una nube. Es tan pequeña como una mano.
Entonces Elías le ordenó:
—Ve y dile a Acab: “Engancha el carro y vete antes de que la lluvia te detenga.”
45 Las nubes fueron oscureciendo el cielo; luego se levantó el viento y se desató una fuerte lluvia. Pero Acab se fue en su carro hacia Jezrel. 46 Entonces el poder del Señor vino sobre Elías, quien ajustándose el manto con el cinturón, echó a correr y llegó a Jezrel antes que Acab.

1 Reyes 19

Nueva Versión Internacional (Castilian) (CST)

Elías huye a Horeb

19 Acab le contó a Jezabel todo lo que Elías había hecho, y cómo había matado a todos los profetas a filo de espada. 2 Entonces Jezabel envió un mensajero a que le dijera a Elías: «¡Que los dioses me castiguen sin piedad si mañana a esta hora no te he quitado la *vida como tú se la quitaste a ellos!»
3 Elías se asustó[a] y huyó para ponerse a salvo. Cuando llegó a Berseba de Judá, dejó allí a su criado 4 y caminó todo un día por el desierto. Llegó adonde había un arbusto,[b] y se sentó a su sombra con ganas de morirse. «¡Estoy harto, Señor! —protestó—. Quítame la vida, pues no soy mejor que mis antepasados.» 5 Luego se acostó debajo del arbusto y se quedó dormido.
De repente, un ángel lo tocó y le dijo: «Levántate y come.» 6 Elías miró a su alrededor, y vio a su cabecera un panecillo cocido sobre carbones calientes, y un jarro de agua. Comió y bebió, y volvió a acostarse.
7 El ángel del Señor regresó y, tocándolo, le dijo: «Levántate y come, porque te espera un largo viaje.» 8 Elías se levantó, y comió y bebió. Una vez fortalecido por aquella comida, viajó cuarenta días y cuarenta noches hasta que llegó a Horeb, el monte de Dios. 9 Allí pasó la noche en una cueva.

El Señor se le aparece a Elías

Más tarde, la palabra del Señor vino a él.
—¿Qué haces aquí, Elías? —le preguntó.
10 —Me consume mi amor[c] por ti, Señor Dios *Todopoderoso —respondió él—. Los israelitas han rechazado tu *pacto, han derribado tus altares, y a tus profetas los han matado a filo de espada. Yo soy el único que ha quedado con vida, ¡y ahora quieren matarme a mí también!
11 El Señor le ordenó:
—Sal y preséntate ante mí en la montaña, porque estoy a punto de pasar por allí.
Como heraldo del Señor vino un viento recio, tan violento que partió las montañas e hizo añicos las rocas; pero el Señor no estaba en el viento. Al viento siguió un terremoto, pero el Señor tampoco estaba en el terremoto. 12 Tras el terremoto vino un fuego, pero el Señor tampoco estaba en el fuego. Y después del fuego vino un suave murmullo. 13 Cuando Elías lo oyó, se cubrió el rostro con el manto y, saliendo, se puso a la entrada de la cueva.
Entonces oyó una voz que le dijo:
—¿Qué haces aquí, Elías?
14 Él respondió:
—Me consume mi amor por ti, Señor, Dios Todopoderoso. Los israelitas han rechazado tu pacto, han derribado tus altares, y a tus profetas los han matado a filo de espada. Yo soy el único que ha quedado con vida, ¡y ahora quieren matarme a mí también!
15 El Señor le dijo:
—Regresa por el mismo camino, y ve al desierto de Damasco. Cuando llegues allí, unge a Jazael como rey de *Siria, 16 y a Jehú hijo de Nimsi como rey de Israel; unge también a Eliseo hijo de Safat, de Abel Mejolá, para que te suceda como profeta. 17 Jehú dará muerte a cualquiera que escape de la espada de Jazael, y Eliseo dará muerte a cualquiera que escape de la espada de Jehú. 18 Sin embargo, yo preservaré a siete mil israelitas que no se han arrodillado ante *Baal ni lo han besado.

El llamamiento de Eliseo

19 Elías salió de allí y encontró a Eliseo hijo de Safat, que estaba arando. Había doce yuntas de bueyes en fila, y él mismo conducía la última. Elías pasó junto a Eliseo y arrojó su manto sobre él. 20 Entonces Eliseo dejó sus bueyes y corrió tras Elías.
—Permíteme usted despedirme de mi padre y de mi madre con un beso —dijo él—, y luego te seguiré.
—Anda, ve —respondió Elías—. Yo no te lo voy a impedir.[d]
21 Eliseo lo dejó y regresó. Tomó su yunta de bueyes y los sacrificó. Quemando la madera de la yunta, asó la carne y se la dio al pueblo, y ellos comieron. Luego partió para seguir a Elías y se puso a su servicio.
Footnotes:
  1. 1 Reyes 19:3 se asustó. Alt. vio.
  2. 1 Reyes 19:4 un arbusto. Lit. una *retama; también en v. 5.
  3. 1 Reyes 19:10 amor. Alt. celo; también en v. 14.
  4. 1 Reyes 19:20 Yo no te lo voy a impedir. Alt. Pero recuerda lo que he hecho por ti.

1 Reyes 20

Nueva Versión Internacional (Castilian) (CST)

Ben Adad ataca a Samaria

20 Entonces Ben Adad, rey de *Siria reunió a todo su ejército y, acompañado por treinta y dos reyes con sus caballos y carros de combate, salió a hacerle guerra a Samaria, y la sitió. 2 Envió a la ciudad mensajeros para que le dijeran a Acab, rey de Israel: «Así dice Ben Adad: 3 “Tu oro y tu plata son míos, lo mismo que tus mujeres y tus hermosos hijos.” »
4 El rey de Israel envió esta respuesta: «Tal como dices, mi señor y rey, yo soy tuyo, con todo lo que tengo.»
5 Los mensajeros volvieron a Acab y le dijeron: «Así dice Ben Adad: “Mandé a decirte que me entregaras tu oro y tu plata, tus esposas y tus hijos. 6 Por tanto, mañana como a esta hora voy a enviar a mis funcionarios a requisar tu palacio y las casas de tus funcionarios, y se apoderarán de todo lo que más valoras y se lo llevarán.” »
7 El rey de Israel mandó llamar a todos los *ancianos del país y les dijo:
—¡Mirad cómo ese tipo nos quiere causar problemas! Cuando mandó que le entregara mis esposas y mis hijos, mi oro y mi plata, no se los negué.
8 Los ancianos y todos los del pueblo respondieron:
—No le haga caso ni ceda a sus exigencias.
9 Así que Acab les respondió a los mensajeros de Ben Adad:
—Decidle a mi señor y rey: “Yo, tu siervo, haré todo lo que me pediste la primera vez, pero no puedo satisfacer esta nueva exigencia.”
Ellos regresaron a Ben Adad con esa respuesta. 10 Entonces Ben Adad le envió otro mensaje a Acab: «Que los dioses me castiguen sin piedad si queda en Samaria el polvo suficiente para que mis hombres se lleven un puñado.»
11 Pero el rey de Israel respondió: «Decidle que no cante victoria antes de tiempo.»[a]
12 Cuando Ben Adad recibió este mensaje, estaba bebiendo con los reyes en su campamento.[b] De inmediato les ordenó a sus tropas: «¡A las armas!» Así que se prepararon para atacar la ciudad.

Acab derrota a Ben Adad

13 Mientras tanto, un profeta se presentó ante Acab, rey de Israel, y le anunció:
—Así dice el Señor: “¿Ves ese enorme ejército? Hoy lo entregaré en tus manos, y entonces sabrás que yo soy el Señor.”
14 —¿Por medio de quién lo hará? —preguntó Acab.
—Así dice el Señor —respondió el profeta—: “Lo haré por medio de los cadetes.”[c]
—¿Y quién iniciará el combate? —insistió Acab.
—Tú mismo —respondió el profeta.
15 Así que Acab pasó revista a los cadetes, que sumaban doscientos treinta y dos hombres. También pasó revista a las demás tropas israelitas: siete mil en total. 16 Se pusieron en marcha al mediodía, mientras Ben Adad y los treinta y dos reyes aliados que estaban con él seguían emborrachándose en su campamento.
17 Los cadetes formaban la vanguardia. Cuando los exploradores que Ben Adad había enviado le informaron que unos soldados estaban avanzando desde Samaria, 18 ordenó: «¡Capturadlos vivos, sea que vengan en son de paz o en son de guerra!»
19 Los cadetes salieron de la ciudad al frente del ejército. 20 Cada soldado abatió a su adversario, y los *sirios tuvieron que huir. Los israelitas los persiguieron, pero Ben Adad, rey de Siria, escapó a caballo con algunos de sus jinetes. 21 El rey de Israel avanzó y abatió a la caballería, de modo que los sirios sufrieron una gran derrota.
22 Más tarde, el profeta se presentó ante el rey de Israel y le dijo: «No te duermas en los laureles;[d] traza un buen plan, porque el año entrante el rey de Siria volverá a atacar.»
23 Por otra parte, los funcionarios del rey de Siria le aconsejaron: «Los dioses de los israelitas son dioses de las montañas. Por eso son demasiado fuertes para nosotros. Pero si peleamos contra ellos en las llanuras, sin duda los venceremos. 24 Haz lo siguiente: Destituye a todos los reyes y reemplázalos por otros funcionarios. 25 Prepara también un ejército como el que perdisteis, caballo por caballo y carro por carro, para atacar a Israel en las llanuras. ¡Sin duda los venceremos!»
Ben Adad estuvo de acuerdo, y así lo hizo. 26 Al año siguiente, pasó revista a las tropas sirias y marchó a Afec para atacar a Israel. 27 Acab, por su parte, pasó revista a las tropas israelitas y las aprovisionó. Éstas se pusieron en marcha para salir al encuentro de los sirios, y acamparon frente a ellos. Parecían un pequeño rebaño de cabras, mientras que los sirios cubrían todo el campo.
28 El hombre de Dios se presentó ante el rey de Israel y le dijo: «Así dice el Señor: “Por cuanto los sirios piensan que el Señor es un dios de las montañas y no un dios de los valles, yo te voy a entregar este enorme ejército en tus manos, y así sabrás que yo soy el Señor.” »
29 Siete días estuvieron acampados los unos frente a los otros, y el séptimo día se inició el combate. En un solo día los israelitas le causaron cien mil bajas a la infantería siria. 30 Los demás soldados huyeron a Afec, pero la muralla de la ciudad se desplomó sobre veintisiete mil de ellos.
Ben Adad, que también se había escapado a la ciudad, andaba de escondite en escondite. 31 Entonces sus funcionarios le dijeron: «Hemos oído decir que los reyes del linaje de Israel son compasivos. Rindámonos ante el rey de Israel y pidámosle perdón.[e] Tal vez te perdone la *vida.»
32 Se presentaron entonces ante el rey de Israel, se rindieron ante él y le rogaron:
—Tu siervo Ben Adad dice: “Por favor, perdóname la vida.”
—¿Todavía está vivo? —preguntó el rey—. ¡Pero si es mi hermano!
33 Los hombres tomaron esa respuesta como un buen augurio y, aprovechando la ocasión, exclamaron:
—¡Claro que sí, Ben Adad es tu hermano!
—Id por él —dijo el rey.
Cuando Ben Adad se presentó ante Acab, éste lo hizo subir a su carro de combate. Entonces Ben Adad le propuso:
34 —Te devolveré las ciudades que mi padre le quitó al tuyo, y podrás establecer zonas de mercado en Damasco, como lo hizo mi padre en Samaria.
Acab le respondió:
—Sobre esa base, te dejaré en libertad.
Y así firmó un tratado con él, y lo dejó ir.

Un profeta condena a Acab

35 En obediencia a la palabra del Señor, un miembro de la comunidad de profetas le dijo a otro:
—¡Golpéame!
Pero aquél se negó a hacerlo.
36 Entonces el profeta le dijo:
—Por cuanto no has obedecido al Señor, tan pronto como nos separemos te matará un león.
Y después de que el profeta se fue, un león le salió al paso y lo mató.
37 Más adelante, el mismo profeta encontró a otro hombre y le dijo: «¡Golpéame!» Así que el hombre lo golpeó y lo hirió. 38 Luego el profeta salió a esperar al rey a la vera del camino, cubierto el rostro con un antifaz. 39 Cuando pasaba el rey, el profeta le gritó:
—Este tu siervo entró en lo más reñido de la batalla. Allí alguien se me presentó con un prisionero y me dijo: “Hazte cargo de este hombre. Si se te escapa, pagarás su *vida con la tuya, o con tres mil monedas[f] de plata.” 40 Mientras este tu siervo estaba ocupado en otras cosas, el hombre se escapó.
—¡Ésa es tu sentencia! —respondió el rey de Israel—. Tú mismo has tomado la decisión.
41 En el acto, el profeta se quitó el antifaz, y el rey de Israel se dio cuenta de que era uno de los profetas. 42 Y le dijo al rey:
—Así dice el Señor: “Has dejado en libertad a un hombre que yo había condenado a muerte.[g] Por lo tanto, pagarás su vida con la tuya, y su pueblo con el tuyo.”
43 Entonces el rey de Israel, deprimido y malhumorado, volvió a su palacio en Samaria.
Footnotes:
  1. 1 Reyes 20:11 que no cante … de tiempo. Lit. no ha de jactarse el que se pone la armadura sino el que se la quita.
  2. 1 Reyes 20:12 en su campamento. Alt. en Sucot; también en v. 16.
  3. 1 Reyes 20:14 los cadetes. Lit. los jóvenes de los jefes provinciales; también en vv. 15,17 y 19.
  4. 1 Reyes 20:22 No te duermas en los laureles. Lit. Ve y fortalécete.
  5. 1 Reyes 20:31 Rindámonos … perdón. Lit. Pongámonos *cilicio en la cintura y sogas en la cabeza y vayamos al rey de Israel.
  6. 1 Reyes 20:39 tres mil monedas. Lit. un *talento.
  7. 1 Reyes 20:42 un hombre … muerte. Lit. al hombre de mi *destrucción.