lunes, octubre 8

COMENTARIO DEL LIBRO DE 1 DE REYES CAPITULO 7

CAPÍTULO VII

Versículos 1—12.
Las edificaciones de Salomón. 13—47. Mobiliario del templo. 48—51. Vasos de

oro.

Vv. 1—12.
Todas las edificaciones de Salomón, aunque bellas, estaban concebidas para ser usadas.

Salomón empezó con el templo; primero edificó para Dios y, luego, los demás edificios. Los

fundamentos más sólidos de la prosperidad duradera se echan en la piedad temprana. Tardó trece

años en la edificación de su casa, pero edificó el templo en poco más de siete años; no que fuera

más exacto sino que estaba menos ansioso por edificar su propia casa que por edificar la de Dios.

Tenemos que preferir la honra de Dios a nuestra propia comodidad y satisfacción.

Vv. 13—47.
Los dos pilares de bronce del pórtico del templo eran, como piensan algunos, para

enseñar a quienes venían a adorar, a que dependieran sólo de Dios en cuanto a fuerza y equilibrio de

todo sus ejercicios religiosos. “Jaquin” Dios fijará esta mente peregrina. Bueno es que el corazón

esté establecido con gracia. “Boaz”, nuestra fuerza está en Él, que obra en nosotros tanto el querer

como el hacer. La fuerza y la estabilidad espiritual se hallan en la puerta del templo de Dios, donde

debemos aguardar los dones de la gracia para uso de los medios de gracia. —Los sacerdotes y los

sacrificios espirituales deben lavarse en el lavacro de la sangre de Cristo y de la regeneración.

Debemos lavarnos a menudo porque diariamente nos contaminamos. Son medios completos

provistos para nuestra limpieza; así que será falta nuestra si echamos nuestra suerte entre los impíos

por siempre. Bendigamos a Dios por la fuente abierta por el sacrificio de Cristo para el pecado y la

inmundicia.

Vv. 48—51.
Cristo es ahora el Templo y el Edificador; el Altar y el Sacrificio; la Luz de nuestra

alma y el Pan de vida; capaz de abastecer todas las necesidades de todos los que han apelado o

apelarán a Él. Las imágenes externas no pueden representar, las palabras no pueden expresar, el

corazón no puede concebir lo precioso que es, ni su amor. Vamos a Él y lavemos nuestros pecados

en su sangre; procuremos la gracia purificadora de su Espíritu; mantengamos comunión con el

Padre por su intercesión y rindámonos nosotros y todo lo que tengamos a su servicio. Siendo

fortalecidos por Él, seremos aceptados, útiles y felices.

 

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