CAPÍTULO XVI
Versículos 1—9.
Acaz, rey de Judá—Su reinado malo. 10—16. Acaz copia el modelo del altar de un ídolo.
17—20.
Acaz saquea el templo.
Vv. 1—9.
Pocos y malos fueron los días de Acaz. —Aquellos cuyos corazones los condenan, recurrirán a
cualquier parte, en tiempos difíciles, en vez de acudir a Dios. El pecado fue su propio castigo. Habitualmente
los que se meten en angustias por un pecado, tratan de ayudarse a salir del aprieto con otro pecado.
Vv. 10—16.
Hasta ahora se había mantenido el altar de Dios en su lugar y en uso, pero Acaz puso otro
en la sala. —La consideración natural de la mente del hombre por cierto tipo de religión no se extingue
fácilmente; y, salvo que sea reglamentada por la Palabra y por el Espíritu de Dios, produce supersticiones
absurdas o idolatrías detestables; en el mejor de los casos, acalla la conciencia del pecador con ceremonias
insensatas. Los infieles se han destacado por creer falsedades ridículas.
Vv. 17—20.
Acaz despreció el día de reposo y, de esa forma, abrió una amplia entrada a toda clase de
pecado. Hizo esto por el rey de Asiria. Cuando los que han tenido una entrada lista a la casa del Señor, se
vuelven a otro camino para complacer a su prójimo, ruedan cuesta abajo hacia la destrucción.
CAPÍTULO XVII
Versículos 1—6.
Reinado de Oseas en Israel—Los israelitas son llevados al cautiverio por los asirios. 7—23.
Cautiverio de los israelitas.
24—41. Gentiles puestos en la tierra de Israel.
Vv. 1—6.
Cuando se colma la medida de pecado, el Señor no soporta más. Los habitantes de Samaria
deben de haber soportado una gran aflicción. Algunos israelitas pobres fueron dejados en la tierra. Los que
fueron llevados cautivos a gran distancia se perdieron mayoritariamente entre las naciones.
Vv. 7—23.
Aunque el relato de la destrucción del reino de las diez tribus es breve, se comenta
extensamente en estos versículos y se dan las razones de esto. Fue una destrucción de parte del
Todopoderoso: los asirios sólo fueron la vara de su ira, Isaías x, 5. Los que introducen el pecado a un país o
a una familia, traen una plaga, y tendrán que responder por toda la maldad que sigue. Y, aunque muy vasta
es la maldad externa del mundo, mucho más grandes son los pecados secretos, los malos pensamientos,
deseos y propósitos de la humanidad. Hay pecados externos marcados por la infamia; pero la ingratitud, la
negligencia y la enemistad con Dios, y la idolatría y la impiedad que de ahí proceden, son mucho más
malignos. No puede haber verdadera santidad sin arrepentimiento de cada camino malo, y sin obedecer los
estatutos de Dios, pero esto debe proceder de la fe en su testimonio acerca de su ira contra toda impiedad e
injusticia, y sobre su misericordia en Cristo Jesús.
Vv. 24—41.
El terror al Todopoderoso producirá, a veces, una sumisión forzada o fingida en los hombres
inconversos, como los traídos de diferentes países para poblar Israel. Pero estos se formarán pensamientos
indignos de Dios, esperando complacerle con formalidades externas y tratarán vanamente de reconciliar su
servicio con el amor al mundo y el libertinaje de sus lujurias. Que el temor del Señor, que es el principio de
la sabiduría, posea nuestros corazones e influya nuestra conducta para que podamos estar dispuestos para
todo cambio. Los asentamientos terrenales son inciertos; no sabemos si podemos ser echados antes de
morir, y debamos dejar pronto el mundo; pero el justo ha elegido la buena parte, la que no le será quitada.
CAPÍTULO XVIII
Versículos 1—8.
Buen reinado de Ezequías en Judá—Idolatría. 9—16. Senaquerib invade Judá. 17—37.
Blasfemias del Rabsaces.
Vv. 1—8.
Ezequías fue un hijo verdadero de David. Otros hicieron lo bueno, pero no como David. No
supongamos que cuando los tiempos y los hombres son malos, tienen que empeorar gradual y
necesariamente; no es necesario que sea así: después de varios reyes malos, Dios levantó a uno como el
mismo David. —La serpiente de bronce había sido conservada con todo cuidado, como monumento de la
bondad de Dios con sus padres en el desierto, pero era ocioso y perverso quemarle incienso. Toda ayuda a
la devoción que no esté respaldada por la palabra de Dios interrumpe el ejercicio de la fe; siempre conduce
a la superstición y a otros males peligrosos. La naturaleza humana pervierte toda cosa de esta clase. La fe
verdadera no necesita esa clase de ayudas; la Palabra de Dios enseñada y la oración diaria es toda la
ayuda externa que necesitamos.
Vv. 9—16.
La incursión de Senaquerib sobre Judá fue una gran calamidad para ese reino, por la cual
Dios prueba la fe de Ezequías y castiga al pueblo. El disgusto secreto, la hipocresía, la tibieza de la mayoría
requiere corrección; tales pruebas purifican la fe y la esperanza del justo y los lleva a la sencilla
dependencia de Dios.
Vv. 17—37.
El Rabsaces intenta convencer a los judíos que era inútil ofrecer resistencia. ¿Qué
confianza es esta en que te apoyas? Bueno fuera que los pecadores se sometieran a la fuerza de este
argumento procurando la paz con Dios. Por tanto, es sabio de parte nuestra rendirse a Él, porque es vano
contender con Él: ¿qué confianza es esta en que se apoyan los que le resisten? Mucha astucia hay en esta
arenga del Rabsaces y mucho orgullo, malicia, falsedad y blasfemia. —Los nobles de Ezequías conservaron
la paz. Hay tiempo de callar como también, tiempo de hablar; hay gente a la que ofrecer cualquier cosa
religiosa o racional es como echar perlas a los cerdos. El silencio de ellos hizo que el Rabsaces se sintiera
más orgulloso y seguro. A menudo es mejor dejar que este tipo de personas vociferen y blasfemen; una
expresión decidida de aborrecimiento es el mejor testimonio contra ellos. El asunto debe dejarse al Señor
que tiene todos los corazones en sus manos, encomendándonos a Él con humilde sumisión, esperanza de
fe y oración ferviente.
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