CAPÍTULO XXIII
Versículos 1—3.
Josías lee la ley y renueva el pacto. 4—14. Destruye la idolatría. 15—24. La reforma se
extiende a Israel—Observancia de la Pascua.
25—30. El faraón Necao mata a Josías. 31—37.
Reinados malos de Joacaz y Joacim.
Vv. 1—3.
Josías recibió un mensaje de Dios, que no iba a impedir la ruina de Jerusalén, pero él solamente
libraría su alma; de todos modos, cumple su deber y deja el asunto a Dios. Él comprometió al pueblo de la
manera más solemne para abolir la idolatría y servir a Dios con justicia y santidad verdadera. Aunque la
mayoría fue formal o hipócrita de ahí en adelante, se evitó mucha maldad externa y se tuvieron por
responsables ante Dios por su conducta.
Vv. 4—14.
¡Cuánta abundancia de maldad en Judá y Jerusalén! Uno no creería posible hallar tales
abominaciones en Judá, donde Dios era conocido, en Israel, donde su Nombre era grande, en Salem, en
Sion, donde estaba su morada. Josías había reinado por dieciocho años, había dado un buen ejemplo al
pueblo, y había guardado la religión conforme a la ley divina, pero cuando se puso a investigar la idolatría,
su profundidad y extensión eran muy grandes. La historia corriente y los registros de la Palabra de Dios
enseñan que toda la piedad o bondad verdadera que se halle en la tierra derivan del Espíritu de Jesucristo
que hace todas las cosas nuevas.
Vv. 15—24.
El celo de Josías se extendió a las ciudades de Israel que estaban a su alcance. Él
conservó cuidadosamente el sepulcro del hombre de Dios que vino desde Judá a anunciar el derrumbe del
altar de Jeroboam. Cuando hubieron limpiado el país de la vieja levadura de la idolatría, entonces se
aplicaron a observar la fiesta. En ninguno de los reinados anteriores se había guardado una Pascua así. El
despertar de una ordenanza largo tiempo descuidada, los llenó de santo gozo; y Dios recompensó su celo
por la destrucción de la idolatría con muestras extraordinarias de su presencia y favor. Tenemos razón para
pensar que la religión floreció durante el resto del reinado de Josías.
Vv. 25—30.
Al leer estos versículos debemos decir, Señor, aunque tu justicia es como las grandes
montañas, evidente, fácil de ver e indiscutible, tus juicios son de gran profundidad, insondables e
inescrutables. El rey reformador es cortado en medio de su vida útil, con misericordia para que no viera el
mal que vendría a su reino: pero con ira contra su pueblo porque su muerte fue la entrada de la desolación
CAPÍTULO XXIV
Versículos 1—7.
Joacim vencido por Nabucodonosor. 8—20. Joaquín, cautivo en Babilonia.
Vv. 1—7.
Si Joacim hubiese servido al Señor, no hubiera servido a Nabucodonosor. Si se hubiera
contentado con su servidumbre, su condición no hubiera sido peor, pero, al revelarse contra Babilonia, se
sumergió en mayores problemas. Véase cuánta necesidad tienen las naciones de lamentar los pecados de
sus padres, para no pagar las consecuencias. Las amenazas se cumplirán tan seguramente como se
prometen, si no lo impide el arrepentimiento de los pecadores.
Vv. 8—20.
Joaquín reinó sólo tres meses, pero fue tiempo suficiente para demostrar que pagó las
consecuencias de los pecados de sus padres, porque siguió sus pasos. El gobierno se confió a su tío.
Sedequías fue el último de los reyes de Judá. Aunque los juicios de Dios contra los tres reyes anteriores a él
debieran haberle servido de advertencia, hizo lo malo, como ellos. Cuando los encargados de los consejos
de una nación, actúan sin sabiduría y contra su verdadero interés, debemos notar en esto el desagrado de
Dios. Dios les oculta lo que pertenece a la paz pública a causa de los pecados del pueblo. Y para cumplir
los propósitos secretos de su justicia, el Señor sólo tiene que dejar a los hombres entregados a la ceguera
de su mente o librados a la lujuria de sus propios corazones. El acercamiento paulatino de los juicios divinos
permite a los pecadores arrepentirse, y da tiempo a los creyentes para prepararse para enfrentar la
calamidad, mientras muestra la obstinación de quienes no abandonarán sus pecados.
CAPÍTULO XXV
Versículos 1—7.
Jerusalén sitiada—Sedequías arrestado. 8—21. El templo es quemado—El pueblo es
llevado al cautiverio.
22—30. El resto de los judíos huye a Egipto—Evil-merodac alivia el cautiverio de
Joaquín.
Vv. 1—7.
Jerusalén estaba tan fortificada que no podía ser tomada hasta que el hambre volviera a los
sitiados incapaces de resistir. Encontramos más sobre este acontecimiento en la profecía de Jeremías y las
Lamentaciones; baste aquí decir que la impiedad y la desgracia de los sitiados fueron muy grandes. A la
larga, la ciudad fue tomada por asalto. El rey, su familia y sus grandes hombres escaparon de noche por
pasajes secretos. Pero se engañan los que piensan escapar de los juicios de Dios, tanto como los que se
creen capaces de desafiarlos. Por lo que le pasó a Sedequías se cumplieron dos profecías, aunque parecen
contradecirse. Jeremías profetizó que Sedequías sería llevado a Babilonia, Jeremías xxxii, 5; xxxiv, 3;
Ezequiel, que no vería Babilonia, Ezequiel xii, 13. Fue llevado hasta allá, pero le sacaron los ojos, así que
no la vio.
Vv. 8—21.
La ciudad y el templo fueron incendiados y, probablemente, el arca dentro del templo. Dios
mostró con esto cuán poco le importa la pompa externa de su adoración, cuando se descuidan la vida y el
poder de la religión. —Los muros de Jerusalén fueron derribados, y el pueblo, llevado cautivo a Babilonia.
Se llevaron los utensilios del templo. Cuando se peca contra las cosas representadas, ¿para qué sirven los
símbolos? Fue justo que Dios privara del beneficio de su adoración a los que prefirieron los cultos falsos
antes que a Él; los que tuvieron muchos altares ahora no tienen ninguno. Así como el Señor no perdonó a
los ángeles que pecaron, así como condenó a la tumba a toda la raza de hombres caídos, y a todos los
incrédulos al infierno, y así como no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, así
no deben sorprendernos las miserias que puede traer sobre naciones, iglesias y personas culpables.
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