CAPÍTULO XVI
Versículos 1—6.
La solemnidad con que se colocó el arca. 7—36. El salmo de alabanza de David. 37—43.
Ordenamiento de la adoración de Dios.
Vv. 1—6.
Aunque la Palabra y las ordenanzas de Dios puedan estar veladas y eclipsadas por un tiempo,
resplandecerán en la oscuridad. Esto no era sino una tienda, una humilde morada, pero este era el
tabernáculo del que David habla tan a menudo con tanto afecto en sus salmos. David se mostró generoso
con sus súbditos, como había hallado bondadoso a Dios con él. Aquellos cuyos corazones están
ensanchados de santo gozo, lo demostrarán con su mano abierta.
Vv. 7—36.
Que Dios sea glorificado en nuestras alabanzas. Que otros sean edificados y enseñados,
que los extranjeros sean guiados a adorarle. Que nosotros mismos triunfemos y confiemos en Dios. Los que
dan gloria al Nombre de Dios tienen permiso para gloriarse en Él. Que el pacto eterno sea el gran tema de
nuestro gozo y alabanza. Sea cuidadoso con su pacto. Que las misericordias pasadas de Dios para su
pueblo antiguo, sean recordadas por nosotros con gratitud. Que muestre su salvación de día en día, su
salvación prometida por Cristo. Tenemos razón para celebrar eso cada día, pues diariamente recibimos su
beneficio y es tema que nunca puede agotarse. En medio de las alabanzas no dejar de orar por los siervos
de Dios en dificultades.
Vv. 37—43.
La adoración de Dios debiera ser la obra de cada día. David lo ordenó. Asaf y sus
hermanos tenían que ministrar continuamente con cánticos de alabanza ante el arca que estaba en
Jerusalén. Ahí no se ofrecían sacrificios, no se quemaba incienso, porque no había altares, pero las
oraciones de David eran dirigidas como incienso, y alzar las manos era el sacrificio vespertino. La adoración
espiritual toma el lugar de la ceremonial tan temprano, aunque la adoración ceremonial, siendo instituida por
Dios, no debe ser en absoluto omitida. Por tanto, los sacerdotes atendían los altares en Gabaón puesto que
su tarea era sacrificar y quemar incienso, cosa que hacían continuamente, mañana y tarde, conforme a la
ley de Moisés. Como las ceremonias eran tipos de la mediación de Cristo, su observancia era de gran
importancia. La asistencia atenta de los ministros nombrados es justa en sí misma, y alienta al pueblo.
CAPÍTULO XVII
Los propósitos de David; las bondadosas promesas de Dios.
Este capítulo es el mismo que 2 Samuel vii. Véase que se dice allí del tema. —Es muy claro que lo
dicho en Samuel como “A causa de tu palabra” (v. 21), aquí es “por amor a tu siervo” (v. 19). Jesucristo es la
Palabra de Dios, Apocalipsis xix, 13, y el Siervo de Dios, Isaías xlii, 1; y es por amor a Él, por su mediación,
que se cumplen las promesas a todos los creyentes; es en Él que son sí y amén. Por amor a Él se hacen,
por amor a Él se dan a conocer; a Él debemos toda esta grandeza, de Él tenemos que esperar todas las
cosas grandiosas. Ellas son las inescrutables riquezas de Cristo que, si por fe las vemos en sí mismas y en
el Señor Jesús, no podemos menos que magnificarlo como la única grandeza verdadera y hablar
honrosamente de ellas. Porque esta bendición es la que podemos esperar en medio de las tribulaciones de
la vida, y cuando sintamos sobre nosotros la mano de la muerte; y la procuremos para nuestros hijos,
después de nosotros.
CAPÍTULO XVIII
Las victorias de David
Este capítulo es el mismo que 2 Samuel viii. Nuestra buena batalla de la fe, mandados por el Capitán de
nuestra salvación, terminará en el triunfo y la paz eternas. La felicidad de Israel, por medio de las victorias
de David y su justo gobierno, fueron una débil sombra de la dicha del redimido en los lugares celestiales.
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