CAPÍTULO XXII
Versículos 1—5.
Los preparativos de David para el templo. 6—16. Las instrucciones de David a Salomón.
17—19.
Se manda asistir a los príncipes.
Vv. 1—5.
En ocasión del juicio terrible infligido a Israel por el pecado de David, Dios señaló donde quería
que se edificara el templo, por lo cual David se entusiasmó haciendo preparativos para la gran obra. David
no iba a edificar, pero iba a hacer todo lo que pudiera; hizo abundantes preparativos antes de morir. Lo que
nuestras manos hallen para hacer por Dios y nuestras almas, y por quienes nos rodean, hagámoslo con
toda nuestra fuerza antes de morir, porque después de la muerte no hay ciencia ni obra. Y cuando el Señor
rehuse ocuparnos en los servicios que deseamos, no debemos desanimarnos ni quedarnos ociosos, sino
hacer lo que podamos, aunque en una esfera más humilde.
Vv. 6—16.
David da a Salomón la razón por la cual él deberá edificar el templo: porque Dios lo nombró
a él. Nada es más fuerte para comprometernos en cualquier servicio para Dios que saber que hemnos sido
nombrados para eso. Él tendría tiempo libre y oportunidad para hacerlo. Tendría paz y tranquilidad. Cuando
da reposo, Dios espera que trabajemos. Dios había prometido establecer su reino. Las promesas
bondadosas de Dios deben avivar y fortalecer nuestro servicio religioso. —David entregó a Salomón una
cuenta de los vastos preparativos que él había hecho para esta construcción; no por orgullo y vanagloria,
sino para animar a Salomón a comprometerse de buena gana en la gran obra. No se debe pensar que por
edificar el templo, se compra una dispensa para pecar; por el contrario, su obra no iba a ser aceptada si no
cuidaba de cumplir los estatutos del Señor. En nuestra obra espiritual y en nuestra guerra espiritual
necesitamos valor y decisión.
Vv. 17—19.
Todo lo que se haga, en general, para que la Palabra de Dios sea conocida y atendida,
equivale a llevar una piedra o un lingote de oro para erigir el templo. Esto debe animarnos cuando nos
lamentamos por no ver más fruto de nuestras labores; después de nuestra muerte puede surgir mucho bien
en el que nunca pensamos. Entonces, no nos cansemos de hacer el bien. —La obra está en las manos del
Príncipe de paz. Como a Él, Autor y Consumador de la obra, le plazca emplearnos como instrumentos
suyos, levantémonos y hagamos, animándonos y ayudándonos mutuamente; obrando conforme a su
gobierno, según su ejemplo, dependiendo de su gracia, seguros de que Él estará con nosotros, y que
nuestro trabajo en el Señor no será en vano.
CAPÍTULO XXIII
Versículos 1—23.
David nombra a Salomón como su sucesor. 24—32. El oficio de los levitas.
Vv. 1—23.
Habiendo sido encargado de la edificación del templo, David establece el método para el servicio
del templo y ordena a sus oficiales. Cuando los de la misma familia sirven juntos, les corresponde amarse y
asistirse recíprocamente.
Vv. 24—32.
Ahora el pueblo de Israel era tan numeroso que debía haber más personal en el servicio del
templo para que todo israelita que trajera una ofrenda pudiera hallar a un levita listo para servirle. Cuando
hay más obra por hacer, es una lástima que no haya más obreros. El nuevo corazón, la mente espiritual que
tiene gran deleite en los mandamientos de Dios y que puede hallar una fiesta renovadora en sus
ordenanzas, constituye la gran diferencia entre el cristiano verdadero y todos los demás hombres del
mundo. Todo servicio será satisfactorio para el hombre espiritual. Este siempre abundará en la obra del
Señor; no siendo nunca tan feliz como cuando está empleado para un Amo tan bueno en un servicio tan
grato. No considerará si es llamado a dirigir o a encargarse de los demás que están puestos por sobre él.
Que nosotros busquemos y sirvamos rectamente al Señor y dejemos todo lo demás a su disposición, por fe
en su palabra.
CAPÍTULO XXIV
Las divisiones de los sacerdotes y levitas
Cuando cada uno tiene, conoce y mantiene su lugar y trabajo, mientras más sean, mejor es. En el cuerpo
místico de Cristo cada miembro tiene su función para provecho de todos. Cristo es el Sumo Sacerdote sobre
la casa de Dios, al cual están sujetos todos los creyentes hechos sacerdotes. En Cristo no hay diferencia
entre esclavo y libre, anciano y joven. Los hermanos más jóvenes, si son fieles y sinceros, no serán menos
aceptables para Cristo que los padres. Que todos seamos hijos del Señor, preparados para cantar sus
alabanzas por siempre en su templo celestial.