lunes, mayo 14

COMENTARIO DE 2 DE SAMUEL CAPITULO 8


CAPÍTULO VIII
Versículos 1—8. David vence a filisteos, moabitas y sirios. 9—14. Dedicación del botín. 15—18.
El gobierno y los oficiales de David.
Vv. 1—8. David venció a los filisteos que hacía mucho tiempo atormentaban a Israel. Después de
las largas y frecuentes luchas que tienen los santos con las potestades de las tinieblas como Israel
con los filisteos, el Hijo de David los pisoteará a todos ellos y hará más que vencedores a los santos.
—Derrotó a los moabitas y los hizo siervos tributarios de Israel. Destruyó dos partes y salvó la
tercera parte. El linaje que iba a mantener vivo, aunque era sólo uno, tenía que ser completo. Que el
linaje de la misericordia sea lo más amplio. —Derrotó a los sirios. David estuvo protegido en todas
las guerras, por lo que, a menudo, da gloria a Dios en sus Salmos.
Vv. 9—14. Todas las cosas preciosas de que David era dueño, fueron cosas dedicadas,
destinadas para edificar el templo. David destruyó los ídolos de oro, 2 Samuel v, 21, pero consagró
los vasos de oro. De esta manera, en la conquista de un alma por la gracia del Hijo de David, lo que
se oponga a Dios debe ser destruido, toda concupiscencia debe ser mortificada y crucificada, pero
debe consagrarse lo que pueda ser de gloria para Él; así se altera su propiedad. Dios emplea a sus
siervos en diversas maneras: algunos en batallas espirituales, como a David; otros en edificios
espirituales, como a Salomón; y uno prepara la obra para el otro, para que Dios tenga la gloria de
todo.
Vv. 15—18. David no hizo mal a nadie, ni negó o demoró el hacer lo correcto. Esto habla de su
completa dedicación su tarea; también de su prontitud para recibir todo cuanto se le decía y pedía.
No hizo acepción de personas al juzgar. En esto fue un tipo de Cristo. Sometámonos a Él;
procuremos su amistad, contemos su servicio como placer nuestro, realicemos diligentes la obra que
nos asigna. David hizo príncipes sus hijos; pero todos los creyentes, la semilla espiritual de Cristo,
son favoritos, porque son hechos reyes y sacerdotes para nuestro Dios, Apocalipsis i, 6

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