CAPÍTULO XXIV
Versículos 1—9.
David censa al pueblo. 10—15. Escoge la pestilencia. 16, 17. Detención de la
pestilencia.
18—25. El sacrificio de David—Fin de la plaga.
Vv. 1—9.
Por el pecado del pueblo se dejó que David actuara mal y como retribución recibieron un
castigo. Este ejemplo arroja luz sobre el gobierno de Dios sobre el mundo, y da una lección útil. —
El orgullo en el corazón de David fue su pecado al hacer el censo del pueblo. Pensó que ésto lo
haría parecer más formidable, y confió en el brazo de carne más de lo que debiera, y a pesar de
haber escrito tanto sobre confiar solo en Dios. Él no juzga el pecado como nosotros. Lo que a
nosotros nos parece inocuo o, al menos, poco ofensivo, puede ser un pecado grande a ojos de Dios,
que discierne los pensamientos e intenciones del corazón. Hasta los impíos pueden discernir los
malos temperamentos y la mala conducta de los creyentes, de los cuales están, a menudo,
inconscientes. Pero Dios rara vez les permite los placeres que desean pecaminosamente aquellos a
quienes Él ama.
Vv. 10—15.
Cuando un hombre peca es bueno que tenga un corazón interior que lo moleste por
eso. Si confesamos nuestros pecados, podemos orar con fe que, por misericordia perdonadora, Dios
nos perdonará y quitará ese pecado que nosotros desechamos con arrepentimiento sincero. Es justo
de parte de Dios que nos quite lo que constituimos motivo de orgullo, o lo haga amargo para
nosotros, y lo convierta en nuestro castigo. El castigo debe ser de tal índole puesto que el pueblo
tuvo una buena parte en ello, porque aunque el pecado de David abrió la compuerta, los pecados del
pueblo fueron todo un diluvio. —En esta dificultad David eligió por un juicio que viniera
directamente de Dios, cuyas misericordias él conocía que eran muy grandes, y no del hombre, que
habría triunfado en la miseria de Israel y se hubieran endurecido en su idolatría. Escogió la
pestilencia; él y su familia estarían tan expuestos a ella como el israelita más pobre; y por un breve
lapso seguiría sometido a la disciplina divina, no importa que fuera severa. —La rápida destrucción
ocasionada por la pestilencia muestra con cuanta facilidad puede derribar Dios a los pecadores más
orgullosos, y cuánto debemos diariamente a la paciencia divina.
Vv. 16, 17.
Quizá hubo más maldad, especialmente más orgullo, y ese era el pecado que ahora
se castigaba en Jerusalén más que en otro lugar, por tanto la mano del destructor se extiende hacia
esa ciudad; pero el Señor lo hizo arrepentirse del mal, cambiando no de propósito sino de método.
—En el mismo lugar donde le impidió que Abraham sacrificara a su hijo, le impidió al ángel que
destruyera Jerusalén, con una contraorden similar. Es por amor del gran sacrificio, que se preserva
nuestra vida del ángel destructor. Y en David está el espíritu del verdadero pastor de su pueblo que
se ofrece a sí mismo como sacrifico a Dios por la salvación de sus súbditos.
Vv. 18—25.
Cuando Dios nos exhorta a ofrecerle sacrificios espirituales es una evidencia de su
reconciliación de nosotros consigo mismo. David compró el terreno para construir el altar. Dios
odia que se robe para ofrecer holocausto. No saben lo que es la religión quienes principalmente se
interesan en abaratarla y hacerla fácil para ellos, y se complacen más con lo que les cuesta menos
dolores o dinero. ¿Para qué tenemos sustancia sino para honrar a Dios con ella, y cómo puede ser
mejor dada? —Véase la edificación del altar y la ofrenda de los sacrificios apropiados en él: Los
holocaustos para la gloria de la justicia de Dios, las ofrendas por la paz para la gloria de su
misericordia. Cristo es nuestro Altar, nuestro Sacrificio; solo en Él podemos tener esperanza de
escapar de su ira y hallar el favor de Dios. La muerte anda destruyendo todo alrededor en tantas
formas, y tan repentinamente, que es locura no esperar el fin de la vida y prepararse para ello.